En defensa del “aquí te pillo aquí te mato” o por qué el sexo rápido es muy recomendable

El quickie reivindica su valiosa función de añadir espontaneidad, sorpresa, transgresión y cotidianeidad a la vida sexual.

sexo rapido

Cualquier momento es bueno para un 'quickie'. Foto: Cordon Press

Años de filosofía tántrica, obsesión con los preliminares, masajes eróticos, velas y atmósferas adecuadas han creado una cierta aversión popular al quickie. Hemos empoderado tanto al sexo durante las últimas décadas que éste se ha convertido en un ritual, en un acto trascendente, en la prueba de fuego de que somos hombres y mujeres liberados, aventureros, sin prejuicios y experimentados. La sexualidad se ha vuelto tan exigente que solo nos atrevemos a plantarle cara cuando estamos convenientemente arreglados, depilados, perfumados, vestidos o desvestidos para la ocasión y, claro, como eso rara vez ocurre los encuentros se van espaciando y convirtiendo en fechas señaladas, en eventos a recordar, en actos extraordinarios y no cotidianos.

Nuestro deseo es tan débil que cualquier excusa es válida para aplazar el momento de ejercitarlo y el tiempo es una de las más esgrimidas y rotundas. “Es que para hacer algo a prisa y corriendo, prefiero no hacerlo”, argumentan muchos inmersos, sin embargo, en una vida rodeada de atajos, comida rápida; amistades digitales, porque las horas no llegan para quedar con las otras, y conversaciones transcriptas, a contrarreloj, al whatsapp.

Sin embargo, el sexo rápido tiene también sus partidarios. Sorprendentemente para muchos, las mujeres son muchas de ellas, según se desprende de una investigación reciente en la que participaron 500 personas de ambos sexos, que respondieron a un cuestionario sobre excitación y preferencias sexuales. Según el estudio, para el 50,2% de los encuestados lo ideal en una relación sexual es que haya una alternancia en el ritmo; pero si hay que elegir entre las dos velocidades, un 30,7 % de las mujeres prefieren el sexo rápido para la mayoría o para más de la mitad de sus encuentros, frente a un 20% de los hombres a los que les gusta pisar el acelerador. El fast sex, según este experimento, está asociado a personas por debajo de los 35 años y del sexo femenino; mientras que el lento se relaciona más con mayores de 35, independientemente del género, aunque con más hombres que mujeres. Otro dato chocante de este estudio es que se ha encontrado un nexo de unión entre el slow sex y las relaciones poco satisfactorias. Y esto puede tener dos lecturas; primera: la mayoría identifica pasión con velocidad, con arrancarle la ropa a alguien sin esperar ni siquiera a llegar a la habitación. Segunda: la gente prolonga las relaciones sexuales, más de lo necesario, con partenairs que les disgustan debido a la inherente vocación sufridora y masoquista de la raza humana. Hipótesis que también explicaría los resultados electorales del 2016 a lo largo y ancho del globo.

Hollywood podría tener también un elevado grado de responsabilidad en la primera idea, sin duda basada en un hecho real que es que el enamoramiento y la pasión nos urgen a consumar el acto cuanto antes. Claro que a los directores de cine se les ha ido un poco la mano con escenas en las que los polvos van a la velocidad de la luz y la gente llega al éxtasis con solo besarles el cuello.

Claro que, si el estímulo es correcto, la respuesta sexual no es tan lenta como muchos piensan. Ni siquiera en las mujeres, que tenemos fama de necesitar más tiempo. “Con una buena estimulación, a los 15 segundos se empiezan a notar cambios fisiológicos y genitales. La vagina ya cambia y empieza a lubricar”, apunta Francisca Molero, directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona, del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología.

Décadas de machismo erótico en las que lo que menos le importaba a la mayoría de los hombres –siempre ha habido honrosas y abundantes excepciones– era que la mujer se lo pasara bien, han generado muy mala prensa entorno al quickie; que se ha asociado a malos amantes –de ambos sexos–, a gente básica a la que es fácil satisfacer con comida, bebida, un catre donde dormir y alguien con quien desfogarse, a hillbillies, a seres desprovistos de sensibilidad. Sin embargo, si se piensa detenidamente, el sexo rápido requiere de una gran pericia y maestría. Es como un reto, algo así como el Masterchef de la erótica, que solo los más duchos pueden llevar a cabo con éxito. Hay que disponer del nivel advance en el arte de la excitación y saber combinar todas las técnicas posibles para que el otro/a alcance el estado optimo de ebullición en el menor tiempo posible; lo que implica besar, tocar los puntos clave, hablar, susurrar, sugerir, ir desprendiéndose de las prendas estrictamente necesarias y, hacerlo todo a la vez. En aquellos casos en los que el acontecimiento se desarrolla en un escenario improvisado, algo inherente al fast sex y que le confiere ingredientes de trasgresión y peligro y, por lo tanto, lo hace más tentador; hay también que ocuparse de no ser vistos o detenidos por las autoridades competentes, lo que supone otra tarea añadida a las anteriores. ¿Sigue alguien todavía pensando que el quickie es pan comido?

La importante función del ‘aquí te pillo aquí te mato’.

 Como apunta la 4º edición de The complete Idiot’s Guide to Amazing Sex (La guía completa del idiota para un sexo increíble), que define el quickie como un “breve encuentro sexual acompañado de espontaneidad y un cierto grado de riesgo”; “esta modalidad puede ser perfecta para añadir algo de diversión a la vida sexual. Muchos experimentan una subida de adrenalina cuando tienen sexo rápido mientras están a punto de llegar tarde al trabajo, coger un avión o cuando los invitados están al caer. El quickie vale la pena y merece repetirse pero no hay que olvidar que deben ser la variación, no la tónica habitual de la vida sexual. Demasiados pueden causar problemas sexuales porque requieren que el hombre eyacule rápido y pueden hacer que la mujer no llegue al orgasmo. Por lo tanto, hay que espaciar esta técnica y hacerla corta, dulce y ocasional”.

Otro partidario de “lo breve y bueno dos veces bueno” es Joel Block, un psicólogo y terapeuta sexual de Long Island, autor del libro The Art of the quickie: Fast sex, fast orgasm, anytime, Anywhere (El arte del quickie: sexo rápido, orgasmo rápido, a cualquier hora y en cualquier lugar). Joel se pregunta: “¿Qué es lo más apropiado para nuestras vidas sexuales: los festines poco frecuentes o los más habituales tentempiés que nos abren el apetito y nos dejan con ganas de más?”. Y el mismo se contesta, “generalmente los terapeutas recomendamos largas sesiones de romance y preliminares para rescatar las relaciones sexuales de las parejas pero, a veces, esto no hace sino aburrirlos más y no siempre funciona”. Block no solo cree que necesitamos más sexo rápido, sino que estamos diseñados para él. Según este experto, la novedad, excitación, transgresión y vuelta a la adolescencia –cuando generalmente no se dispone de espacios propios para el sexo– que nos brinda el quickie es la mejor manera de luchar contra el mayor enemigo de la libido: la monotonía.

Francisca Molero, también recomienda las sesiones rápidas a muchos de sus pacientes. “El tema del tiempo es la primera excusa que se esgrime cuando se han abandonado las relaciones sexuales y se han espaciado más de lo deseable. Por eso insto a muchas parejas a que practiquen también el sexo en modo rápido, de vez en cuando. En parte para que se den cuenta que el tiempo es más bien un pretexto. Hay que tener en cuenta que el papel del quickie, más que buscar nota, lo que pretende es mantener activa la sexualidad, incorporarla a lo cotidiano y no a ocasiones especiales, que por querer ser tan especiales nunca ocurren. Es también importante poner el cuerpo a prueba, experimentar con diferentes estímulos en diferentes velocidades y no condicionar nuestra respuesta sexual a los mismos juegos y practicas. Además, esta modalidad añade creatividad, espontaneidad, humor y, en definitiva, alegría a la dimensión erótica”.

Con la edad los polvos rápidos se vuelven infrecuentes. “Nos atrevemos menos a hacer cosas poco habituales, a experimentar”, comenta Molero, “sin contar con que la movilidad se reduce, ya no somos tan fuertes ni flexibles como en la juventud y la respuesta sexual se ralentiza en ambos sexos. Pero se pueden buscar otras modalidades. El quickie no tiene que incluir, necesariamente, la penetración. Puede consistir en sexo oral o masturbación y puede hacerse también en el propio dormitorio”.

Ahora que la subida de la luz ha convertido una casa caliente en un lujo asiático, al alcance de muy pocos en este frío invierno; ahora que las largas jornadas laborales nos devuelven a casa exhaustos, es momento de volver al fast sex, semi vestidos y con la luz apagada, por eso del recibo. Es muy probable que cuando rememoremos nuestros mejores polvos, éstos no sean los que tuvimos en habitaciones de hoteles de diseño en vacaciones de ensueño; sino aquellos que nos pillaron de improviso, sin maquillar, con poco tiempo, al aire libre y en circunstancias incómodas pero felices.

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