La France, por Luz Casal

Francia es un modelo de lo que debería ser Europa.

La France, por Luz Casal

Foto: Ilustración: Isabel Acerete

En cuanto a afectos, Francia ocupa un lugar muy importante en mi vida. Todo empieza en la infancia, cuando en el colegio de monjas Paula Frasinetti donde yo estudié, establecen un intercambio con otro de la misma compañía en La Provenza; Marie era el nombre de la chica con la que me escribiría durante todo un curso. Como las dos éramos hijas únicas, nos contábamos aquello que nos rodeaba como si fuéramos cronistas incipientes. Sus cartas largas describían aspectos y costumbres de su pueblo, Grasse, destacando la importancia que las flores, que llenaban los campos de lilas, rosas, jazmines y nardos, tenían para su familia y allegados. Pronto me di cuenta de que las mías, las cartas, eran breves, giraban entre el espeso gris acero del cielo, el aire húmedo que llenaba todos los rincones y los lamentos de las sirenas de los barcos. Los campos alrededor de mi casa solo eran verdes. Así que establecidas las diferencias, sitúe al país vecino como mi destino y París como un objetivo.

Fui creciendo mientras la chanson francesa desplegaba ante mí toda su riqueza, escondiendo, en muchos casos, grandes historias de libertad escritas y cantadas por mujeres. El hexágono que forma nuestro vecino del norte es tan diverso en paisaje como lo es nuestro país. Distinta es la Bretaña de la Costa Azul, como la retraída Lille lo es de Toulouse y, aún así, forman una unidad y una identidad ejemplar que vienen de la Revolución Francesa y que a menudo me provoca celos. Esas tierras diferentes, con sus distintas luces, siguen siendo inspiración de muchos pintores y artistas.

Son los franceses un referente en el arte de vivir del que son maestros, convirtiéndolo en una enorme y fructífera industria. Inventores del prêt-à-porter, son también guardianes de esos artesanos que, con sus exquisitos trabajos, hacen posible la haute couture. Suministran fantasía; haciendo soñar con distintos tipos de belleza y elegancia a gente de todo el mundo. Su espíritu organizado inculcado desde la escuela, lo llevan a la vida cotidiana uniéndolo a un gusto ancestral por el detalle que a menudo me emociona. Emoción y sorpresa me produce la naturalidad y frecuencia con que se debaten ideas, ya sea en un café con amigos o en un estrado ante un público informado.

Puede que vayamos una noche a París y nos encontremos con que el faro luminoso de la Torre más famosa del mundo se encuentre apagado, si así fuera, es porque la torre Eiffel se pone de luto después de cada ataque a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad que se comete en esta parte del mundo. Puede que encuentres pobreza bajo los puentes de París o a la entrada de algún museo, pero eso no es más ni menos que la presencia de la decadencia, esa que en contraste con la belleza de edificios, personas y ropas, te hará reflexionar.

Por todas estas cosas y muchas que ahora es imposible enumerar, encuentro en Francia un apreciable modelo de lo que es y debería ser Europa.

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