Angel Olsen: «Antes aburrida que ser yonqui del amor»

La artista lanza nuevo álbum en solitario y defiende el amor propio como bálsamo y escudo para corazones rotos.

Angel Olsen

Foto: Kylie Coutts

El libro al que se aferra Angel Olsen (Misuri, 1987) para no perder el norte en este mutante 2020 es Breve historia del mundo, de Ernst Gombrich. El repaso a la evolución humana que el historiador austriaco escribió por encargo en seis semanas de 1935 es su bastión frente a esta imprevista falta de certezas tangibles. «Imagina que tu abuelo te contase la historia como un cuento de buenas noches. Así me siento leyéndelo. Es muy conciso y romántico. Nos recuerda que todos estos incidentes, como las pandemias, son patrones que ya nos han afectado y nos han puesto contra la cuerdas. Por eso es importante reconocerlos«, explica al otro lado del teléfono.

Llamamos a Olsen a mediados de abril a su casa en Asheville, en Carolina del Norte (EE UU), la ciudad a la que se mudó hace unos años cuando quiso huir de los excesos y la mala vida de Chicago. «Mucha gente cree que estoy aislada en medio del campo, pero en realidad aquí viven 70.000 personas. ¡No estoy sola! Sí estoy rodeada de naturaleza. Es como si tuviese los Pirineos a 10 minutos de casa», aclara. La conversación transcurre en la etapa del confinamiento más severo, en la primera oleada, cuando Olsen subía a Instagram versiones de Gino Paoli o Tori Amos desde su salón junto a su gata y compañera de vida, Violet («Es tan lista como un perro, ya sabe abrir el armario de su comida ella solita«). Por aquel entonces no sabía si cancelaría sus shows del verano –acabaría suspendiendo el que tenía previsto en el festival Vida en Barcelona–. También dudaba de si Whole New Mess (Jagjaguwar, distribuido por Everlasting), su último trabajo de estudio, llegaría a ver la luz.

El álbum en solitario que grabó en una iglesia de Washington convertida en estudio en 2018, con canciones inéditas y algunos de los temas que después se editarían con arreglos exquisitos en su anterior trabajo, All Mirrors (2019), acabó viendo la luz el pasado 28 de agosto. En él explora «la vulnerabilidad en crudo» de temas como Lark, Chance o Tonight, catalizadores asegurados de torrentes de lágrimas entre sus oyentes sin importar el lugar o el estado de ánimo en el que se encuentren al escucharla.

A Olsen la escritora Alexandra Kleeman la definió en su día como «esa artista que te pones cuando necesitas lágrimas en plan bien«. Los devotos de su indie folk asienten porque saben que a Angel Olsen, a lo que se va, es a llorar. A recrearse, guiados por su voz y su guitarra, en nuestros dramas. En los que fueron, los que están o los que nunca más serán. Ella, que hizo de los despojos de su última ruptura uno de los mejores álbumes de 2019, agradece el título de guía en la tortuosa travesía por nuestros pozos negros existenciales, pero recuerda que, en la vida, el amor propio siempre, siempre será la respuesta más adecuada.

A la gente le gusta llorar con tus canciones. Habrás tenido momentos intensos con tus seguidores.

Ya no me pasa tanto. Cuando hacía shows más pequeños y podía hablar con ellos después del concierto, sí. Ahí la gente me contaba historias loquísimas. Esto es buenísimo, porque te hace recordar que tanto si tu tema es un hit o no, si la prensa habla de él o no, ese tema ha cambiado a alguien. Ya no tiene nada que ver contigo, es su interpretación y tú has ayudado a ese proceso de transformación en una vida. Has contribuido a algo bueno sin saberlo. Los músicos no somos dioses, ni mucho menos, pero algo mágico sí que hacemos.

Pero esos temas parten de tu propia vida y experiencia. All Mirrors nació de una ruptura.

Me han pasado cosas en la vida que no puedo cambiar, que siempre estarán ahí y mi reto es reflejarlas. Hay gente que va a terapia, mi sitio está escribiendo. Así que me siento y lo convierto todo en diferentes versiones de lo mismo. All Mirrors y las versiones en solitario de este último álbum, soy yo revisitando mi pasado. Especialmente en Lark.

Sobre esa ruptura dijiste: «Nunca me he casado, pero he pasado por un divorcio». ¿Cómo se supera un corazón roto?

Cuando te rompen el corazón pierdes tu realidad, te pierdes a ti misma. Creo que lo importante, lo que hay que aprender, es cómo encararlo y cómo quieres verte a ti misma. Aprender a convivir contigo como persona. Todo esto cambió mi vida para siempre y lo hizo de forma definitiva. Es todo tan loco, estúpido y extraño como el hecho de que después haberte herido, de habernos hecho daño mutuamente, te encuentras a esa persona en la acera de enfrente por la calle y acabas saludándola con la mano de forma idiota, ¿sabes? Ese momento extraño y ridículo. Ahora ya no siento la agonía que viví. No tengo rabia. Nada me carcome. He alcanzado esa sensación maravillosa de comprender que has amado a alguien pese a romperte después. Saber que es posible. Eso es francamente genial. Lo que no entiendo es a toda esa gente que se queda clavada durante años con personas que no le convienen, que no están hechas para ellas. Es algo de lo que hablo continuamente con mis amigas. Tenemos estas ideas preconcebidas, de que o bien no nos merecemos algo mejor o que si no se sufre o se pasa mal ni es romántico ni es real. Pero eso es dolor y agonía, eso es ser una yonqui del amor. No hace  falta llegar hasta ahí.

¿Ya no se considera una yonqui del amor?

Del que duele, no. Antes aburrida que serlo. No es necesario sufrir para querer a alguien. Es importante decirlo.

La prensa siempre ha tenido fijación en descifrar su orientación sexual.

Soy una persona, quiero a la gente. Da igual si es hombre o mujer. Total, no importa hacia donde apunte, siempre acaba siendo un desastre (ríe).

«No necesito tener el mejor horario del Primavera Sound cada año para sentirme realizada», dijiste antes de la pandemia. ¿Sigue con ganas de hacer las cosas de forma diferente?

Sí, totalmente. Es un proceso que empecé después del tour de My Woman (2016). Ahí me deprimí muchísimo. Perdí mucho peso porque tenía cirrosis. Bebía y no comía nada, ¡pero la gente me felicitaba! Creía que estaba bien, pero no era así. Estaba quemada, sobrepasada y no me cuidaba. Tenía un disco de éxito y era desgraciada. Así que para mí, todo ha cambiado. Me las tendré que apañar de otra forma, especialmente con el dinero, pero ahora me da completamente igual si gano o pierdo peso. No necesito probarme nada a mí misma. Si no soy ‘la artista del año’, ya no importa. Ya no siento esa competición constante con otras artistas, músicos o amigos. Eso ya no existe en mi vida. Solo quiero hacer música y hacerlo todo el tiempo que pueda.

¿Te ha bajado la ambición?

No. Obviamente, todavía me queda un poco de esa búsqueda de relevancia y de empujarte a ti misma para ser una artista interesante y sorprendente. Pero no puedes forzar esas cosas. No debes obsesionarte. Sé que suena imposible, pero hay que intentar recordar en cada disco qué es lo que te llevó allí en primera instancia.

Sufriste neumonías intermitentes en el instituto, te diagnosticaron tiroides y al poco tiempo tu madre, abuela y mejor amigo enfermaron. ¿Tienes miedo al virus? ¿Te han venido ecos de aquellos días?

Aquella vez me puse enferma porque éramos muy, pero que muy pobres y no vivíamos en buenas condiciones. Mi habitación siempre estaba húmeda y fría. ¡Esas cosas pasan! Ahora me siento muy segura. Mi vida es totalmente diferente. No es como cuando me independicé y vivía en Chicago en una habitación de mala muerte por la que pagaba 170 dólares. Pagaba poquísimo, una cifra ridícula si lo piensas, pero solo me podía permitir arroz y pescado un día a la semana. Tengo suerte porque tampoco vivo en Nueva York o en una gran ciudad, donde las casas pueden ser prisiones especialmente ahora. Aquí al menos tengo campo y veo verde desde mi ventana.

¿Te sientes orgullosa de haber huido de la ciudad?

Sí. Cuando voy a Nueva York siempre acabo asustada. Al mudarme aquí mis amigos me decían «¿Por qué lo haces?». Porque aquí soy más feliz. Además, ¡Asheville tiene la mayor reserva de agua natural per cápita! He parado de beber alcohol y tengo los armarios llenos de comida. Cada día me cocino algo sano. Hasta me estoy pensando lo de comprarme una gallina para tener huevos frescos. Con la llegada de la pandemia me propuse hacerme con un equipo de camping por si colapsaba todo, pero por suerte me frenaron. La cosa es que vivo mejor: camino, de media, unos ocho kilómetros al día. Y me obligo a vestirme bien cada mañana y pintarme los labios porque ¿por qué no?.

Pintalabios y raya del ojo. Lo tuyo con el cateye es de otro planeta. ¿Cómo y dónde desarrollaste esa perfección de trazo?

(Ríe a carcajadas). ¿Mi cateye? Lo aprendí a los 16 en Chicago. Nos pintábamos la raya unas a otras porque no teníamos otra cosa que hacer o aprender. ¡Ahora estoy en otra fase! En la de sombra de ojos blanca y un poco de brillo de labios. Sin raya, solo sombra, ¡no se pueden tener las dos cosas a la vez!

Olsen, en uno de sus shows. Foto: Getty

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