Cómo la reunión diaria en Zoom puede destruir la autoestima

Un mal uso de las plataformas 'online', y la comparación a la que incitan, puede provocar insatisfacción corporal y problemas de seguridad.

¿Ha afectado a nuestra autoestima vernos a nosotros mismos en la pantalla? Foto: Getty

Las videollamadas han sido las grandes protagonistas de las relaciones sociales y laborales en los últimos meses. Durante el confinamiento, usuarios de todo el mundo se lanzaron a utilizar plataformas como Zoom, Microsoft Teams o Skype para pronto darse cuenta de que su uso quizás no era tan beneficioso como parecía. Primero llegó el estrés por el aluvión de convocatorias y luego la confirmación de que el cerebro se agota ante la división de atención que supone comunicarse a través de la pantalla.

¿Puede ocurrir ahora que ese exceso de reuniones en vídeo repercuta también en la percepción que tenemos de nuestro físico? ¿Que seamos incapaces de apartar la mirada de nuestra imagen? ¿Esa necesidad de verse a diario en la pantalla, junto a los compañeros de trabajo, puede acarrear una obsesión por estar siempre presentable? Lo cierto es que los psicólogos llevan años alertando de la angustia y ansiedad que genera la comparación constante a la que nos exponemos en otras plataformas online como las redes sociales. Una tendencia que puede llegar incluso a afectar a la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestro cuerpo.

Como explica la psicóloga Elisa García, de la clínica El Prado Psicólogos de Madrid,  “el uso que hacemos de las redes efectivamente influye en la percepción corporal que tenemos dependiendo, sobre todo, de qué uso hagamos de ellas y qué tipo de contenido visualicemos y consumamos. No es lo mismo seguir páginas que tengan que ver con intereses que fomenten nuestro autocuidado (deportes, viajes, nutrición, etc) que el visualizar constantemente contenidos de personas que viven vidas de lujo en las que las emociones negativas y el malestar parece no existir”.

De esta forma, la exposición continúa a ese tipo de contenido, ofrecido por personas que parecen tener una vida mejor que la nuestra, “puede hacer que caigamos en una comparación que no nos favorece y que con el tiempo podría tener efectos en nuestra salud mental”, apunta García.

En el caso de las videollamadas en el ámbito laboral, sin embargo, no todo tienen por qué ser inconvenientes. La psicóloga señala también algunos aspectos positivos para aquellas personas que sufren en las interacciones sociales ya que, a través de la cámara, la ansiedad que puede generar el aspecto que ofrecemos se disipa: “La gente ha tendido a relajarse y a hacer «pequeñas trampas» como por ejemplo, apagar la cámara, quitar el sonido, decir que la cámara no funciona, alejarse para que no se vea con demasiada nitidez…” explica García. “Muchos pacientes con tendencia a la fobia social se han visto «más protegidos» con este tipo de interacciones que en las situaciones que pueden darse en la realidad de una oficina, donde ciertas situaciones pueden implicar una mayor exposición y comprometerles más”.

Cuando la autoestima se ve comprometida 

La sobre exposición en vídeo puede resultar traumática para aquellas personas que ya presentan un desequilibrio. Es el caso de quienes sufren dismorfia corporal, un trastorno que lleva a pensar que algún rasgo de la apariencia es especialmente defectuoso, y que afecta a una de cada 50 personas (según datos de la International OCD Foundation, una organización que presta ayuda a personas con trastornos obsesivo compulsivos).

En El Prado Psicólogos –donde disponen de un servicio especializado para este tipo de casos– lo que sí han notado en los últimos años es un aumento de personas jóvenes con problemas de autoestima. “Más que casos de dismorfia corporal, que es un trastorno con entidad clínica y con un recorrido patológico evidente, lo que sí se ve con mucha frecuencia en población joven es el daño en el autoconcepto, en la autoestima… en definitiva, en el amor a uno mismo. Eso sí que se está viendo resentido en los últimos años”, explica la psicóloga.

¿Y cuáles serían las señales que nos alertarían de que estamos ante un posible caso de dismorfia corporal? García explica que, sobre todo, habría que fijarse en “una excesiva preocupación por un defecto físico que te hace feo o deforme y no suele ser percibido por los demás; grandes esfuerzos por ocultar dicho efecto; compararse constantemente con el físico de otros; someterse a operaciones de cirugía estética, ser muy perfeccionista y buscar la aprobación del resto o evitar situaciones sociales hasta el punto de llegar a aislarse”.

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