Las palilleiras gallegas y su encaje de mar

La Mostra do Encaixe de Camariñas reivindica desde hace 28 años este trabajo hecho con bolillos, una tradición que perdura gracias a su vínculo con la moda.

Cada año, las palilleiras preparan las piezas que se emplean en la Mostra do Encaixe (arriba, la Asociación Puntillas de Camariñas en el muelle). Foto: Antártica

Vino con un naufragio. Cuentan que una dama italiana sobrevivió y en señal de agradecimiento enseñó a las mujeres de los pescadores los secretos del encaje de bolillos de su tierra. Así nacieron en la Costa da Morte las palilleiras. Eso cuentan, pero Matilde García Pasantes, Tilde, afirma con voz burlona que «son todo leyendas». Ella sigue palillando cada día a sus 84 años, recuerda que aprendió «de pequeñita», observando el ir y venir de las manos, escuchando esa melodía seca que compone la madera en la que se enrolla el hilo al entrechocar: «Entonces la gente trabajaba a la puerta de casa. Se juntaban dos, tres o cuatro mujeres, y a mí siempre me gustó mirar».

El faro Vilán fue el primero en tener luz eléctrica, en 1896. Cristina Fernández, la segunda mujer farera del país, lleva 44 años viviendo allí, guardando la Costa da Morte, y va a ser la última en ejercer este trabajo en España. Ella también palilla. Foto: Antártica

Porque en las cuatro parroquias que conforman el Concello de Camariñas (la propia localidad, Camelle, Ponte do Porto y Xaviña) siempre se han mezclado encaje y mar. «Hay muchas teorías, pero en toda Europa se hace, y lo más seguro es que llegara aquí a través del Camino de Santiago o de las rutas comerciales marítimas. El primer uso del encaje fue para el mundo eclesiástico», precisa Sandra Insua, concejala de Servizos Sociais, Igualdade y Promoción do Encaixe. Añade que «antes se hacía a lo largo de toda la Costa da Morte, de Muxía a Vimianzo…. Pero se quedó con el nombre de encaje de Camariñas porque este era el puerto desde donde salía para América».

Mantelerías, apliques, bolsos, pendientes, sandalias, chales… El encaje se adapta a todo tipo de creaciones, buscando innovar desde la tradición. Foto: Antártica

La bodega del ‘Titanic’

En el Museo del Encaje de la localidad, inaugurado en 1996, se conservan los catálogos de esos cargamentos que cruzaban el océano Atlántico. Está el libro con 388 ejemplos de puntillas con el que Francisco Touriño comerciaba con Cuba y México. Y también se exhiben los intrincados pañuelos que José Pardiñas presentó en las exposiciones universales de Barcelona y París, allá por 1888 y 1889, donde gan aron medallas y diplomas. Lo que no se muestra en estas vitrinas es el único cargamento español que viajó –y se hundió aquel 14 de abril de 1912– en el Titanic: una investigación del escritor local Rafael Lema afirma que la palilleira que lo hizo se llamaba Concepción Rodríguez y la Fundación Titanic confirmó que la mercancía iba en la bodega del barco, pasando por Nueva York antes de llegar a su destinatario en Los Ángeles.

En las cuatro parroquias que conforman el Concello de Camariñas (la propia localidad, Camelle, Ponte do Porto y Xaviña) siempre se han mezclado encaje y mar. Foto: Antártica

El siglo XIX y los primeros años del XX fueron una época de bonanza, «se palilló muchísimo y se hizo dinero con el encaje», apunta la concejala. Luego, la tradición se mantuvo de puertas adentro, como complemento puntual de la economía doméstica en una zona donde la pesca supone el ingreso principal de muchas familias. De nuevo, el encaje se mezcla con el mar. «De esto no se vive, porque para hacer un metro de una puntilla no muy ancha a lo mejor tienes que estar todo el día, eso si espabilas los dedos a trabajar mucho. Pero es una ayuda que viene extra, y eso es todo bueno», sentencia Norma Carril, de la Asociación Puntillas de Camariñas, un colectivo formado por 13 mujeres. Su local está junto a la Marina, muy cerca del de la Asociación Rendas, que ahora agrupa a 16 palilleiras.

Para que los puntos, las puntillas, sus nombres y secretos pasen de una generación a otra se crearon las escuelas municipales de encaje Foto: Antártica

Para no perder la tradición de estos encajes, en 1991 nació la Mostra do Encaixe de Camariñas, que se celebra cada Semana Santa y atrae a más de 20.000 personas, entre turistas y aficionados: en ella hay desfiles de moda, un premio para jóvenes diseñadores e invitados internacionales que vienen desde lugares como Bobowa (Polonia), Narva (Estonia), Trapani (Italia) o Peniche (Portugal). En la edición de este año participaron 18 firmas y 15 delegaciones extranjeras. Y todos los modistas, tanto los noveles como las marcas veteranas, incorporan el encaje de Camariñas a sus creaciones.

Diseñadores como Sara Lage incorporan esta artesanía a sus colecciones. Foto: Lorena Grandio

La diseñadora lucense Sara Lage, cuya especialidad son los trajes de novia, lo descubrió gracias al concurso, del que fue finalista dos años y cuyo primer premio ganó en 2016. Ahora forma parte del ADN de su marca: «Vi que tenía muchísimas posibilidades, una delicadeza distinta al resto. Fue un punto de inflexión en mi carrera, encontré mi camino con el encaje de Camariñas». Para ella, «además es una seña de identidad, en un mundo en el que hay muchos proveedores con puntillas hechas a máquina, esta tarea manual,
llena de sentimiento, le da a la prenda un significado, una presencia totalmente diferente».

En ese valor de la labor hecha a mano incide Modesto Lomba, presidente de la Asociación de Creadores de Moda de España (ACME): «Para un diseñador de moda los procesos artesanales son importantes. En Francia, algunas grandes casas de alta costura han comprado las empresas de los artesanos que históricamente les hacían los botones, las plumas o los encajes, para que ese saber hacer no desaparezca». Lomba, invitado habitual a la Mostra y jurado del concurso de jóvenes creadores, recuerda que «Enrique Loewe ya decía que la artesanía es tiempo, porque son oficios que se aprenden con muchos años de repetición. Por eso hoy en día unir artesanía y moda es clave para no perder ese patrimonio».

Para conservar la tradición hay escuelas municipales en Camariñas, Camelle y Ponte do Porto, donde 50 jóvenes de 5 a 12 años (solo hay tres chicos) aprenden los puntos. El ayuntamiento quiere incluir el encaje como asignatura en los colegios. Foto: Antártica

El sello de cada mano

Para que los puntos, las puntillas, sus nombres y secretos pasen de una generación a otra se crearon las escuelas municipales de encaje. En ellas, alrededor de 50 niños aprenden hoy a manejar los palillos. El instrumental es el mismo que utilizan los adultos: una almohada (saco de tela relleno de paja colocado en una estructura de madera, dos palos llamados cornas) que sirve de base, donde se sujeta el picado (el dibujo sobre el que se hará el encaje) con alfileres y, como característica local, bajo la pieza está la cuira, un trozo de piel curtida sobre el que resbalan los bolillos para ganar agilidad.

«Empecé a palillar con 4 años, en la escuela. Relaja mucho, y cada vez intento hacer cosas más difíciles», indica Andrés Parga González, que a sus 12 años es uno de los tres chicos que están aprendiendo esta técnica. «Nos gustaría que se animaran más niños, queremos introducirlo como asignatura en los colegios, como hemos hecho con las clases de vela. Tenemos hasta las unidades didácticas preparadas», enfatiza la concejala, consciente de la importancia de crear cantera para mantener el patrimonio.

Esta tarea manual es una seña de identidad. Foto: Antártica

Y para despertar las inquietudes creativas, como ocurre con Lucía Carreiro Freire, de 11 años. «Llevo haciendo palillos desde primero de Primaria, empecé ayudando a mi abuela. Quiero demostrar que hay chavales capaces de hacer cosas de adultos, y de mayor me gustaría ser diseñadora de moda con encaje», afirma con resolución. Beatriz Dios Rodríguez, profesora de ambos, cuenta que «para llamar la atención de los niños se utilizan hilos de colores, para que lo vean divertido, y a la vez descubran la importancia de la paciencia. Con solo mirarlo, aquí sabemos quién ha hecho un encaje, la puntilla tiene el sello de cada mano». Ella les enseña en qué consisten los distintos diseños, desde los puntos básicos, como el medio par o el par entero, al zurcido u hojas –el más típico, que se empleó en los pañuelos que Marta Ortega entregó como regalo de boda– o algunos más complicados como la antena.

Hay encajes con nombres, como el berberecho, la penuria, la conchiña o el ganapán, bautizado así por ser rápido de hacer y aparente, bueno para vender, explica María Dolores Lema Mouzo, directora de la Mostra do Encaixe. «Todo el mundo recuerda cómo comenzó a palillar, aunque luego no siga. Yo aprendí con la gitana, uno de los más fáciles. No se olvida, es como montar en bicicleta», dice. En la Costa da Morte, hasta la farera de cabo Vilán –la torre azotada por el viento que fue testigo del naufragio del HMS Serpent en 1887 y del hundimiento del Prestige en 2002– Cristina Fernández, sabe palillar.

Detalle de dos encajes. Foto: Antártica

Mantelerías, apliques, bolsos, pendientes, sandalias, chales… El encaje se adapta a todo tipo de creaciones, buscando innovar desde la tradición. «Cada año es diferente, ahora por ejemplo se piden muchos abanicos», asegura Dorita García Carril, que tras años en Suiza regresó a Camariñas, a mariscar y a hacer encaje. Pero el pañuelo de la Simona, con sus curvas, es la pieza más característica de la zona, y una de las más complicadas. «Hay puntos difíciles, muchas derivaciones… En este trabajo las horas no se pueden contar», apostilla Tilde con la mirada perdida en las barcas que permanecen amarradas en el puerto, sin dejar de palillar .

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