Otros propósitos, por Eva Hache

«Hay que ser realista. Yo este año me propongo realidades. Y, para hacerlo de verdad, me propongo metas gratis»

Otros propósitos

Foto: Claire Artman / Corbis / Cordon Press.

Ya lo dijo Edmund Hillary al coronar el Everest: «A estas alturas se ve todo borroso».

Eso es lo que pasa, a estas alturas del mes, los propósitos de Año Nuevo ya no se ven tan claros. Quizá porque los planteamos en la noche más borrosa del año. Quizá porque no eran los nuestros.

¿De verdad queremos aprender inglés? ¿Otra vez? ¿Para qué?

¿Seguro que tus familiares y amigos te querrán más si eres flaca?

¿Por qué pagar el gimnasio para dejar de ir el próximo mes de marzo?

Es posible que te vuelvas magra, musculosa, fuerte como un sarmiento a cambio de comer solo uvas, pero no serás bilingüe cuando solamente tienes alma de bífida.

Hay que ser realista. Yo este año me propongo realidades. Y, para hacerlo de verdad, me propongo metas gratis.

Sí, voy a hacer ejercicio. Para no morir de vieja antes de ser vieja. Voy a andar, a correr, a subir escaleras. Voy a correr con la ropa que tenga, sin relojes ni cronómetros zumbones. Sin prisa. Correr pero no escapar. Cuando haga falta. Correr para llegar al autobús o para perseguir a un hijo haciendo de T-Rex asesino. Voy a caminar. Lento, rápido, como yo quiera, como si estuviera de viaje, como una turista de vacaciones. Mirando en los rincones y fotografiando con los ojos las hermosuras simples.

Y bajar escaleras también lo voy a hacer, para no vivir en las nubes y pisar tierra. Pisaré tierra sin importarme que se manchen los zapatos. Y luego los limpiaré con mimo, con eficiencia. Prometo hacer las cosas que me disgustan con cariño, como se quita un pañal relleno de caca apestosa a un bebé querido. O, por lo menos, prometo hacer lo inevitable concentrada y rápidamente, para quitármelo de encima cuanto antes.

Y voy a estar guapa, a vestir bonito. Voy a recordar que mi bisabuela decía que la moda es un saco, que se va llenando llenando y, cuando está repleto, se cose y se descose por detrás, y se va sacando sacando. En vez de lo que saquen las revistas, sacaré lo del saco y haré caso a los viejos en vez de a las modernas.

Y no voy a dejar de comer, ni de beber, ni de fumar. Voy a recordar que Paracelso decía que la dosis es el veneno y voy a disfrutar de los placeres dosificando, concentrándome en la sutileza, en el pequeño detalle de lo que da placer. El tabaco te puede matar, claro que sí, y beber agua de más también. No hacer de más.

Voy a recordar que Paracelso también decía que lo que se forja con el fuego es alquimia, ya sea en un horno o en la estufa de la cocina. Y yo me voy a sentir alquimista hasta cuando caliente un guiso o bata un huevo. Cocinaré como si hiciera magia. Y daré importancia a cada cosa que después comeré yo y los que vengan a mi mantel y me sabrá más rico y me sentará mejor y seré más elástica, con mi cuerpo y con mi mente.

Y me voy a dar tiempo para parar, para mirar, mirar y mirar, y luego preguntar. Y aprender. Sin esfuerzo. O, por lo menos, con el esfuerzo invisible con el que hacemos las cosas gustosas. Como ir después de un duro día de trabajo y muy lejos a buscar aquellos zapatos que tan feliz me van a hacer si siguen en rebajas, sortear la muchedumbre, llegar por fin, no están, estar al borde de un disgusto, ver de pronto a unos novios seminuevos dándose un beso de amor, qué frío polar, y encontrarse a un buen amigo, charlar y andar durante kilómetros con las caras heladas y, ya de noche cerrada, meterse en un cama cálida con una sonrisa fresca.

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