Series y bragas, por Javier Calvo

Cada vez nos apetece menos hacerlo porque estamos delante del Facebook o viendo Girls.

Series y bragas

Foto: Cordon Press

Leer hoy estadísticas de consumo tecnológico de hace dos años es una experiencia hilarante. Con el grado actual de implantación y cambio tecnológico, cualquier noción de exceso queda obsoleta en cuestión de meses. Los rasgos que en los estudios de 2010 caracterizaban la adicción a Internet, por ejemplo (reducción de la vida social, intranquilidad cuando no se tiene un dispositivo o una red a mano, etcétera), hoy dan risa. En 2014 se calcula que uno de cada cuatro usuarios de redes sociales tiene un comportamiento adictivo y/o patológico, mientras que la comunidad médica alerta sobre el efecto que está teniendo en la vida sexual de las parejas el consumo masivo de porno.

Esto está pasando en un país donde, encima, la media de consumo televisivo el año pasado fue de 4,1 horas diarias, pero es que la adicción a la tele también está cambiando. Antes, cuando oíamos «teleadicción», pensábamos en abuelitas fusionadas con el sofá viendo magazines y culebrones. Y es cierto que tradicionalmente los jóvenes ven menos televisión que la gente mayor, pero el nuevo teleadicto ya está aquí. Tiene entre 18 y 35 años y ve cada vez más contenidos en ordenadores y dispositivos móviles.

El genio de la comunicación al que se le ocurrió que las series de televisión iban a ser la nueva forma dominante de consumo cultural estaba haciéndoles a los espectadores (en el mejor de los casos) un regalo envenenado. Antes, que yo recuerde, al gran público no se le ocurría tragarse 15 o 20 horas diarias de películas o novelas. Entre otras cosas, costaban dinero. Y entre el cambio de paradigma y la recesión económica, las webs de descargas empezaron a echar humo igual que las «oscuras fábricas satánicas» de William Blake.

Los primeros estudios hechos en América sobre la adicción a las series identifican el consumo simultáneo de múltiples productos como modalidad predominante, y se identifica como siete horas semanales de visionado (ja, ja) el límite de lo que sería el consumo excesivo.

El término binge watching (atracón de series) ya se usa de forma habitual para designar las maratones en los que uno se zampa temporadas enteras de golpe. Otros elementos del comportamiento adicto también resultan familiares: la reducción de la vida social y el tiempo al aire libre y el cambio de hábitos de sueño y sexuales. La irritación cuando no se puede ver un episodio de forma rápida o inmediata. El que las series se conviertan en el principal tema de conversación de uno, aplastado bajo las ruedas de la presión social: si no has visto Breaking Bad, ¿de qué demonios vamos a hablar?

¿Quién no ha pensado alguna vez: «Venga, solamente un episodio más y me voy a dormir», y luego ha faltado a su palabra? Pues ahí tienen otro indicio de comportamiento problemático. En realidad no hacen falta estudios para percibir los efectos del boom de las series en la vida sexual de las parejas jóvenes. Ya desde los años 70 se advertía del efecto nocivo que tenía en la vida sexual de las parejas la presencia del televisor en los dormitorios. Cada vez nos apetece menos hacerlo porque estamos sentados delante del Facebook o comiendo helado mientras vemos Girls. ¿Quién puede culparnos? Uno llega cansado del trabajo. Cariño, ¿cenamos y descargamos un episodio?

El nuevo serial ha llegado para quedarse. Es un logro más del capitalismo en materia de colonización de nuestro (escaso) tiempo libre. Como decía hace unos días una melancólica usuaria de Internet en un meme que leí: «Sabes que estás en una relación estable cuando tu novio te baja más las series que las bragas».

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