Por qué la década de los 30 a los 40 no es siempre la mejor para el sexo

La sexualidad de este grupo de edad comparte rasgos y problemas comunes fruto de la sociedad en la que crecieron y el momento que les toca vivir.

Foto: Getty Images

A bote pronto, uno pensaría que la mejor edad para disfrutar del sexo es de los 30 a los 40 años: se tiene ya una cierta experiencia, probablemente se haya pasado por algunas relaciones y, además, la salud y vitalidad aún acompañan nuestras performances. Pero lo cierto es que este «afortunado» grupo no siempre vive la vida loca y, como colectivo, comparte problemas comunes a su generación porque el entorno, la sociedad en la que se está inmerso y las tendencias e ideas que planean y penetran por nuestras rendijas nos acompañan a la cama cada noche.

Los que deberían tener relaciones sexuales frecuentes, orgasmos abundantes, deseo a flor de piel, eyaculaciones poderosas, hijos deseados, espacio y tiempo para el sexo y noches de vino y rosas, se enfrentan también a la crisis económica, la sociedad del cansancio, el mundo líquido de Bauman y el porno, que por primera vez ha permitido al mundo ver lo que dos personas hacen en la intimidad para recrearlo, copiarlo y crear complejos (y lo digo sin ánimo de acritud hacia esta disciplina). Y todo esto ha creado un ecosistema un tanto hostil para el deseo, el placer y la lujuria.

En opinión de Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga, directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona, del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología, “la generación mejor preparada de toda la historia, los hijos de padres con nociones de psicología, que les inculcaron una cierta autoestima, conviven con la ansiedad y son, en su mayoría, autoexigentes y controladores (como les pide el mundo en el que viven), cualidades que son los enemigos públicos número uno y dos del placer”.

Jorge García Marín, sociólogo, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela y miembro del Centro de Investigación de Género de dicha universidad, opina que “este colectivo creció en el estado del bienestar, con un horizonte infinito de posibilidades que la crisis económica y el consiguiente estado del malestar, frustró. Es una generación perdida que por capital cultural y estudios debería tener mejores trabajos y mayor poder adquisitivo. Y yo creo que ese giro, ese cambio de rumbo de los acontecimientos los pilló por sorpresa y los ha hecho refugiarse en el mundo digital, en las pantallas. Son perezosos y, en cuanto al sexo, una vez que lo prueban es muy probable que algunos digan “no es para tanto”; o que prefieran no tener relaciones a tenerlas y que no coincidan con sus expectativas. Y esto pueden sobrellevarlo porque son muy individualistas, a diferencia de la generación siguiente, la Z, que demuestra un mayor compromiso por los temas sociales”.

Problemas más frecuentes en los hombres

“Un grupo importante de hombres y mujeres de entre 30 y 40 años presentan un bajo deseo sexual”, continua Molero, “en parte, por el hecho de poder acceder al sexo de forma tan fácil e inmediata (algo impensable para generaciones anteriores). Pero además, porque hay un enorme gasto energético diario, lo que sumado al estrés hace que la gente llegue a casa demasiado cansada para algo más que sentarse frente al televisor a ver su serie favorita. Se priorizan también otras actividades antes que el sexo: el deporte, estar bien físicamente (cuidados de belleza), salir con los amigos… Las mujeres ya no esperan a que los hombres tomen la iniciativa, ellas también piden, y pasar de ser cazador a ser presa no es algo que lleve bien todo el mundo. El bajo deseo en el hombre puede provocar disfunción eréctil transitoria, cuando la pareja pide demasiado y él se lo toma como una obligación”.

La eyaculación precoz no es sino la rapidez y la inmediatez del mundo actual trasladadas a la cama, según explica Molero. “Existe una ansiedad anticipatoria y un deseo de convertir el sexo en una performance cuasi perfecta”. Algunos se atreven y hacen lo mejor que pueden; otros, simplemente renuncian ante una perspectiva demasiado exigente y prefieren masturbarse en casa frente a algún vídeo porno. Es el caso de Juan, 38 años (Madrid). Sin pareja estable y con una larga trayectoria en Tinder, sus resoluciones para el año 2019 son dejar de buscar a alguien y que sea lo que dios quiera. “Me cansé del sexo ocasional. Antes pensaba que era una buena manera de matar el tiempo antes de encontrar a la persona adecuada, pero últimamente he empezado a pensar lo contrario. Acumulas prejuicios, malas experiencias. De un tiempo a esta parte me he vuelto más selectivo. Un poco como las mujeres. Creo que el mal sexo es peor que no tenerlo. Y seguramente, esto suene raro o muy femenino viniendo de un hombre”.

Puede que para muchos miembros de este colectivo, el sexo haya pasado a ser algo más mental que físico. “Para nuestros padres”, comenta Molero, “la sexualidad tenía también ese papel de descarga y, con los/las amantes, mucho más. Era algo puramente físico y placentero. Hoy la gente rechaza esta idea (que no tiene por qué estar mal), y todo debe ser extraordinario, como en una película porno en la que ambos tienen unos cuerpos esculturales. Y, si esto no puede ser, prefieren no hacer nada”. Una de las características más comunes de esta generación, de la que han hablado muchos autores, es que el número de encuentros sexuales son mucho menores que los de sus padres o abuelos a su misma edad.

Como decía en la revista Bustle la transexual Hanna Simpson, escritora y educadora en materia LGTBIQ, “hemos crecido teniendo acceso gratuito e instantáneo a todo tipo de información e imaginería sexual. Y todo esto nos ha hecho más exigentes y complicados con nuestras parejas, con las que tenemos mayores expectativas”.  

La serie de Netflix Wanderlust analiza cómo construimos y mantenemos relaciones felices y pregunta si la monogamia de por vida es posible, o incluso deseable… Foto: Netflix

Parejas abiertas, cerradas y relaciones queer

La individualidad es otra de las características de esta generación. Los proyectos individuales y personales son esenciales en la existencia y no siempre es fácil compaginar esta filosofía con la de una vida en común entre dos. Como señala Molero, “la pareja se elige desde la individualidad y, puesto que el sexo es fácilmente accesible, el romanticismo o el deseo no son siempre los pilares en torno a los que se busca al compañero; sino que, más bien, prima la compatibilidad de objetivos comunes. Hay también una idea recurrente entre este grupo que es la de la reciprocidad. Esperar que el otro corresponda en la misma medida que uno lo ha hecho. Y eso es prácticamente imposible”.

Las parejas abiertas son un fenómeno que ha dejado de ser anecdótico y empieza a ser bastante frecuente. No es raro que, al igual que ocurre en la serie Wanderlust, ambos miembros de la empresa decidan que están abiertos a nuevos socios, siempre y cuando haya transparencia y buenas intenciones. Y a menudo esta idea viene, como en la ficción inglesa, al rescate del aburrimiento y la falta de deseo. A veces funciona, otras no tanto.

“Las relaciones fuera de la pareja ya no son vistas como un drama”, señala Molero, “sino más bien de forma terapéutica, siempre y cuando haya habido un previo consenso. Y, además, no necesariamente con miembros del sexo opuesto. Si algo tiene esta generación es que ha transcendido los complejos de orientación sexual y ha abierto el abanico a otras practicas y otros colectivos más afines con la filosofía LGTBIQ. Las parejas o relaciones homosexuales han perdido sus peculiaridades y se asemejan ahora más a las hetero. En España ya pueden casarse, tener o adoptar niños y no necesitan pelear tanto como antes por sus derechos. Sus problemas de convivencia son, básicamente, los mismos que los heterosexuales o queer”.

Las mujeres, dentro de esta franja de edad, se quejan, según apunta Molero, “de dolor pélvico, que puede estar asociado a la endometriosis (enfermedad relacionada con períodos largos sin embarazos o embarazos tardíos), aunque también puede deberse al efecto de los productos químicos (existentes en la ropa interior, tampones, compresas, jabones o cremas) o al depilado de la zona genital. La anorgasmia coital, es otro problema que les preocupa y les produce mucho malestar”, sentencia esta sexóloga.

Las drogas pueden estar también presentes en las relaciones, como un elemento de estímulo, especialmente la cocaína y la marihuana. “La diferencia con otras generaciones”, está según Molero, “en que más que por hedonismo, se utilizan como ayuda para alcanzar ese ideal de relación perfecta que hay que conseguir. Es como una adrenalina controlada aunque, en grandes dosis puede ser también una forma de escape al autocontrol permanente”.

Últimamente he empezado a pensar que el sexo se está politizando. Se habla de él, se le analiza detalladamente, se teoriza, se le hace una campaña de marketing pero todo desde un ángulo político. Como cuando los candidatos nos ponen la cabeza como un bombo en campaña preelectoral. Un discurso vacío, que no sirve para nada. Vale que la sexualidad no está solo en los genitales, sino también en la cabeza pero, últimamente, parece que solo está ahí y que todo es excesivamente mental. “Habría que volver al cuerpo y dejar de ver el sexo como una meta más a conseguir en nuestro modelo de vida”, señala Molero. “Habría que buscar únicamente el placer y sorprendernos con todo lo que esto puede enseñarnos”.

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