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Menos vibradores y más contacto físico: cinco propósitos sexuales para mejorar nuestra vida en 2020

Los, esperemos, locos años 20 se merecen un poco más de cultura sexual, manualidad, sensualidad y carácter lúdico entorno al instinto básico. ¡Por un 2020 más sexual!

No dejar que el estrés nos aleje del sexo y aparcar por un rato los vibradores, son algunos de los cambios que pueden mejorar nuestra vida sexual.
No dejar que el estrés nos aleje del sexo y aparcar por un rato los vibradores, son algunos de los cambios que pueden mejorar nuestra vida sexual.Cordon Press

1. Compaginar el deseo con un cierto grado de estrés

Las estadísticas dicen que tenemos menos relaciones sexuales que nuestros padres y abuelos, en parte porque nos falta tiempo y ganas. Una de las excusas que la mente esgrime para darle la espalda al sexo es el estrés, y ya hay un ejército de personas incapaces de concebir que se pueda tener un cierto grado de ansiedad y estar ‘caliente’ al mismo tiempo. Pero si la humanidad ha sobrevivido hasta ahora es porque un considerable porcentaje de humanos pensaban que peligro y deseo no son conceptos irreconciliables. El hombre ha vivido siempre amenazado, y si ahora lo es por el paro, la hipoteca o la prima de riesgo; antes lo era por los animales salvajes o la falta de alimento. Esperar a que la vida transcurra por un plácido sendero para soltarse la melena y, como decía Lou Reed, Walk on the wild side, es desperdiciar nuestra existencia erótica.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la tasa de natalidad se disparó entre los atemorizados londinenses que, sin calefacción, luz eléctrica, ni comida, veían caer las bombas a su alrededor y todavía tenían ganas de fiesta. Sin saberlo, los ingleses, que no disponían de Orfidal, utilizaban el sexo como tranquilizante-estimulante, como hacen los bonobos y tantas otras especies. En tiempos malos para la lírica, el sexo no solo baja nuestros niveles de ansiedad sino que nos vacuna contra el miedo, esa peste del siglo XXI.

2. Un sexo más manual y menos mecánico

Si hay un hito que ha marcado el 2019 en términos de sexualidad, este sería el triunfo del Satisfyer. Si además de la persona del año, la revista Times dedicara su portada también a un objeto veríamos al succionador del clítoris y a su arrebatador éxito en el mercado, del que se puede deducir que a una gran parte de la población femenina le ocurre lo que cantaban los Rolling Stones: I can’t get no satisfaction. Al menos hasta la llegada de este milagroso artilugio.

Mucho se ha escrito sobre el juguete, pero mi artículo favorito fue el firmado por la psicóloga y sexóloga Laura Marcilla en La Voz de Almería, titulado Los consoladores no consuelan y los succionadores no succionan. La idea que expone Marcilla es que la palabra ‘consolador’, aunque ya no se usa, nunca fue muy adecuada ya que no consuelan sino que proporcionan placer, algo muy distinto. En cuanto a los succionadores de clítoris (y hay que decir que el Satisfyer no es el primero que ha salido al mercado) el artículo aclara “¿succiona? Pues la verdad es que no. De hecho, no solo no absorbe sino que lo que hace es emitir pulsaciones de aire u ondas sónicas (en función de la marca y el modelo) contra el clítoris”.

Esta sexóloga acababa su artículo augurando que muchos/as intentarán emular al juguete sexual, no ya del año sino del siglo, y se empeñarán en conjugar el verbo succionar en todos sus tiempos, e intentarán hacerlo lo más rápido y fuerte posible. “Nada más lejos de la realidad”, aconseja, “ya que el clítoris tiene aproximadamente ocho mil terminaciones nerviosas. Traducción: es una zona delicada, que debe ser tratada con cariño y cuidado. Crear un vacío y absorberlo dentro de la boca no parece la estrategia inicial más efectiva y tiene más papeletas de provocar molestias o incomodidad que placer”.

He de decir que el éxito del Satisfyer me cogió por sorpresa y contribuyó a la mala imagen que últimamente tengo del género humano. ¡Listas de espera de meses para hacerse con el artefacto! ¿Tan mal estamos las mujeres? o, ¿es que no tenemos tiempo que perder y con el succionador zanjamos el asunto en un minuto?

Nadie más a favor que yo de los juguetes sexuales, que tengo y utilizo, pero estos orgasmos instantáneos dan mucho que pensar y nos remiten a un futuro sexual aséptico, consumista, faster & furiours, como ya esbocé en un artículo sobre el sextech.

A lo mejor he entendido mal el sexo pero considero que tan importante es el resultado como el recorrido. Y, desde luego, si a estas alturas no somos capaces de hacer manualmente el trabajo del Satisfyer es que hemos fracasado como especie. Me pregunto, ¿qué vamos a hacer cuando lleguen los apagones o derrumbes energéticos?

3. Más sensualidad, por favor

 En medio de esta carrera por ver quien fabrica el juguete sexual más potente y con más prestaciones, nuestros cuerpos puede que se acostumbren a sensaciones fuertes y ya no sientan nada cuando cinco dedos, que no vibran si tienen ocho velocidades, los toquen.

Los sexólogos conocen ya este problema y el remedio siempre consiste en volver a empezar. En centrarse en el cuerpo y en sus sensaciones, en desacelerar para ver el paisaje con más detalle. En volverse un explorador e ir descubriendo las reacciones, sensaciones, estímulos, el feeling, porque ahí está la clave del buen sexo. Y lo que escribo no tiene que relacionarse, irremediablemente, con el sexo vainilla sino con cualquier práctica sexual, la hagamos entre tules y velas o con cadenas, una cuerda y una máscara de luchador mexicano; porque más que del hecho se trata de la intención que pongamos en él.

Hace poco vi una entrevista con Jane Fonda en el programa de Ophra Winfrey. Era en el 2010, mucho antes de que los arrestos por protestar frente al Capitolio le robaran tiempo para ir a la televisión. En el show la actriz hablaba, entre otras muchas cosas, de sexo. La que había hecho tríos y asistido a orgías con su primer marido, Roger Vadim, reconocía que a pesar de haber tenido mucho sexo en su vida, ahora empezaba, por fin, a tener intimidad con su pareja. No esperemos a ser unas súper abuelas para experimentar esto.

4. Jugar más, competir menos

Si el sexo es el juego de la edad adulta, deberíamos encarar esta actividad con un sentido lúdico y no competitivo. La diferencia entre jugar y competir es que la diversión, presente en lo primero, desaparece en lo segundo porque ya hay expectativas, premios, esfuerzo, frustración, fracaso. Nadie pierde en el juego pero si en la competición.

Pero, lejos de ver nuestra dimensión sexual como un patio de recreo, muchas veces la consideramos como la prueba del algodón, el polígrafo, el símbolo inequívoco de nuestra personalidad, el test de excelencia o el medidor de nuestro nivel de éxito en la vida. Con un poco de esfuerzo, a veces mucho, podemos llegar a reconocer nuestros fracasos en materia laboral, económica y hasta, si me apuran, sentimental, pero lo que nos resulta mucho más difícil es admitir que no hemos estado a la altura en la cama.

Tal nivel de exigencia y seriedad, a menudo agravado por una interpretación errónea de la pornografía, nos coloca en una situación cada vez más difícil para disfrutar del sexo, para abordar a otros, para practicar el juego de la seducción, para arriesgarse al gatillazo o al polvazo, para entrar en el juego sin miedo al fracaso. Casi todos los sexólogos admitirían que la mayoría de los trastornos sexuales están en nuestras cabezas y ansiedades y que las parejas son, generalmente, más comprensivas y tienen más sentido del humor y amabilidad del que tenemos con nosotros mismos. ¡Juguemos, pues!

5. Aprender más de sexo

Somos analfabetos sexuales. Como mucho, autodidactas y la eterna asignatura pendiente la abordamos como podemos. Algunos con muchas experiencias y, en el peor de los casos, repitiendo siempre el mismo patrón. Los jóvenes consultan la enciclopedia del porno, disponible en Internet, y conforman su idea del sexo en base a un género de ciencia ficción. Y luego están los que se autodefinen como «sexualmente torpes», según me comentaba en una ocasión Melania Figueras, psicóloga especializada en terapia de parejas del gabinete de psicología Lo bueno si breve, en Barcelona. Estos últimos creen que su torpeza erótica es crónica e incurable y se han conformado e instalado ya en este triste papel.

Pero, mayoritariamente, la gente todavía cree que el sexo es un instinto que se abrirá camino en la espesura y sabrá lo que hacer en el momento indicado. Tal vez esto era cierto en el hombre del Neanderthal, pero me temo que desde hace siglos la sociedad se ha empeñado en domesticar nuestros instintos y lo ha conseguido. Por eso, las personas interesadas en explorar su sexualidad no deberían limitarse solo al Kamasutra sino contemplar también una cierta dimensión sociocultural y hacerse algunas preguntas (qué idea tengo yo del sexo, qué espero de él o cómo me representa). Si lo hacen con una actitud relajada y curiosa (nunca excesivamente mental), estoy segura de que eso también contribuiría a su mejor desempeño en la cama.

Creo también que en el nuevo orden mundial la sexualidad ocupará un lugar más predominante del que tiene ahora. Manuela Carmena sabe muy bien que lo sexual es político, por eso ha comenzado su libro A los que vienen, con un capítulo entero dedicado al sexo y la educación. La sexualidad nos afecta a las relaciones con otros, en términos de violencia y poder. Deberíamos considerarla más a fondo.

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