La invención del pijama: un símbolo de transgresión diseñado por mujeres

Importado de Oriente, el pijama de calle fue la antesala del pantalón femenino. Ahora que vuelve a subirse a las pasarelas, conviene recordar su polémica historia.

De Altuzarra a Balenciaga, de Giorgio Armani a Halpern, de Marine Serre a Sacai. Da igual el estilo o la identidad de cada firma, en las colecciones de esta primavera (y del próximo otoño) hay pijamas. Los motivos parecen claros. La transición entre las jornadas caseras y la vuelta a las calles se traduce en tendencias opuestas: la opulencia y el desenfreno de ciertas propuestas que invitan a arreglarse y a expresarse con las prendas versus el comfort y esa alusión velada al uniforme que implican las horas que transcurren dentro de casa, más, si cabe, en un época en la que forzosamente los conceptos de interior/exterior (e incluso los de público/privado, en cierto modo) se han difuminado. Pero a ese gesto aparentemente apático de poder llevar un ‘pijama de calle’ le preceden muchas conductas rebeldes y valientes. Pocas piezas tienen una historia tan controvertida como la del pijama de dos piezas. Y pocas hablan tan claro de esa moda femenina que no es cosa de diseñadores, sino de todas aquellas mujeres que la usaron como herramienta simbólica para significar sus derechos.

Acne Studios otoño / invierno 2021

La ‘conquista de los pantalones’ por parte de las mujeres empezó en realidad por el pijama. La prenda, de origen oriental (‘pae jama’ , del hindi, significaba originalmente, ‘vestir las piernas’) se fue popularizando en Occidente a través de las colonias británicas. A finales del siglo XIX ya existía el ‘pijama occidental’, un traje ancho de dos piezas usado esencialmente para dormir. Pero fue Amelia Bloomer en 1851 quien convirtió los pantalones bombachos en ‘bloomers’, es decir, un un símbolo contra la opresión del vestuario femenino. Por aquel ntonces las mujeres se ataviaban con varias capas de enaguas, corsés y miriñaques, un vestuario diario absolutamente incómodo que tenía un fin claro, la inmovilidad. Cuanto más voluminoso, pesado y asfixiante, es decir, cuanto más se impidiera el movimiento, más se significaban las horas de ocio. Dicho de otro modo: a mayor profusión decorativa más femenina, más poder económico de sus maridos, que desde la revolución francesa dejaron atrás los artificios de la moda en favor de aburridos trajes que dieran a entender austeridad, esfuerzo, trabajo y, en consecuencia, poco tiempo que dedicar ‘ a lo superfluo’. Bloomer inició una guerra estética que cambiara el paradigma. Se puso bombachos bajo las faldas, promoviendo la libertad de movimientos femenina. «La vestimenta de las mujeres debería adaptarse a necesidades. Debería procurar, ser cómodoa y útil», proclamaba en su periódico, ‘The lily’. Muchas sufragistas de la época, lo adoptaron, no sin ser, obviamente, ridiculizadas por los medios de comunicación establecidos.

La actriz Esther Ralston Foto: Gettyimages

No fue hasta principios del siglo XX cuando el pijama comenzó a establecerse entre las mujeres de forma más sitemática, aunque aún minoritaria. Lo hizo, obivamente, a través de las clases altas. La impunidad que daban el poder y el dinero hizo que esta ‘osadía’ se viera de otra forma. Ellas comenzaron a usar pijamas de dos piezas para viajar. En 1902, el catálogo de los almacenes Sear, Roebuck & Co. ya los promocionaba «para los trayectos, porque su apariencia es más estilizada y más cómoda que la de los camisones». En 1911, Paul Poiret importa los pantalones turcos y crea algo que él mismo llama ‘el estilo sultana’ para su exclusivísima clientela: una combinación de vestido holgado y pantalones anchos en los muslos y ajustados en las pantorrillas, preludio a la falda pantalón. Era liberador en términos estéticos, pero opresor en la práctica; pesado, incómodo y con una forma que dificultaba la libertad de movimientos, la invención de Poiret pasaría a la historia de la moda por pionera, pero no por masiva.

Vestuario creado por Coco Chanel para el ballet ‘Le train Bleue’

Como no podía ser de otra forma, fue una mujer la que liberó a las mujeres. Además de inventar el uniforme de la mujer activa, Coco Chanel no tuvo reparos a tomar préstamos del armario masculino. Como la blazer de los marineros, o como el pijama de dos piezas, que ella misma usaba en el exterior y, más concretamente, en la playa. De hecho, por si quedaba alguna duda de su afición por el dos piezas de pantalón,  Chanel diseñó en 1924 un ceñido pijama de punto para ‘Le Train Bleue’, el ballet de Diaghilev con libreto de Cocteau. Hubo una época, la de los años veinte, en la que las costas más elegantes del mundo lo  eran precisamente, por esta pobladas de mujeres en pijamas estampados de dos piezas. La del Lido, en Venecia, o una de la Costa Azul, convenientemente apodada ‘Pijamápolis’. «Hay un pequeño pueblo en francia, donde los veranos empiezan en primavera y terminan en otoño. Allí las mujeres visten de forma extraña. Estrictamente hablando, es la ciudad del pijama», escribía en 1931 el periodista Robert de Beauplan. Por supuesto, ese ‘vestir de forma extraa’ estaba restringido a la costa (y a las playas de genete adinerada). Los pantalones seguían siendo motivo de multa para muchas mujeres: todavía en los años 30 muchas eran multadas, o humilladas en público por llevarlos.

Mujeres en pijama de playa en una imagen de 1931 Foto: Gettyimages

Antes de la II Guerra Mundial fueron precisamente las mujeres diseñadoras, como Madeleine Vionnet o Elsa Schiaparelli, las que crearon pijamas de calle. Al otro lado el charco lo hacía la injustamente olvidada Elizabeth Hawes, precursora del llamado ‘traje utilitario’ estadounidense y que abogaba, ya por entonces, por una vestimenta cercana a lo unisex, mucho más creativa para los hombres e infinitamente más comoda para las mujeres. Actrices como Marlene Dietrich o Claudette Colbert ayudaron a popularizarlos. Pero tras la contienda la moda femenina volvió a sus viejos hábitos salvo xscepciones, como la de Claire McCardell y otras diseñadoras estadounidenses, la nueva silueta, propugnada por Christian Dior, volvía a ser la del reloj de arena, las playas se llenaron de trajes de baño y la libertad de movimientos que otorgan ciertas prendas quedó relegada a un segundo plano en favor de un nuevo cánon de belleza mucho menos libre. No fue hasta los 60 cuando el Swinging London y la psicodelia, con su profusión de estampados y su búsqueda del unisex, recuperaron el pijama de calle. También, por supuesto, las clases altas, que durante los 70 vivieron otra fiebre por el exotismo como la que llevó a Poiret a importar la falda pantalón. Si Ossie Clark acaparó portadas con sus kaftanes y sus batas de exterior, la diseñadora Irene Galitzine se hizo célebre vistiendo a las socialités de aquellos años con sus ‘pijamas palazzo’, de seda estampada y pantalón ancho. A mediados de los 70, Halston y su obsesión por vestir a las mujeres con una sofisticada sencillez, precindiendo de cualquier elemento superfluo, instauró la ‘tradición’.

Undercover otoño/inivierno 2021 Foto: Imaxtree

Desde hace más o menos una década, el pijama como prenda exterior (e incluso como atuendo para eventos) vuelve a las pasarelas con cierta asiduidad. Incluso hay marcas, como For restless sleepers, de Francesca Ruffini, enfocadas solo a dotar de lujo a esta prenda, en la línea de Irene Galitzine hace medio siglo. La situación actual, además, ha hecho que demos más valor a su estética y/o a su calidad. Por eso, tal vez, no haya que olvidar sus orígenes, ni a todas las mujeres que se pusieron el pijama para que hoy pudiéramos hacerlo nosotras.

 

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