Plagas de moda, por Javier Calvo

Sospecho que la humanidad no es tan fácil de erradicar. Mala hierba nunca muere

Bebé

La noticia, una más entre el aluvión diario de noticias grotescas, apareció esta semana en Internet. En un vuelo de American Airlines, una mujer negra que se encontraba mal vomitó en el pasillo. En pleno pánico por el ébola, la tripulación del avión redujo a la pobre mujer, envolvió su equipaje en plástico y la encerró en el lavabo durante el resto del vuelo.

Hace unas semanas, otro individuo negro estornudó en otro avión procedente de Filadelfia, dijo en broma que tenía ébola y acabó provocando la retención de la aeronave hasta que un escuadrón bacteriológico se lo llevó a un hospital de campaña, a pesar de que el tipo no paraba de repetir que todo había sido un chascarrillo.

Nuestra especie tiene una obsesión evidente por el Apocalipsis. Desde que yo recuerdo, siempre he oído que el mundo está a punto de acabarse. Cuando yo era niño, lo que iba a acabar con nosotros era la Guerra Nuclear. Después fue la superpoblación mundial y el agotamiento de los recursos.

Alrededor del milenio, vivimos la feliz fantasía de que el mundo se iba a acabar en una noche, limpio y rápido, cuando los ordenadores se volvieran locos y los silos de misiles «pegaran un pepino», como decimos en mi tierra.

Hoy en día, es el cambio climático lo que acabará con nosotros. Periódicamente, un meteorito se acerca a la Tierra y todos contenemos la respiración durante 10 minutos. Y, en cada caso, Hollywood se dedica a promover el miedo de temporada con una docena de películas de catástrofes.

Algunas de estas amenazas son más reales que otras, claro, aunque yo sospecho que la humanidad no es tan fácil de erradicar como creemos y acabaremos desarrollando branquias o ventiladores incorporados o algo parecido. Mala hierba nunca muere.

El miedo virológico nunca pasa de moda. En 1975, la primera pandemia de gripe porcina amenazó las vidas de 50 millones de estadounidenses. Acabó matando a tres personas, aunque la vacuna fulminó a 25 y dejó a unos 4.000 lisiados. La gripe aviar de 1997 se saldó básicamente con la ejecución sumaria de 1,5 millones de pollos en China.

El temible SARS iba a acabar con todos nosotros en el año 2003, pero lo que pasó es que nosotros extinguimos el virus en 2005. Hace un año o dos, la aparición de una droga caníbal iba a desencadenar la Guerra Mundial Z, pero nos tuvimos que conformar con un par de vídeos falsos en YouTube.

En 2009, la gripe porcina recibió un lavado de cara y pasó a llamarse H1N1, pero para entonces ya había cierto hartazgo entre la gente. Es imposible asustarnos cada dos años con el mismo truco.

Las teorías de la conspiración empezaron a proliferar. Se descubrió, entre otras cosas, que la nueva gripe no lo era. Sí lo eran los planes de la industria farmacéutica y del G8, que estaban obligando a varios países a comprar la vacuna y, a cambio, aceptar toda clase de ingerencias turbias. La actual vacuna del ébola en África, sin ir más lejos, ha contagiado a varios centenares de personas de esta enfermedad.

En realidad, nunca sabremos qué hay de verdad en todo esto. Lo que sí sabemos es que periódicamente nos inoculan el miedo a una serie de infecciones cuya peligrosidad está a años luz de las verdaderas causas de muerte masiva en el mundo, como la industria alimentaria, la armamentística o las políticas neoliberales. Para todas éstas no existe protocolo alguno.

Hay que practicar la precaución, por supuesto. Sobre todo porque las alarmas de pandemia no van a detenerse. Cuidado con los fluidos corporales, con los inmigrantes sospechosos y, sobre todo, con las azafatas de vuelo karatecas, que no están para bromas.

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