La guía turística alternativa de Louis Vuitton

En pleno siglo XXI, en una sociedad regida por la imagen, la fugacidad de un flash e Instagram, Louis Vuitton cree que se puede recorrer el mundo con los ojos. Su nueva colección de libros de viaje, Fashion Eye, lo prueba a golpe de foto.

Louis Vuitton

La instantánea favorita de Roy, incluida en la edición de California. Foto: © Wing SHya

«Viajar te deja sin palabras; luego te convierte en narrador». La frase la escribió Ibn Battuta –el eminente explorador beréber, con más millas en su haber que el mismísimo Marco Polo– allá por el año 1300. Pero viene muy a mano para resumir la esencia de la nueva colección de libros de Louis Vuitton: Fashion Eye. En los cinco volúmenes con los que se lanza este mismo mes –Miami, París, Shanghái, India y California– no hay relatos, reseñas ni agenda de direcciones. Únicamente las imágenes capturadas por el objetivo de Guy Bourdin, Jeanloup Sieff, Wing Shya, Henry Clarke y Kourtney Roy, respectivamente. Que todos, elegidos a dedo por la casa francesa, sean fotógrafos relacionados con el mundo del estilismo no es fortuito. Recuperando la idea del cuaderno de notas de artista, esta aventura editorial –un cambio de dirección respecto a los libros de viaje acostumbrados– une las tres disciplinas que, desde sus orígenes, conforman la identidad (y el destino) de Louis Vuitton: viaje, moda y arte.

Una de las fotos que Roy tomó en 2015 en el pueblo de Cabazon, donde los dinosaurios de Claude Bell se han convertido en atracción nacional.

Una de las fotos que Roy tomó en 2015 en el pueblo de Cabazon, donde los dinosaurios de Claude Bell se han convertido en atracción nacional. Foto: © Wing SHya

«No es la guía turística al uso», nos dice Kourtney Roy desde su estudio, en París. La canadiense –conocida por sus autorretratos, un cruce de la obra de Cindy Sherman y Bourdin– firma el tomo dedicado a California, para el que ha elegido tapas de color rosa chicle y la imagen del trasero de una pin-up, con el desierto de fondo y el único atrezo de una caja de palomitas, en la contraportada. Basta esa instantánea para trasladarnos al Oeste americano. A las grandes llanuras y sus autopistas, salpicadas de moteles, diners y cadillacs. A las playas y los paseos llenos de palmeras y rubias despampanantes. Y a la cuna del cine, Hollywood, y la estética golosa de faldas amplias y zapatos altos que avivó el país tras la Segunda Guerra Mundial. Todas representaciones que, en el imaginario popular, forman el mito y la realidad del Estado Dorado. «No me paré a retratar los monumentos de rigor. No me interesaban. Era esa visión de California la que quería capturar», explica la artista.

Una de las piezas de Wing Shya del volumen de Shanghái.

Una de las piezas de Wing Shya del volumen de Shanghái. Foto: © Wing SHya

Publicar un libro basado en imágenes tiene hoy más sentido que nunca, en una sociedad que ha borrado toda frontera comunicativa a golpe de imagen, sin necesidad de mediar palabra. Que Instagram valga de prueba. «Desde el nacimiento de la fotografía, el mundo se ha ido moviendo más y más hacia lo visual», dice la canadiense. «La idea de un artista explorando el mundo a su alrededor a través de instantáneas no es algo reciente. Ya lo hacían Robert Frank y Walker Evans. Fashion Eye, más que una nueva forma de enfocar la creación de imágenes, es una nueva forma de crear libros con ellas», opina.

Una de las fotos del volumen de París, tomada por Jeanloup Sieff en 1965.

Una de las fotos del volumen de París, tomada por Jeanloup Sieff en 1965. Foto: © Wing SHya

Roy habla rápido, con respuestas claras pero que, se nota, no ha ensayado. Igual que sus fotos: pueden parecer cuidadosamente orquestadas, pero la mayoría son fruto de «una bonita circunstancia», dice. «Cómo fotógrafo sabes que debes ir preparado. Pero en este caso, la preparación era más bien mental». Tal vez ese sea el paralelismo más directo con la fotografía común de viaje: «No había ruta. Íbamos conduciendo, mirando a nuestro alrededor y parando cuando encontrábamos en el camino algo que nos llamaba la atención», descubre. Como esa señora –«Estupenda, tan bien peinada y maquillada», nos cuenta– que conoció en Palm Springs. De ese encuentro surgió una de sus piezas favoritas: las dos tumbadas al borde de la piscina, bajo el sol de California. «Quería capturar esa belleza que, solo allí, uno encuentra entre dos puntos del camino», afirma.

 

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