Mahammadou, por Ángels Barceló

La de Mahammadou es solo una historia, una pequeña historia, habrá otros como él, pero hay muchos que no han tenido la opción de llamar a ninguna puerta porque siguen escondidos en los montes de Tánger.

Àngels Barceló

Foto: Isabel Acerete

Recuerdo perfectamente el día que llegó. Era un sábado, a media mañana. Sonó el timbre de la puerta, al abrirla ahí estaba él, con su inseparable bicicleta y su imperfecto castellano. No pidió ni comida ni dinero, pidió trabajo. Miré hacia atrás, a mis cinco metros cuadrados de jardín, y vi hojas secas en el suelo y malas hierbas creciendo por todas partes. Pasa, le dije. Se quedó hasta mediodía y se fue con su bicicleta, su imperfecto castellano y algo de dinero en el bolsillo.

El sábado siguiente volvió, y el siguiente, y el siguiente. Hasta que un día se sentó en la mesa de la cocina a desayunar con nosotros. Café con leche, galletas con chocolate y conversación. Y otro sábado, y otro. Nos habituamos a su compañía, yo me habitué a cocinar mientras el leía el periódico en la mesa. Primero las páginas deportivas, el Barça, y luego el resto. Discutimos de fútbol y de política, simpatiza con el independentismo.

Poco a poco fue formando parte de nosotros, pero no era como nosotros, él no tenía papeles. Así que decidimos que fuera como nosotros y empezamos una lucha burocrática con la Administración que, para no aburrirles, les resumiré en meses de gestiones, en algún error administrativo y en nuestra cabezonería. Al final, lo conseguimos. Ganamos a la incomprensible burocracia.

Pero como la vida, a veces, da giros inesperados, se la pudimos devolver a esa Administración que nos racaneaba el convertirlo en uno como nosotros. Una Navidad le tocó la lotería y pudo volver a casa. Una de nuestras mañanas de sábado le compramos el billete, volvía a casa en avión, quería comprarles a sus padres placas solares y baldosas para el suelo de la casa donde viven. Y lo hizo, y subió al avión y enseñó sus papeles al policía, no le vi, supongo que con orgullo indisimulado.

Se llama Mahammadou y es de Senegal, de donde salió, como otros miles, buscando un futuro en Europa; como ellos vivió la amarga travesía africana hasta que embarcó en una patera y llegó a Canarias y de allí a un pueblo de la costa catalana y a nuestra puerta. Y, por fin, podía volver a casa.

Supongo que el azar le hizo pulsar ese timbre, el azar quiso que yo estuviera en casa, pero el azar nada tiene que ver con su bondad, con su capacidad de trabajo, con su cariño. Eso lo traía de casa y no lo perdió en el largo camino. Hablo con él de la inmigración, siempre que vuelvo de algún viaje en los que he estado con inmigrantes o refugiados me pregunta. Sabe que tuvo suerte.

La de Mahammadou es solo una historia, una pequeña historia, habrá otros como él, pero hay muchos que no han tenido la opción de llamar a ninguna puerta porque siguen escondidos en los montes de Tánger, esperando poder saltar, otros que se ahogaron en una playa porque la Guardia Civil les disparó balas de goma, otros, miles, que se ahogaron en el Mediterráneo u otros que siguen varados en las fronteras europeas.

Pero parece que da igual.

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