«Me casé con la Torre Eiffel»: así es la objetofilia (o el deseo sexual hacia los objetos)

Un documental rastrea las pulsiones de la 'objetofilia', o cómo algunos humanos mantienen relaciones sexuales y sentimentales con cosas.

objetofilia

'Objetofilia' o cómo enamorarse de un objeto (y desearlo) es posible. Foto: Laura Pacheco

Las personas casi siempre defraudan. Los animales raramente, a menos que se sientan amenazados, pero los objetos son, seguramente, los más confiables, los que siempre estarán ahí para ayudarnos, acompañarnos y hasta reconfortarnos cuando estemos tristes. Si exceptuamos, eso sí, los ‘made in China’ o los fabricados con obsolescencia programada, que nos dejan tirados en el peor momento.

Los objetos son por naturaleza inanimados, aunque el alma puede luego añadírsele al gusto. Los niños son muy dados a inyectar vida y personalidad a sus juguetes. Y los adultos, aunque no quieran reconocerlo, también tienen sus pertenencias animadas, de las que les costaría desprenderse. Es cierto que las cosas no piensan por sí mismas, pero pueden hacernos reflexionar, simbolizar una época de nuestras vidas, sugerir sentimientos o estados de ánimo o representar a un país o una ciudad. ¿Qué me dicen del Big Ben, la Fontana di Trevi o el Empire State? Cuando cayeron las Torres Gemelas, no se vinieron abajo dos simples edificios, sino todo un símbolo de la Gran Manzana, el capitalismo y el siglo XX. Y para los que sigan despreciando a los objetos, o no otorgándoles su verdadero valor, es bueno recordar que en la película Blade Runner (1982) los replicantes –también materia– acaban desarrollando sentimientos, lo que se traducía posteriormente en problemas. El síntoma claro de que esta ‘enfermedad’ aquejaba ya a un humanoide era, simple y llanamente, que éste empezaba a desarrollar un gusto por tener cosas: fotografías, muñecos o animales creados artificialmente.

Los hay que van más allá y no solo gustan de poseer cosas, sino que se enamoran de ellas y las convierten en sus objetos de deseo. Una parafilia que se conoce como objetofilia y que salta de vez en cuando a los titulares de los periódicos, especialmente cuando lo que ha desencadenado la pasión es un monumento, un símbolo, un patrimonio de la humanidad. En Leeds, Reino Unido, vive Amanda Whittaker, una dependienta de 31 años que se confiesa enamorada de la Estatua de la Libertad, a la que ella llama, cariñosamente, Libby. Amanda conoció la objetofilia desde adolescente, cuando tuvo un affaire con una batería que solía tocar. Su relación a larga distancia con el símbolo de Manhattan es complicada, aunque ella va a visitarla de vez en cuando; mientras mantiene su casa, al norte de Inglaterra, llena de referencias al monumento en forma de posters, cojines, camisetas, cuadros o peluches. Según declaraba Whittaker al Daily Mail, ella siente que su amor es correspondido.

Algunos, no dudan en llegar hasta el altar, simulando una ceremonia parecida al matrimonio para afianzar su relación. A finales de los años 70, Eija-Riitta Berliner-Mauer se ‘casó’ con el Muro de Berlín. Otros casos, sin embargo, acaban en comisaría como el de Robert Stewart, que en 2007 fue denunciado por mantener relaciones sexuales con una bicicleta en un hostal; o el de Karl Watkins que fue procesado, en 1993, por conducta indecorosa con el pavimento de la localidad inglesa de Redditch.

Pero el affaire persona-objeto más conocido es el de Erika Eiffel, ex militar estadounidense que se enamoró de la Torre Eiffel, se casó con ella, ha adoptado su apellido y ha protagonizado un documental sobre objetofilia titulado Married to the Eiffel Tower. Erika es también la creadora de una web, Objectum Sexuality, dirigida a personas con esta orientación sentimental y a familiares o amigos, con la intención de dar a conocer este mundo y explorar un poco sus parajes, para evitar que su interpretación acabe casi siempre en la carcajada o el ridículo. El logo de la página de Erika es una valla de madera roja porque según se explica online, “es un objeto simbólico. La ponemos para protegernos pero no para echar a otros y permite mirar y ver lo que hay dentro”.

Como comenta Erika a S Moda, “la gente todavía no nos toma muy en serio. Lo primero es pensar que somos unos chiflados. Pero incluso los más comprensivos tienden a hacer apreciaciones, elaborar sus propias teorías. Los malentendidos más comunes entorno a la comunidad OS (Objectum sexuality) son pensar que la mayoría de sus miembros son mujeres –seguramente porque los casos más famosos eran protagonizados por chicas–, además de creer que este comportamiento se deriva de abusos en la infancia. Los estudios demuestran que solo una pequeña proporción de gente OS los ha sufrido. Además, de ser cierta esta teoría, es seguro que en el mundo habría muchas más personas con esta inclinación. Otra de las ideas que circulan entorno a nosotros es que elegimos enamorarnos de objetos en vez de personas porque así tenemos el control y evitamos la complejidad de las relaciones humanas. Pero nadie elige el objeto de su amor y, por otro lado, yo no tacharía de fácil tener sentimientos hacia una cosa, que a veces es difícil tener cerca y sobre la que no tienes ningún control. Ya sea porque pertenece a otro o porque es un edificio público”.

Pero, ¿cómo puede alguien llegar a enamorarse de un objeto? La pregunta del millón es contestada en la web de forma filosófica y contundente a la vez, “no hay una definición de amor porque éste sentimiento tiene muchos niveles y cubre un amplio espectro. Aunque, teóricamente, cualquiera o cualquier cosa pueden ser amados. El amor no tiene reglas que requieran de un quién o un qué para expresar esta emoción, siempre que no cause daño, ni sea contra la voluntad de nadie (…). Claro que la pregunta todavía no está contestada para aquellos que creen firmemente que el amor debe tener una cierta reciprocidad, una relación. Naturalmente, si vemos los objetos como inanimados esto es complicado, aun cuando entre personas se dan casos de amor en una sola dirección –amor platónico o no correspondido–. Nosotros, sin embargo, comprobamos que los sentimientos son correspondidos y devueltos por el objeto elegido”.

En opinión de Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga, directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona y directora del Instituto Iberoamericano de Sexología, “esta parafilia es propia de personas con pocas habilidades sociales. Como especie es importante la reciprocidad, el intercambio. Pero aquí se buscan las sensaciones y emociones sin el miedo a que nadie te haga daño”.

Relaciones con o sin sexo e interacciones con personas

Tener una inclinación a desarrollar amor por los objetos no excluye, según apunta Erika, otras relaciones con personas. “Muchos miembros de nuestra comunidad tienen pareja, y hay una gran proporción de bisexuales, que comparten su objetofilia con sus compañeros/as”.

Cuando le pregunto a Erika si el proceso de descubrimiento de esta orientación sentimental es similar al de los homosexuales, bisexuales o transexuales, ella comenta, “como en esos casos, llega un momento en que uno se da cuenta de que es diferente a la mayoría. Y esto ocurre generalmente en la pubertad, cuando el deseo de crear relaciones empieza. En ese momento es cuando la persona debe aceptar sus sentimientos o esconderlos para encajar en el molde y, entonces, es cuando la lucha comienza”.

En la web de este colectivo abundan los testimonios de aquellos seducidos por todo tipo de cosas, aunque hay una mayor inclinación hacia aquellas manufacturadas, con un largo proceso de elaboración, pasado industrial y clase obrera. Coches, puentes, depósitos de agua, monumentos –en el documental hay una mujer casada con el Golden Gate que se ha hecho con una de sus piezas–.

En el bando más poético y menos utilitario se sitúa una mujer enamorada de las palabras que habla inglés, ruso, polaco y latín y que alterna affaires con vocablos de varios idiomas. De niña, según ella misma cuenta, estuvo fascinada con paisajes, una barrera hidráulica y una grúa flotante. “Estar enamorada de las palabras”, dice, “significa todo lo que uno puede experimentar cuando quiere a una persona. Todas las emociones asociadas al amor, el romance y la sensibilidad erótica”.

Cuando se llega al terreno del erotismo y de la sexualidad, las cejas se arquean, los ojos de abren y las mentes imaginan escenas propias de un género cinematográfico que tendría que inventarse, el porno fantástico de ciencia ficción. En palabras de Erika, “como cualquier otra orientación, existe un espectro que contempla el sexo. Para unos la parte física de la sexualidad no es un elemento clave en la relación; mientras que para otros es muy importante. La gente se cuestiona sobre el aspecto sexual de la comunidad OS, pero preguntar no siempre es muy respetuoso. Nadie tendría que justificar o hacer diagramas sobre cómo hace el amor, para que los demás lo entiendan”.

El testimonio en la web de un ingeniero, seducido por un equipo de sonido, es algo más explícito, “el hecho de que mantengamos relaciones sexuales con objetos no quiere decir que el sexo sea de la misma manera que con humanos. Muchas veces el sexo entre las personas OS está basado en una intimidad emocional, aunque para otros es algo puramente físico. Personalmente yo lo experimento como una conexión psicológica, como la energía que se trasfiere cuando besas o abrazas a alguien a quien amas, como la que se tiene después de haber hecho el amor”.

Le pregunto a Erika, que anteriormente estuvo enamorada de un arco con el que competía y ganaba trofeos, como sigue su relación con la Torre Eiffel, “solía visitarla a menudo, pero la forma en que los medios hablaban de lo nuestro, como algo vergonzoso y enfermo, nos afectó mucho. No creo que tenga que oponer resistencia a mi amor por ella. Me gustaría ser más fuerte y decirle al mundo que se ocupe de sus propios asuntos, pero al fin de al cabo soy humana, aunque mi pareja no lo sea, y esto me afecta”.

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