Adela Cortina: “Hemos sustituido la ética por la cosmética”

Su concepción práctica de la filosofía, como arma en la sociedad actual, le ha valido el Premio Nacional de Ensayo.

Adela Cortina

Foto: Mónica Torres / EL PAÍS

No es fácil contactar con el nuevo Premio Nacional de Ensayo. La filósofa Adela Cortina (Valencia, 1947), además de poseer (lógicamente) una apretada agenda, no tiene móvil. Sin embargo, su lenguaje es tan directo y refrescante como un tuit. Ella se declara libre de la acusación de sermonear a nadie: «Proponer lo que se considera más justo es interés por construir un mundo mejor».

Llama la atención que no tenga smartphone. ¿A qué se debe?

Me entusiasma la libertad. No quiero que cualquiera, a cualquier hora, me encuentre cuando voy en tren, en coche o paseando. Me gusta disfrutar del paisaje, hablar con la gente que tengo al lado. Cuando quiero contactar con los que están lejos, ya tengo el teléfono fijo y el correo electrónico.

¿Se describiría como una analista de la realidad?

Tanto como eso no, pero sí me parece muy importante intentar comprender lo que nos sucede. Si no, ocurre lo que decía Ortega, que «lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa». Con la ignorancia no se hace buen camino.

Ha dicho que «la ética no está en los corazones». ¿Qué le hace llegar a esa conclusión?

Los escándalos de corrupción, la obsesión por educar a niños y jóvenes en la competitividad a toda costa, el olvido de los más débiles. Si la ética estuviera en los corazones, esto no pasaría.

También afirma que es una disciplina de primera necesidad. ¿Por qué la sustituimos habitualmente?

A menudo por la cosmética, por parecer que hacemos las cosas bien, aunque no sea así. Pero eso dura poco. Es mejor tomar vitaminas, que es en lo que consiste la ética.

¿Qué papel social tienen las nuevas tecnologías y la cultura de masas?

Influyen en la capacidad de concertar tareas comunes con una enorme facilidad. También, a veces, en un cierto sentido de la impunidad, porque parece que se puede vivir del anonimato.

Podemos ser morales o inmorales, pero no amorales, ha dicho. Suena rotundo cuando el escepticismo parece la norma.

Pero es verdad. Ser amoral es no entender qué quieren decir palabras como libertad, solidaridad, justicia, responsabilidad, amor. No hay ser humano que no entienda su significado.

¿Y qué ha causado la crisis: la inmoralidad o la amoralidad?

La primera, porque quienes la iniciaron sabían lo que hacían.

En su libro se pregunta: ¿es más feliz quien decide sobre su vida?

El que deja que decidan otros por él renuncia a su libertad. Eso es mala cosa. Nuestro país está necesitado de reforzar una democracia más auténtica. Es muy importante cultivar entre todos una ética ciudadana.

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