Punto de vista

Sin fisuras

La sororidad, quizá una palabra de moda, además de un concepto que algunos consideren fabricado, es una responsabilidad. Es el empeño en contar la historia que hay que contar.

Sofía Ruiz de Velasco.

En estos largos meses muchas de mis grandes alegrías y consuelos han venido vía WhatsApp. En interminables chats individuales, sin duda, y en algunos grupos. Quiero centrarme en uno que comparto con tres mujeres de edad similar a la mía, pero muy diferente punto de vista vital. A pesar de no estar de acuerdo en casi nada de lo que podrían considerarse las cosas esenciales de la vida (aunque ya vimos en capítulos anteriores que lo que era importante era a la vez no esencial) estamos de acuerdo en algo muy profundo que tiene que ver con la sororidad. A todas ellas les horrorizaría esta palabra, lo sé, pero todo tiene su explicación. En este chat se comparten con admiración fotos de Kamala Harris universitaria, de Marta Chávarri, de Miuccia Prada (muchas), de Carmen Martín Gaite, de Chelo García-Cortés, de Angela Davis y de Hipatia. Háganse cargo.

Quizá para el pensamiento cínico hay un tinte un poco artificial en los nuevos usos de la palabra sororidad, algo de construcción falsa, como si por el hecho de ser mujeres ya fuéramos solidarias siempre entre nosotras. No es así, pero poner esa palabra en el centro del discurso, forzarla, ha ayudado a cambiar la narración atávica de la rivalidad femenina. Pienso en las hermanas Brontë, en Louisa May Alcott, en Virginia y Vanessa, en Hannah y sus hermanas o en las vírgenes suicidas. Pienso en la mía, claro, y en las hermanas mayores de algunas de mis amigas que me enseñaron a dibujar el eyeliner con pulso firme y a saber cuándo reconocer alertas rojas relatando sus propias decepciones con detalle. Existen ejemplos al contrario, rivalidades históricas entre hermanas (team Fontaine, siempre), pero estos últimos años de neologismos han ayudado a moldear algo mucho más profundo que el lenguaje.

Redibujar los arquetipos siempre tiene un poso de rebeldía. Así vimos a Amaia, la protagonista de nuestra portada, no ceder a las exigencias del mercado, a sacar un disco pronto, con la fama de Operación Triunfo intacta. Así la vimos crear su propia Amaia y no la que los fans esperaban. Así, en este confinamiento viró de estilo y de look para juntarse con Alizzz y hacer esa oda a la ruta del bakalao que, dice en esta entrevista, es el inicio de otro sonido. ¿Cuál? El que ella decida. No le interesa el concepto de diva pop, no sabe ni lo que es. Amaia y su naturalidad, su espíritu cooperativo, es la antiestrella del momento.

Desde el año 2019 hay un pósit en la oficina de la editorial Blackie Books en el que pone: «Noelia Ramírez-Chanel Miller-S Moda«. Desde hace tres años, Noelia, periodista en esta cabecera, sabía que la editorial iba a publicar Tengo un nombre, la traducción al español del libro en el que Chanel Miller relata cómo se sobrepuso a una violación y cómo decidió tomar las riendas, salir del anonimato y declarar bien alto que ella era la víctima de la violación más mediática de Estados Unidos, no el nadador de Standford del que extrañamente medios y jueces se compadecieron. Chanel Miller tomó el control de su historia. Invirtió la narrativa clásica de la letra escarlata, y construyó la historia real, alejada de la vergüenza, la de la supervivencia.

Este número se publica dos semanas antes del 8 de marzo, y a este día lo hemos dedicado. Los retratos de mujeres que han reescrito su relato dando voz a otras mujeres, interpretándolas, vistiéndolas, narrando sus historias, son el hilo conductor de estas páginas. La sororidad, quizá una palabra de moda, además de un concepto que algunos consideren fabricado, es una responsabilidad. Es el empeño en contar la historia que hay que contar.

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