Malika Favre: «He alcanzado el último lujo de la vida: no ponerme el despertador en cinco años»

Se dice que es la ilustradora más copiada del mundo. La artista estrena ático-estudio y residencia en Barcelona.

Malika Favre: «He alcanzado el último lujo de la vida: no ponerme el despertador en cinco años»

Malika Favre, en su casa de Barcelona, a la que ha trasladado los muebles que tenía en Londres. Foto: berta pfirsich

Gràcia es el rincón favorito de la francesa Malika Favre (1982) en Barcelona. «Me encantan las plazas del barrio, donde se mezcla todo tipo de gente. Ahí percibo una sensación de libertad, veo a personas tomándose su tiempo y disfrutando de la vida». La ilustradora, dicen, más copiada del mundo (o ripeada, en la jerga de los diseñadores gráficos) está pletórica y feliz en la capital catalana. Se pasó 14 años en Londres, donde subió a la primera liga del diseño y demostró que las artistas no tenían por qué relegarse a los libros infantiles. «No importa cómo lo hagas, pero ahorra todo lo que puedas antes de hacerte autónomo e ir por tu cuenta; así sabrás que tienes un colchón detrás y podrás darte el lujo de decir que no a lo que no te convence. A mí me funcionó, no sé si fue suerte, pero prácticamente ni llegué a tocar esos ahorros y pude centrarme en lo que realmente quería hacer descansada», nos explicó hace un par de años, de paso por la ciudad, sobre su secreto profesional frente al pánico que asalta a todo autónomo con vocación. Instalada ahora en un acogedor y amplio sobreático en la Diagonal, Favre reside a pocos pasos de esas plazas que la tienen prendada.

Colaboradora habitual de las portadas de The New Yorker («La semana que viene saco una nueva», nos avanza a finales de enero) o de ese templo de la creatividad que es la editorial Penguin, Favre nos recibe vivaz y despierta. Es entrar en su casa y sentir cómo todas esas ilustraciones de glamurosas mujeres, todo ese op art que la ha convertido en un género en sí misma a base colores vibrantes, labios rojos y un selectivo uso del positivo y negativo, cobra sentido y vida propia. «Es divertido, parece que viva dentro de mis propios trabajos», cuenta.

¿Por qué cambiar Londres por Barcelona?
Principalmente por el sol. Sabía que necesitaba un cambio. Al fin y al cabo, puedo trabajar desde donde quiera así que me dije: «¿Qué hago aquí si podría estar viviendo en cualquier otra parte?». En cualquier sitio que tenga mayor calidad de vida y más luz. Dudaba entre Barcelona y México, porque tenía apego emocional a los dos lugares. Me vine dos meses, conservé mi piso en Londres, probé el invierno pasado y entonces decidí que debía mudarme. Llevo viniendo 10 años. Conocía la ciudad, tenía amigos aquí. Era obvio.

Malika Favre

Uno de los rincones de su salón y detalle de una cerámica de Marylou Faure. Foto: berta pfirsich

¿Necesitaba algún objeto en especial indispensable para sentirse como en casa?
Me he mudado con todo lo que tenía en Londres. He reconstruido mi nido por completo. Desde hace seis años cumplo la regla de solo comprar cosas que creo que amaré de aquí a 20 años. Invertir en belleza es como un trabajo: cada objeto que tengo, de hecho, encaja en cada espacio o piso en el que he vivido.

¿Sigue trabajando en pijama y desde casa?
Sí, la mayor parte del tiempo sigue siendo así [ríe]. Trabajo desde casa, tuve un estudio durante dos años pero me di cuenta de que no es lo que me gustaba. Llegó un punto en el que quería estar protegida, en mi nido, como una niña pequeña. Mientras dibujo me gusta mirar las cosas que tengo, necesito sentirme a salvo.

¿Cómo separa vida personal y trabajo en un mismo espacio?
Me gusta trabajar, pero lo hago para poder tener vida. Mira, yo solía tomármelo todo de forma muy agotadora. Hace cinco o seis años me volqué muchísimo en el trabajo. Era perfecto porque tenía la energía para hacerlo y era más joven, pero he ido cambiando de parecer de forma orgánica.

Dos de sus obras: Spring to mind, portada de The New Yorker, y Astrounates, ilustración para National Geographic publicada en julio de 2019.

Así que no tiene horarios.
No, ya ni siquiera me pongo el despertador. Es el último lujo de la vida y lo he conseguido. En los últimos cinco años no he tenido que programarlo. Hoy sí, porque veníais a casa [ríe]. Aquí me despierto mucho antes que en Londres, lo hago por el sol. Me levanto como a las 9.00 ó 9.30. En Londres me levantaba a las 11 de la mañana cada día.

Es muy activa (y seguida) en Instagram.
Es una gran plataforma, pero lo siento como una herramienta. Tengo que verlo así. Puede ser genial, te puede dar acceso a gente de todo el planeta que no seguiría tu trabajo de ninguna otra manera, pero también intento que las redes sociales no controlen mi vida. Es muy difícil gestionarlas. El problema de las redes sociales y la ilustración es que hay respuesta casi instantánea sobre tu trabajo. Y puede que no sea la que esperas. No quieres que la multitud sea quien te dicte qué debes dibujar. Esta es un forma de compartir trabajo, pero no puedes dejarte influir por esta audiencia vista como una masa gigante de directores de arte increpándote.

Posiblemente sea la ilustradora más copiada del planeta. Tiene un equipo legal que controla y denuncia las imitaciones.
Amo a mis abogados. También he de decirte que ya no me enfado tanto y ahora no gasto tanta energía. Al principio era muy frustrante, porque tienes esa sensación de haber estado trabajando muy duro y ves que la gente se aprovecha de tu esfuerzo, pero después de tantos años y de comprobar cómo incluso las copias han crecido, me he dado cuenta de que mi estilo y mi voz se han convertido en parte de la cultura pop. Ahora hasta hay gente que me copia ¡y me taguea! ¡Me siento como una pintora muerta!

Ha logrado llegar al ‘Esto es muy Malika Favre’.
Exactamente, es un logro, pero también me tomo muy en serio las copias, especialmente cuando son marcas o grandes empresas las que lo hacen. Ahí tiro mucho de mis abogados.  También porque la gente no espera que los ilustradores se defiendan a sí mismos. Piensan que somos gente solitaria, que trabaja sola. No se equivocan, realmente te puedes sentir muy aislado en este gremio.

Quizá deberían sindicarse.
Sí, es una gran idea, abogados en colectivo para protegernos.

Malika Favre

Su casa está llena de piezas creadas para ella, como el neón del salón. Al lado, Favre en la terraza de su ático. Foto: berta pfirsich

¿Nunca se ha sentido sobrepasada por el trabajo?
Sí, me solía pasar mucho. Me costó darme cuenta. Tuve un proceso muy lento y gradual. No fue de un día para otro. Cuando vi que estaba quemada, tomé medidas. Por eso he comenzado esta especie de viaje profesional en el que cada vez trabajo menos porque en el fondo sé que mi nivel de tolerancia ha bajado. Cada vez tomo menos riesgos. He desarrollado una alarma en mi cabeza que siente cuándo las cosas se ponen feas. Es por mi personalidad, soy muy obsesiva. Cuando hago algo, lo hago al 100%. Nunca separo el trabajo. No pienso: «Esto lo hago por dinero y esto por vocación». Todo es para mí, todo es vocación. Y si hay dinero, mejor, claro [ríe].

Ha dicho alguna vez que prefería los encargos editoriales (New Yorker / Penguin) a trabajar con grandes marcas de moda. ¿Por qué?
Básicamente, acepto proyectos que me motivan o que sean buenos, como campañas de concienciación social. Proyectos en los que creo y que considero que tienen una buena historia detrás. Pero sí, dejé de trabajar con marcas hace años, tengo la suerte de haberlo dejado hace tiempo.

¿Ni siquiera le asalta la ansiedad antes de publicar una portada para The New Yorker, sabiendo la repercusión que tendrá ese trabajo en particular?
No. Tengo memoria a corto plazo y nunca pienso en qué va a ocurrir. Me pasó la primera vez porque nunca había trabajado con ellos y no sabía cómo iría todo o qué tipo de exposición tendría. Aquello sí que me aterró. Pero ahora ya no. Te olvidas. Tienes la sensación de que es una pequeña familia porque solo nos comunicamos tres personas durante el proceso. Cuando trabajas en una portada, no recuerdas lo grande que va a ser y todo el feedback que te va a llegar cada vez que la cuelgan en sus redes. Cuando pasa, te dices: «Oh, dios mío, es verdad que era así». Pero mientras trabajas no te planteas si lo van a ver 15 ó 10.000 personas. Trabajas y ya está.

Así que se podría decir que está viviendo el ideal laboral y vital: poder hacer lo que una quiere, sin despertador y trabajando únicamente en aquello en lo que cree.
[Ríe] ¡Sí, y me encanta!

Malika Favre

Una de sus portadas para The New Yorker y el primer monográfico sobre su obra, publicado por Counter Print. Foto: berta pfirsich

En esta producción:

Estilismo: Paula Delgado

Maquillaje y Peluquería: Equipo Colors-Up Escuela de Maquillaje

Asistente de fotografía: Iván Montero

Asistente de estilismo: Pili Macridachis

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