¿Por qué todo el mundo mira a Los Ángeles?

Conocida por sus icónicas playas y por ser el epicentro de la poderosa industria del cine, la gran urbe del oeste de Estados Unidos es un hervidero de tendencias.

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Foto: Jose Girl

Conocida por sus icónicas playas y por ser el epicentro de la poderosa industria del cine, los más de 1.300 kilómetros cuadrados que conforman la ciudad de Los Ángeles la convierten en la segunda urbe más grande de Estados Unidos después de Nueva York. Sin embargo, durante más de 200 años, esta vasta metrópoli californiana ha carecido de un centro neurálgico donde aglutinar su poder financiero, político, cultural, artístico y social. Se trata de una urbe sui géneris, con una identidad que cambia de barrio a barrio, con un espíritu que muta cada pocas manzanas y con distancias abismales entre sus diversas realidades. «L.A. es muy difícil de catalogar. Dime cómo eres y te diré a qué lugar de la ciudad ir», cuenta Ilse Metchek, presidenta de la Asociación de Moda de California (CFA, siglas en inglés).

Los habitantes del condado de Los Ángeles viven en ciudades, distritos y barrios separados entre sí, unidos por una monumental red de carreteras y autopistas. Adentrarse en cada una de estas zonas permite destapar lugares variopintos que se manifiestan a través de la arquitectura y estilos de vida diferentes. Malibú, Santa Mónica, Redondo Beach, Venice Beach y Manhattan Beach dibujan la existencia costera angelina, con surfistas de piel tostada al sol y con un carácter que navega entre lo bohemio y lo lujoso. En Hollywood se encuentran el popular Paseo de la Fama y los grandes estudios de producción como Paramount Pictures, desde donde se dicta el futuro de la meca del cine. Entre Beverly Hills y el Westside se congregan las grandes fortunas, mientras que el Este de Los Ángeles y el Valle de San Fernando concentran gran parte del sabor latino de una urbe que fue fundada por españoles en 1781. Pero ahora, tras dos décadas de lobbying y diseño arquitectónico, finalmente se observa el renacer de un centro urbano que promete unificar el espíritu colectivo.

«El mundo entero pensaba que Los Ángeles era Hollywood, la meca de la industria del cine y del entretenimiento. Pero no se puede definir una gran urbe con una playa, dos parques temáticos y un rótulo publicitario», explica Carol Schatz, presidenta de la Asociación Central de la ciudad de Los Ángeles (CAA), que reúne a más de 450 inversores y empresarios del corazón angelino. Nacida hace 67 años, Schatz es la artífice de una reforma que está reconstruyendo la identidad de la metrópoli y dotándola del epicentro que, como ella cree, «toda gran megápolis del mundo debería tener».

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Las playas del distrito de Venice son una de las postales típicas de Los Ángeles.

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Para esta emprendedora, la visión de crear un corazón de la ciudad ha sido ardua y gradual. Su gesta comenzó hace dos décadas con la extensión del horario comercial más allá de las cinco de la tarde, y prosiguió colocando la pieza angular que permitió materializar una metamorfosis que lentamente ha ido atrayendo tiendas, negocios y restaurantes de alto nivel a esta parte de la urbe. «Fue un hito cuando Philip Anschutz, el dueño de AEG, invirtió más de mil millones de dólares en el Staples Center», puntualiza. Este pabellón deportivo, con capacidad para más de 19.000 personas y donde juegan Los Angeles Lakers y Clippers, se inauguró en 1999, meses después de aprobarse la Ordenanza de Reutilización Adaptativa, que sirvió para cristalizar los esfuerzos iniciales de renovación. Sin embargo, todavía en esa época, el downtown de Los Ángeles permanecía despoblado y no era concebido como un destino para vivir, realizar compras o acudir a museos. Fruto de la normativa, los edificios históricos y viejas fábricas que durante décadas habían permanecido vacíos comenzaron a recuperarse para dar vida a espacios residenciales con lujosos lofts y estudios modernos con espectaculares vistas. El centro era, así, testigo del primer de-sembarco de vecinos adinerados, emprendedores, diseñadores y treintañeros acomodados que optaban por un modus vivendi urbano y que exigía un ambiente innovador pero alternativo al lujo característico de Beverly Hills o del Westside.

A partir de 1999 se empezaron a apreciar tímidos avances. Pero no fue hasta una década más tarde cuando la zona empezó a mostrar un aspecto diferente. Ahora es un hervidero de posibilidades para las 53.000 personas que viven en el lugar, y a las que pronto se le sumarán otras miles para ocupar las 7.500 viviendas que se están construyendo. Y se planea una nueva ola de 14.000 apartamentos más. Es la continuación de un plan que pretende generar un mayor flujo de dinero y lujo hacia la zona, pero con un ambiente más hipster del que se respira en otros distritos.

Quienes tampoco han tardado en descubrir y unirse a la fiebre de esta expansión son los países asiáticos, lo que permitirá que consoliden su posición de poder a ambos lados del Pacífico. «Hemos atraído grandes inversiones billonarias de China y Korea», señala Schatz. Con un ambicioso proyecto que supera los mil millones de dólares, Hanjin International, dueño de las líneas aéreas coreanas, está colocando los cimientos de la torre más alta de toda la Costa Oeste. Situado en la calle Figueroa y con 73 plantas apuntando al firmamento, el hotel Wilshire Grand abrirá sus puertas en 2017, inyectará más de mil millones de dólares en la economía local y creará más de 1.750 puestos de trabajo. Otra de las joyas de inversión asiática es Metropolis, un complejo que será inaugurado en otoño de 2016 y que incluirá un hotel y residencias de lujo. Detrás está el Grupo Greenland Holding, conocido por haber levantado cuatro de las construcciones más altas del mundo. La ostentación de Metropolis competirá con la opulencia del Ritz-Carlton, el primer rascacielos de la ciudad desde 1990. Su elegancia contrasta con el espíritu comercial que se ha generado en torno al complejo del que forma parte: el LA Live. Con medio kilómetro cuadrado de restaurantes, salas de conciertos, cines y el museo de los Grammy, el LA Live es ya uno de los principales atractivos de la noche angelina que acompaña a las grandes citas deportivas en el Staples Center. Con sus pantallas gigantes colocadas en las fachadas de los edificios, parece por momentos una réplica en miniatura del concurrido Times Square neoyorquino, que logra atraer a residentes con un elevado estatus económico. «No viven ahí todo el tiempo, pero todos tienen su apartamento», puntualiza Ilse Metchek.

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Una imagen del distrito de Venice.

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Desde la Asociación de Moda de California se impulsa la expansión global de la industria textil local. Parte de las actividades de la CFA están dirigidas a ayudar a jóvenes artistas y a graduados del instituto de moda angelino (FIDM, en inglés) para convertir sus ideas en planes de negocio y así comercializar sus líneas de ropa o abrir estudios de arte.

El renacimiento del centro angelino también ha propiciado el surgimiento de movimientos artísticos espontáneos gracias a eventos como el Downtown Art Walk. Esta cita artística, que se celebra el segundo jueves de cada mes, reúne a más de 3.000 jóvenes y amantes del arte que buscan inspiración en las piezas que se exponen en los museos públicos y en galerías como CB1, Redcat o LA Artcore. Pero la cita artística más importante tiene lugar cada enero en el Centro de Convenciones, un espacio de 67.000 metros cuadrados que alberga la Feria de Arte de Los Ángeles. El evento, concebido hace dos décadas por Kim Martindale, comenzó en la zona oeste, lejos del downtown, como un vehículo de expresión del arte regional californiano. «Cuando Kim ideó esta convocatoria era muy regional, pero fue madurando y creciendo y generó una importancia a nivel nacional e internacional que superó las expectativas que él tenía», relata Marisa Caichiolo, la directora de arte iberoamericano del certamen y cuyos esfuerzos han servido para atraer galerías de Venezuela, México y España. Fruto del impredecible éxito de este certamen, su director decidió hace seis años reubicarlo en un espacio más amplio que pudiera albergar un mayor número de galerías regionales y extranjeras. Fue así como se mudaron al centro  y, desde entonces, el volumen de asistencia se ha disparado. En enero de este año, en su vigésima edición, la exhibición contó con casi 60.000 asistentes y se convirtió en la muestra de arte más importante del país después de Miami Basel.

La feria de arte ha sido un elemento clave en la expansión cultural del downtown, un crecimiento que en septiembre de este año se verá reforzado con la inauguración del museo The Broad en la avenida Grand. Este edificio de acabados industriales alojará una de las colecciones privadas más exquisitas de la región y abarcará cerca de 2.000 piezas firmadas por casi 200 artistas, como Jasper Johns y Robert Rauschenberg.

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En el Bradbury Building, situado en el ‘downtown’, se rodó parte de ‘Blade Runner’ en 1982.

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Con un coste de 140 millones de dólares, The Broad es la mayor inversión cultural en el centro desde la apertura en 2003 de la sala de conciertos Walt Disney, cuyo coste fue de 274 millones de dólares. El museo, financiando por la pareja de coleccionistas de arte Eli y Edythe Broad permitirá el acceso gratuito a la colección permanente. «Que el espacio esté al lado de la construcción de Gehry, del Disney Hall, y frente al MOCA (Museo de Arte Contemporáneo), es la manera de generar un sector de poder y fuerza», dice Caichiolo. «Este proyecto es lo que definitivamente va a levantar el centro de LA, uno de los lugares que ya genera más interés a nivel internacional».

Cuando Régulo Martínez desembarcó en la escuela de artes escénicas de Colburn en el año 2006, no imaginó que iba a ser testigo de esta transformación. «Este cambio ha sido a pesar de la recesión. Sin ésta, hubiera sido aún más acelerado», dice el primer pianista español en ser admitido en el conservatorio de esta prestigiosa academia.

Martínez, que es ahora profesor asistente del conocido John Perry, vive en el estimulante ambiente de la avenida Grand donde descubre «microclimas» escondidos en el renovado downtown. Aconseja, por ejemplo, el Redcat lounge, una de las gemas ocultas en los cimientos del edificio de Frank Gehry donde converge el espíritu bohemio de músicos, escritores e intelectuales. «Hace unos años, la gente no caminaba por aquí por las noches, y ahora, Plácido Domingo, cuando viene a Los Ángeles, se queda en uno de estos apartamentos», cuenta.

A pocas manzanas se extiende la calle Broadway. La que a principios del s. XX fuera la arteria comercial y del entretenimiento del downtown, casi 80 años después comienza a despertar de su letargo. Parte de su renacer se debe al carisma del Gran Mercado Central. Fue Ira Yellin quien adquirió esta propiedad en 1984 para convertirla en uno de los enclaves gastronómicos de mayor afluencia. Lo ha logrado con la ayuda del concejal latino José Huizar, que impulsó una iniciativa para revitalizar esta histórica calle abandonada. «Cuando abrimos, los únicos que venían a visitarnos eran los turistas», relata Charles Babinski, uno de los propietarios de G&B Coffee, una cafetería que se ha popularizado por su café latte helado. Ahora, a este mercado acuden a diario los nuevos residentes de la zona y los artistas del Distrito del Arte. En éste, pintores, grafiteros y diseñadores viven y trabajan en fábricas y naves industriales reconvertidas en estudios y galerías. Su presencia ha duplicado y triplicado el precio de la propiedad en los últimos años. En 2006, por ejemplo, se ponían en venta los lujosos lofts Biscuit. Un año después no quedaba ninguno. Hace unos meses, la reconocida galería Hauser Wirth & Schimmel anunció que ha elegido este enclave para exhibir sus colecciones. «Los artistas embellecen el área y la llenan de vida, y entonces llegan los inversores y las empresas a generar dinero», explica Caichiolo.

Todo eso hace que ahora la gente vea el centro de Los Ángeles como «un destino en sí mismo», asegura Carol Schatz. «Y eso es… ¡un milagro!».

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Intervenciones pictóricas en las paredes del distrito del Arte.

Arturo F. González

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