Viaje al país de la seducción

Ya no es solo una estrategia de atracción, sino una forma de relacionarse. En Francia, fluctúa entre deporte nacional y filosofía de vida.

Seducción

Sucede en barras de bar y mesas de restaurante. En vagones de tren y paradas de autobús. En la oficina, en el gimnasio y en un cruce de peatones. Sucede hasta en las bancadas del parlamento y en una cumbre internacional. Sucede a todas horas y en todos los lugares del mundo. Pero en Francia adquiere la categoría de filosofía de vida e incluso de ideología. Así suena la tesis de Elaine Sciolino, corresponsal de The New York Times en París, que acaba de estudiar el fenómeno en un ensayo tan apasionante como polémico, La séduction, recientemente publicado en Francia y EE UU.

En el libro, Sciolino sitúa bajo su microscopio a una sociedad, la francesa, donde hombres y mujeres interactúan casi exclusivamente a través de la seducción. «Para los franceses, se trata de un motor vital, un cemento social y casi una obligación civil», nos cuenta Sciolino desde su apartamento parisino, en la parte baja de la colina que conduce a Montmartre. «No hay nada que escape a ella. La cultura, la moda y la gastronomía están impregnadas de seducción, pero también la política, la diplomacia y la vida laboral», sostiene. Hace una década, cuando llegó a París, a Sciolino le sucedió exactamente lo mismo que siente cualquier extranjero al desembarcar en la ciudad. Se sintió incapaz de decodificar una forma de relacionarse que, a primera vista, parece entelada por la niebla del erotismo. Durante su primera entrevista, con el entonces presidente Jacques Chirac, el jefe de Estado prescindió de un protocolario encaje de manos y la obsequió con uno de sus legendarios baise-mains, bandera de esa galantería antediluviana que emplean los mayores de 50.

Las reglas del juego. Sciolino no tardó en comprobar que muchos de los tópicos sobre París se cumplen, uno tras otro, en la vida diaria. El ritual del cortejo se reproduce en lugares tan improbables como lavanderías públicas y bibliotecas municipales –la del Centro Pompidou, por ejemplo, es ideal para practicar este arte– y la pausa del almuerzo sirve para intercambiar confidencias sobre la vida sexual, entre un comentario sobre lo mal que va la economía y otro acerca de la última salida de Sarkozy. No debe de ser casualidad que Roland Barthes, experto en el código semiótico, viera en la Torre Eiffel «un torso de mujer sobre dos piernas abiertas». Ni que pensadores tan sesudos como Jean Baudrillard teorizaran sobre el asunto. «La seducción siempre es más singular y sublime que el sexo, y es a ella a la que otorgamos el precio más alto», dejó dicho.

Pese a su desorientación inicial, la periodista acabó reproduciendo la conducta de los autóctonos. «Con el tiempo, entendí las reglas del juego», afirma Sciolino. «Se trata de un vaivén entre ambos interlocutores, de un coqueteo en la conversación que no solo sirve para divertirse. La seducción no es un juego, sino una batalla. Tienes que adivinar quién es tu enemigo y decidir cómo lo quieres derrotar», añade Sciolino, que antes de instalarse en Francia fue reportera de guerra en Irán y Oriente Medio. La periodista descubrió que, ante un funcionario antipático en la ventanilla de cualquier sede de la administración, siempre era más efectiva una sonrisa –tan infrecuente en el lenguaje no verbal francés– que un bramido de indignación.

«La seducción forma parte del ADN francés», sostiene Andrée Deissenberg. Y ella sabe de qué habla: cada noche observa a 20 bailarinas haciendo lo imposible por embrujar a un público formado por ambos sexos. Tras haber vivido en medio mundo, Deissenberg regresó a París hace cinco años para dirigir el legendario cabaret Le Crazy Horse, que en su día frecuentaron personajes tan expertos en el asunto como John F. Kennedy, Madonna y Serge Gainsbourg. Redescubrió lo que ya había entendido durante sus años de estudiante en la capital francesa. Si Sciolino la define como una guerra, Deissenberg entiende la seducción casi como un acuerdo empresarial, establecido a través de «un jueguecito sibilino» que no ha encontrado en otras culturas. «Es un proceso a menudo inconsciente, pero que siempre implica una lucha de poder. La seducción es, en el fondo, una negociación», afirma. «En el fondo, lo que los franceses han entendido es que seducir implica frustración. Te hago creer que me interesas, aunque luego diré que son imaginaciones tuyas. Te enseño una parte de mí, pero escondo plenamente la otra», dice Deissenberg. «Para los franceses, ese proceso cuenta mucho más que el resultado. Una mujer alemana o una estadounidense irían directas al grano». «Para los franceses, muy vinculados a lo epicúreo, forma parte de los grandes goces de la existencia», afirma la diseñadora parisina Vanessa Bruno, quien dice hacer ropa para «mujeres que se sienten a gusto con su poder de seducción». Para Bruno, la seducción del siglo XXI no es muy distinta de la de otras épocas. «Sus códigos no han cambiado. Es menos carnal y más despersonalizado por las nuevas tecnologías, que eliminan parte de sensualidad y decoro».

Torre

Barthes, experto en el código semiótico, vio en la Torre Eiffel «un torso de mujer sobre dos piernas abiertas».

Cordon Press

Poder por persuasión. La política tampoco queda al margen. Otro expresidente francés, Valéry Giscard d’Estaing, escribió tras abandonar el poder que, durante su mandato, estuvo «enamorado de 17 millones de francesas». «Distinguía sus siluetas entre la multitud y me detenía a observarlas durante ese medio segundo suplementario en el que aparece de golpe la desnudez de su ser», escribió Giscard en sus memorias. En cualquier otro país, se consideraría de obsceno para arriba. En Francia resulta entre inofensivo y simpático. «El escándalo DSK ha invertido la tendencia, pero los inquilinos del Elíseo han hecho lo posible para ganarse la fama de ser grandes seductores», recuerda Sciolino.

Los ejemplos abundan en la historia. Cuentan que Edgar Faure solía llegar tarde y con la bragueta abierta al Consejo de Ministros y que su predecesor, Félix Faure, murió en brazos de su querida. En el funeral de François Mitterrand, su esposa despidió al féretro a pocos metros de su amante, con quien había tenido una hija ilegítima mantenida con el dinero del contribuyente. Jura la leyenda que Jacques Chirac se encontraba en compañía femenina en la madrugada que murió Lady Di. También Sarkozy y su rival en la carrera para la presidencia, François Hollande, juegan al mismo juego con la inestimable colaboración de sus compañeras, Carla Bruni y Valérie Trierweiler. «El subtexto es que, si mujeres así de bellas son capaces de quererles, los electores también tendrían que hacerlo», analiza la autora de La séduction.

La exministra Chantal Jouanno, a quien hace años se atribuyó un falso rumor de infidelidad con Sarkozy que todas las partes implicadas negaron, reconoce que la seducción resulta imprescindible en el lenguaje político. «Se encuentra en el corazón de las relaciones de poder, en la empresa, la administración y la vida política, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Se nos educa con estos códigos desde la infancia», asegura. Jouanno reconoce haber aprendido a utilizarlo. «Al principio me tachaban de ser demasiado fría. Tuve que aprender a parecer más natural y menos técnica. La política está basada en la capacidad de seducir a un electorado. Y, en democracia, el poder siempre se ejerce por persuasión y no por imposición. Lo queramos o no, la seducción forma parte del juego».

Emblema patriótico. ¿Se trata de una excepción cultural francesa? Todo indica que no. Catherine Hakim, autora del influyente ensayo Capital erótico, describe un mundo donde la belleza y el charme son tan importantes como el mejor currículum; en el que los trabajadores atractivos ganan, de media, entre un 12% y un 16% más que los del montón. A Hakim le gusta cómo suena la tesis de Sciolino. «Aunque ella reconoce que nunca ha tenido un amante francés, que en este caso sería un factor crucial», ironiza. «Los franceses entienden muy bien en qué consiste el capital erótico y el arte de la seducción. Pero no es un fenómeno único: lo mismo pasa con italianos y culturas asiáticas, como japoneses y tailandeses», asegura. Para Hakim, los españoles se encuentran entre los que mejor utilizan «la sensualidad, el erotismo y la elegancia». En cambio, las culturas anglosajonas «lo observan con suspicacia, como si fueran tentaciones».

Y es que no todo el mundo está de acuerdo con que aplicar técnicas de seducción en contextos no necesariamente sexuales resulte positivo; por ejemplo, la historiadora Joan Scott, profesora del Institute for Advanced Study de Princeton. «Desde hace cerca de 20 años, algunos intelectuales conservadores intentan recuperar la idea de que la cultura francesa es más sexy que todas las demás, porque la seducción forma parte del carácter nacional francés, arraigada desde el siglo XVII», afirma Scott. «Lo que dicen es que la seducción es solo un juego, que la sexualidad tiene que ser mostrada de forma explícita en todo momento y que el flirteo se debe aceptar en todos los campos. Lo que han hecho es convertir las prácticas sexistas en emblema patriótico», denuncia. Pese a haber entendido que una dosis de ligereza y jugueteo puede ser saludable, Sciolino se alinea con esta opinión en nombre de la igualdad. ¿Puede una mujer jugar a este juego y ser tan feminista como la que más? «Lo dudo. Tampoco hay que ser serio y aburrido durante noche y día, pero se debe ir con cuidado al jugar con la sexualidad. Las mujeres serán realmente iguales cuando se presenten a sí mismas como tales», concluye la autora.

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