Un caos muy poco Punk

Impresiones y anécdotas de una gala del MET vivida en directo desde la alfombra roja.

Viviennecover

Al final, los imperdibles, aunque sin llegar a los extremos del famoso Versace de Liz Hurley,  fueron suficientes para las invitadas a la gala punk del MET. Casi todas ellas los incorporaban anoche a modo de ornamento en alguno de sus looks (Giovanna Battaglia alrededor de su moño, Livia Firth ribeteando su espalda, Emma Roberts a modo de cinturilla o Hailee Steinfeld incrustados en su vestido) mientras el resto apostaba por los accesorios de pinchos o cruces, el pelo cardado (o pintado, con espray como Nicole Richie, o recién teñido de platino como Anne Hathaway) y el maquillaje exagerado (y fallido en el caso de January Jones, Lily Collins y Ginnifer Goodwin, no así de los vástagos de Stephanie Seymour, Kristen McMenamy o la joven Elle Fanning, a la que su propia hermana ensalzaba ante las cámaras del streaming presentado por Hilary Rhoda) para alcanzar la cuota mínima de irreverencia requerida por la temática de la noche. 

A pesar de que se le suponía mucho Chaos a la Couture , ni rastro de vestidos bolsa de basura al estilo del Moschino de los noventa, reinterpretados de cara al otoño-invierno que viene por Gareth Pugh, y menos del precedente que sentó la cresta de Cher en la ceremonia de los Oscar de 1986 , por mucho que las chicas de Moda Operandi, principal patrocinador del evento junto a Condé Nast, llevaran días prometiendo en las redes sociales detalles de este tipo. A excepción, eso sí, de Sarah Jessica Parker y su tocado Mohawk firmado por Philip Treacy con el que se ganaba los piropos de la prensa y la admiración de sus colegas sobre la alfombra roja. Jessica Biel no daba crédito y se quedaba con la boca abierta nada más verla pensando, seguramente, en lo corta que se había quedado con su discreto Giambattista Valli.

Una de las líneas exploradas por Andrew Bolton en la exhibición que se abrirá al público el próximo 9 de mayo, examina justamente el impacto del punk en la moda centrándose principalmente en la estética del háztelo tú mismo. Así visto, lo mismo hay que dar por bueno el recurso facilón de los elementos de ferretería.

Algo con lo que jamás estaría de acuerdo Vivienne Westwood, la misma que llegaba a la 81 con la quinta escoltada por una mustia Lily Cole, nada metida en su papel de acompañante del gran icono de la contracultura de ayer y hoy. "Estoy bastante cabreada con el MET por no dedicarme a mí directamente una retrospectiva" declaraba la diseñadora hace unos días al New York Times. "El mensaje del punk estaba ahí antes de que llegara yo por mucho que quieran coronarme como reina del movimiento. De hecho defendíamos lo mismo que los hippies aunque convertimos la protesta y el inconformismo en algo cool. Punk significa rebelarse".

Algo que ha escaseado precisamente en su gran noche, hasta que llegó Madonna. Si bien Beyoncé, presidenta honorífica de la gala de este año (la misma cantante aseguraba a los periodistas que le había pillado por sorpresa, y en plena gira) estaba llamada a cerrar la alfombra roja, de repente, y cuando algunos ya soñaban con volver a casa, va y aparece Madonna, escoltada por Riccardo Tisci (a quién le debemos su look) y su novio Brahim Zaibat, portador en la sombra del gran gesto protesta de la velada: un par de banderas de Israel y Palestina, acopladas. Un pormenor que deja a la altura del betún subversivo la escapada a fumar un cigarrillo a escondidas, cuál chiquillos de patio de colegio, de Zac Posen y Uma Thurman entre las carpas ya medio vacías del Museo Metropolitano.

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