Lalachus3: «De pequeña quería ese esclavo robótico que te traía el zumo. Luego me di cuenta de que yo era el robot Emilio de mi familia».

El famoso juguete de los 90 viralizó sus perfiles en redes sociales. Con motivo de su estreno como actriz en la serie 'Veneno' de los Javis, entrevistamos al fenómeno viral que, reconoce, vive de la nostalgia y el humor absurdo.

Lalachus3 no se toma en serio ni a sí misma, como puede verse en estos 'selfies'. Foto: cortesía de lalachus3

En las semanas previas a las navidades de los años 90, la televisión martilleaba a los que crecimos esa década con anuncios que nos creaban la necesidad de hacernos con múltiples juguetes, a cada cual más tecnológico y novedoso. Uno de ellos, de los que no todos pudimos disfrutar, es el robot Emilio. «Una leyenda urbana dice que ningún niño lo tuvo», asegura Laura Yustres (Madrid, 1990), estrella del humor en redes sociales. Ella, que probablemente te suene más como Lalachus3 en Instagram, Twitter y TikTok, fue de las que lo pedía constantemente, pero nunca lo obtenía. «Costaba 10.000 pesetas, pilas no incluidas y requiere de las gordas, que son más caras», justifica.

Ahora le debe la fama. Fue un vídeo suyo de mediados del pasado mayo en el que lo menciona el que catapultó su éxito. En él, respondía a un chico que se preguntaba si a las chicas les gustan los chicos que muestran sus sentimientos. «No, no, nos gusta el robot Emilio», contesta. Considera que fue ese referente cultural el que hizo clic en toda una generación y volvió esa broma viral. «Debe de ser que estaba dormido en el imaginario colectivo y la gente pensó: ‘¿A qué saca a colación al robot esta tía?'».

Esas grabaciones a sí misma respondiendo a jóvenes en TikTok forman parte de su arte. «Esa plataforma me proporciona una herramienta para editar mis vídeos, y me atrae contestar a la chavalada que se mueve por ahí. Luego lo comparto en Twitter, donde están los usuarios de mi edad».

Tras la repercusión de ese primer vídeo, sus amigos le han regalado el robot Emilio (un selfie con el muñeco forma la carta de presentación de su Twitter) y ha cumplido un sueño antiguo. «Yo quería a ese esclavo robótico que te traía el zumo. Luego me di cuenta de que en mi familia esa era yo, la más pequeña a la que pedían todo, siempre dispuesta a complacer». Hablamos con ella en una terraza del madrileño barrio de Lavapiés del éxito en línea, de la juventud que domina las redes y de su participación en la serie Veneno de los Javis.

Consideras que mencionar al robot tuvo que ver con la viralización del vídeo. ¿No crees que tiene cierto peso también la pregunta desfasada que formula el chico?

A mí me sorprende mucho. Creemos que las nuevas generaciones vienen con el chip del feminismo instaurado y no es así. Por ejemplo, a las niñas les parece normal que sus novios las controlen y quieran ver sus móviles. Y no, no es normal. A lo mejor a este chico le surgió la duda real porque en su entorno no recibe estos mensajes que suponemos asumidos. Y, además, reciben mucho feedback. He visto chavales haciendo poco más que morderse un labio o levantar una ceja con una canción de 50 sombras de Grey de fondo y todas las chicas abajo como locas contestando. Si consigue esta respuesta, el chico no va a parar de hacer eso. Probablemente alguno haya ligado y todo de esta forma. Lo mismo le han espetado: «A mí me gustaría que me comas el peluche».

TikTok supone una gran fuente para tus creaciones. La mayoría de sus usuarios son adolescentes. Estando tan metida, ¿cuál es tu opinión sobre el uso que hacen de las redes sociales?

No me siento para nada identificada con los chavales de hoy. Yo con 15 años era una lerda del copón, con mi ropa de Pucca, y pedía a mi madre que me regalase una Bratz. Ahora las chicas parece que tienen 30 años y ellos se obsesionan con una sexualidad muy frívola y física. Creo que han perdido la inocencia. Claro que estas situaciones las genera el contexto, el exceso de exposición y el fácil acceso a todo. Intento plantearme cómo habría sido yo con 10 años y un móvil. Mi referente de joven en temas de sexualidad eran las posturas de la semana de la revista Nuevo Vale. O, como mucho, la película porno codificada de Canal +. Ahora pueden acceder a contenido explícito desde su móvil con 12 años, lo tienen todo al alcance de la mano.

¿Qué más se ha perdido respecto a nuestra generación?

Aparte de la inocencia, usar la imaginación. Y disfrutar con los demás. Cuando salí por última vez al Cuenca Club, bailaba con mis amigas las coreografías de los temas que pinchaban. Ellos, en cambio, prestaban más atención a subir vídeos en su Instagram de sí mismos bailando. Ya no bajan al parque a simplemente comer con los amigos unas pipas o unas chuches compradas con las 100 pesetas que te ha dado tu madre. Ahora atienden el móvil constantemente, «espera un momento que me ha escrito noséquién». Soy la primera que lo hago y luego pienso que soy una persona horrible. Muchas veces sin querer te metes en una vorágine y en realidad no hace falta que contestes al momento.

Volvamos a lo que te ha dado la fama. ¿Cómo se te ocurren las ideas para tus vídeos?

Creo que mi cabeza funciona de una forma extraña. ¿Recuerdas la escena de la película Del revés, cuando de repente el cerebro manda la tonadilla del anuncio del cepillo de dientes? Creo que mi mente vive en ese anuncio. Me dice: «Hoy vas a tener todo el día la canción de Patricia Manterola». O la del Pryca de 1988, que he visto ahora y me parece fascinante.

¿Ensayas mucho?

No. Máximo hago un revisionado por si no se me entiende o he dicho algo mal. No suelo ver contenido y pensar «luego haré un vídeo». Si no lo grabo en el momento, se pierde lo que me ha hecho gracia entonces, y si lo revisiono demasiado le pierdo el gusto. Hace un tiempo me puse a hacer vídeos de YouTube y mientras los editaba me daba un asco a mí misma que no podía ni subirlos.

¿Y se los enseñas a alguien, consultas qué opinan otros antes de publicar?

Tampoco. Ni con mi chico. Como me den feedbak y me encuentren algún fallo ya deja de gustarme y no lo subo. También me ha pasado que comparto obras que me parecen una basura y luego tienen un éxito extrañísimo. Que por fruncir el ceño tenga éxito no deja de impactarme.

¿Tienes miedo a que la fama sea efímera?

Tengo miedo a cansar. Que digan: «Uy, qué pesada, me aburres». Tengo 30 años, si dejo mi trabajo actual porque me sale algo de mis aspiraciones y sale mal, pues otra búsqueda en InfoJobs y a currar de lo que sea. Hay gente que se aventura y se obsesiona: si al final no lo consigue, se frustra, entra en bajonazo máximo. Es un círculo vicioso. Yo sé gestionar muy bien la frustración.  No tengo expectativas. Si se acaba, pues un abrazo, lo hemos pasado bien.

¿Te fijas en tus seguidores y en los comentarios?

No me fijo en los seguidores, aunque tienden a subir. Debo reconocer que en Twitter me he puesto filtros para no recibir mensajes de odio. Sin quererlo, me afectan, aunque lleguen muchos más positivos. El malo pesa más que todos los buenos y eso no lo sé gestionar bien.

¿Qué es lo que más te ha afectado?

Cuando subí a mis padres viendo Veneno y alguien se metió con mi físico y el suyo. Me pareció un nivel de bajeza extremo. Además no daba la cara, llevaba un dibujo de Shin chan como foto de perfil. También me comentan mucho «Ves cómo las mujeres no son graciosas». ¿Lo increíble? Que este comentario estereotipado suele proceder de chavales de 15 años.

¿Con qué te quedas?

Que conozco a gente maravillosa en el 99% de los casos. Me encanta cuando me ponen cualquier cosa y alucinan porque les contesto. Pues claro, quién soy, por qué no voy a responder. Jordi Cruz me hizo una entrevista, que fue como chocar los cinco con mi yo del pasado cuando veía Art Attack.

¿Qué vídeo de los que has subido destacarías?

El de los chicos con el pelo rosa me parece una joya audiovisual. Me fastidia que se lo tomen a mal porque de verdad es una fantasía. Tiene una trama maravillosa, lo que más me gusta es que la chica no acude a la policía tras la paliza.

¿Te has arrepentido de alguno o te lo has replanteado un par de veces antes de darle al botón de compartir?

Tuve un poco de miedo con el del instituto de Fuenlabrada, que se malinterpretara y me acusaran de bromear con el bullying. Pero suelo hacer una cosa muy blanca. Intento que la gente se sienta representada. Cualquier seguidor del extrarradio de Madrid comprende lo que digo.

Has conseguido superar el fenómeno del robot Emilio y tus nuevos post también cosechan mucho éxito. ¿Por qué crees que funcionan?

La cotidianeidad y la cercanía con la que me expreso. Parece que estoy contando algo a alguna amiga, en lugar de buscar la risa. Uso chascarrillos y frases propias de mi día a día que llaman la atención. Muchas veces no es lo que yo quería que hiciera gracia porque entra dentro de mi vocabulario, pero conecta. También la nostalgia resulta muy efectiva. Yo vivo en ella. Si digo «Estoy más sola que Marilia de Ella baila sola», la gente lo entiende, compartimos referentes.

¿Cuáles son tus referentes en redes sociales?

Me encanta Bertus, ese humor cotidiano me vuelve loca. Andrea Compton y Victoria Martín, que analizan nuestro entorno, el postureo exacerbado y las redes sociales. Y Ger, que además vive en Fuenlabrada, podemos irnos de cañas ahora que estamos confinados.

Y fuera de ellas, ¿qué y quiénes te hacen reír?

Siempre he sido muy de La hora chanante. Silvia Abril y Berto Romero me flipan. The Office me parece referente mundial, es un viaje precioso, me la he visto en el confinamiento. Lloré en muchas ocasiones: con la boda de Jim y Pam, cuando Michael abandona la ficción… Puedes reconocer a sus personajes en tu entorno. La empresa donde trabajo de recepcionista los tiene todos. Y, por supuesto, los Javis.

Has participado recientemente en su serie Veneno, ¿cómo te contactaron?

Javier Calvo me seguía desde antes del confinamiento. Me mandó un mensaje directo en Twitter cuando empezaban a crear la ficción para preguntarme si era andaluza. Había pensado un papel para mí, pero como soy de Madrid ahí quedó la cosa. Me dijo que no me preocupase, que algo saldría, que era muy fan, casi me desmayo. En mayo me contactó por Instagram y me ofreció interpretar a Lydia Lozano.

¿Qué idea tenías de Lydia Lozano antes de la serie?

Yo siempre he sido muy fan del reality, el cotilleo y el marujeo. La sigo desde Tombola hasta hoy. Investigué un poco más sobre su pasado para conseguir a esa Lydia que querían. A mí Lydia Lozano me parece una periodista del copón, se ha mantenido ahí toda la vida. Aunque ha tenido sus gazapos gordos como lo de Ylenia Carrisi. Eso la ha marcado de por vida, la han convertido en el hazmerreír y nadie se la toma en serio.

Y de La Veneno, ¿qué concepción tenías?

La conocí en su vertiente más decadente, cuando salió de prisión y había engordado. Mi madre me contaba cómo era en Cruzando el Mississippi, lo que supuso entonces. Gracias a YouTube he podido verlo todo: un icono absoluto.

¿Qué te parece el equipo del que se han rodeado?

Una maravilla, hay muchos intérpretes transexuales a los que no se les otorga ninguna oportunidad y poder decir que han trabajado en Veneno les da un empujón. Y más allá del reparto, detrás de las cámaras también hay transexuales. Es importante rodearte de personas que puedan contarte su experiencia y corregirte si no lo enfocas correctamente.

Tu experiencia prueba que las redes, bien usadas, pueden funcionar como plataforma para lograr otros objetivos.

Totalmente. No solo los Javis, me contactan otros profesionales, mi nombre suena. Pero debo decir que no estaba preparada, nadie te enseña. La primera vez que me preguntaron cuánto pedía por un TikTok, pensé: «No sé, ¿unos Risketos?». El otro día me vendí por una caja de Manolitos. Me preguntaron de Manolo Bakes si les enviaba un TikTok a cambio de sus famosos bollos y respondí: «Dónde tengo que firmar». También me han escrito de los tupper Wetaca. Me gusta ser influencer de lo cotidiano.

Has comentado que te tragaste The Office entera durante el confinamiento. ¿Qué estás viendo ahora?

He empezado Patria, que está muy bien. También La extraordinaria playlist de Zoe, me encantan los musicales. Cuando estoy mal me pongo la boda de Jim y Pam en The Office. Todas las reproducciones desde el confinamiento de ese momento son mías. Y en Amazon tienen un catálogo muy nostálgico con Ana y los 7 y Comisario.

¿Estás revisitando Ana y los 7?

Sí, recuerdo que representaba todo lo que quería ser de pequeña: niñera de día y bailarina de striptease de noche. Pero el pole dance cuesta, debes tener buenos músculos en las piernas. Tengo una anécdota: cuando íbamos al pueblo, recuerdo que de camino había un club de carretera que se llamaba El conejito de la suerte. Un día les dije a mis padres que quería ser bailarina de striptease ahí, como Ana Obregón en la serie. Me soltó una leche mi padre que se me quitó la idea. Ana, por cierto, otro icono.

Nunca es tarde para cumplir un sueño. Aparte de niñera y bailarina, ¿qué otras aspiraciones tenías?

Me encantaba el camión de la basura. Si lo piensas detenidamente, he acabado consumiendo mucha basura en Internet, el círculo se cierra. También quiero ser escritora, de hecho me han propuesto un libro, pero no puedo decir mucho todavía. No quiero que acabe catalogada como otra obra de youtuber que no cuenta nada.

¿Cómo te ves en cinco años?

Me ha llamado mucho la atención la interpretación tras la experiencia con los Javis. Me he visto suelta, si interiorizas el guion mola. De guionista también me gustaría. Dedicarme a algo creativo. Empecé a estudiar Comunicación Audiovisual, pero tuve que dejarlo y ponerme a trabajar. Me queda la espinita clavada, a veces me planteo si con el título habrían cambiado las cosas. Sea como sea, que esté relacionado con el mundo audiovisual.

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