De Felipe González a Carlos de Inglaterra pasando por Zara: la surrealista historia de la pana, el tejido del otoño

Cálida y resistente, con el otoño vuelve la tela que más iconografía ha construido, desde 'El graduado' a los pantalones de campo de Diana de Gales.

Es la tela de la que está hecha la chaqueta de Dustin Hoffman en El graduado, los pantalones de Molly Ringwald en El club de los cinco, la americana de Robert Redford en Todos los hombres del presidente y los bombachos de Diana de Gales cuando aun no se había casado con el actual rey Carlos y la llevaban al campo a hacer posados amorosos. La pana tiene una larga y ancha iconografía que se define entre otras cosas por oposición: no es tweed, no es lana, no es franela y desde luego no es denim. Es mucho mejor que todo eso, dirían sus entusiastas, que incluso han fundado una asociación, el Corduroy Appreciation Club, y tienen un Día Internacional (¿acaso existe un Día Internacional del Forro Polar?). Se celebra cada año el 11 de noviembre porque si uno escribe esa fecha, es decir 11/11, lo que ve se parece a las rayitas que forman la pana.

Dustin Hoffman en ‘El graduado’ con chaqueta de pana.

Como tejido, define tanto que hay personas que han hecho de ella un porcentaje importante de su personalidad –les quitas la pana a Wes Anderson, Woody Allen y Jarvis Cocker y qué te queda– y a la vez hay gente a quien jamás imaginarías con una prenda de pana. Rosalía, por ejemplo, podrá ponerse un edredón o calentadores de tela vaquera pero, ¿unos pantalones de pana? No parece probable. Dicho esto, Beyoncé, que tampoco parecería muy pro-pana, se dejó fotografiar en un traje completo de pana marrón el otoño pasado, con pata acampanada. Lo llevó a su manera, muy ajustado, sin nada debajo y con tacones de plataforma.

Diana de Gales lució pantalones de pana en una sesión de fotos previa a su boda. Foto: Getty

No es que la pana sea ajena a las tendencias –ahí está la americana cruzada extragrande de Khaite, con la que se ha dejado fotografiar Hailey Bieber, o los Senior Cords de la marca de culto Bode, con los que posó Harry Styles y que resucitan una tradición centenaria de la Universidad de Indiana que consistía en customizar un par de pantalones de pana el año en que se graduaban–, pero es que ese no es su negociado. Quién se compra una prenda de pana no suele hacerlo porque esté de moda esa temporada sino porque está inmerso en un compromiso de toda una vida con esa tela. Los pantalones de pana se llevan hasta que las rodillas hacen bolsa (y con una pana de calidad eso tarda mucho en suceder) y entonces se sustituyen por otros, preferiblemente idénticos.

El ancestro de la pana era un tejido de algodón conocido como “fustian” porque se originó en la ciudad egipcia de Al-Fustat en torno al año 200 A.C. Después de eso, tuvo otro pico de popularidad en torno a la Edad Media, cuando los mercaderes italianos introdujeron el tejido en la Europa occidental. Más tarde se cree que Enrique VIII era un aficionado a la pana. De ahí viene la leyenda en torno a la etimología de la palabra “pana” en inglés. Durante años, se creyó que se llamaba así por una corrupción de “cord du roi”, es decir, el paño del rey. Pero parece ser que el origen de la palabra tiene más que ver con “cord”, por las líneas del tejido y “duroy”, un tipo de algodón popular en Inglaterra. En castellano, “pana” se derivó del francés “panne”. En cualquier caso, en el siglo XIX el tejido-del-rey pasó a ser el tejido-del-obrero. Como sucedió más tarde con el denim, la pana se reveló idónea para los trabajadores de las fábricas durante la revolución industrial. Es ahí también cuando empieza a producirse en masa y baja su precio. En algunos lugares de Europa el tejido aun se conoce como “Manchester” porque en la ciudad fabril del Norte de Inglaterra se generaba y se vestía más pana que en ningún otro lugar. Friedrich Engels incluso lo menciona en su libro La concidión de la clase obrera (1844): “Los hombres llevan sobre todo pantalones fustianos o de otros algodones pesados, y las chaqeutas igual. El algodón Fustian se ha converitdo en el uniforme de los hombres trabajadores, a quienes se llaman “chaquetas fustianas” para distinguirlos de los señores, que llevan paño”.

Por ser especialmente resistente y cálido, el tejido tiene también su pasado colonial y militar. La túnica que llevaban los soldados alemanes de servicio en África en el siglo XIX, conocida como Kord Waffenrock, era de pana beige, lo mismo que los pantalones bombachos que llevaban en la Women’s Land Army, la organización que reclutó entre 1939 y 1950 a más de 200.000 mujeres en Reino Unido para trabajar en el campo (trabajar de manera remunerada, puesto que muchas ya lo habían hecho antes) sustituyendo a los hombres que habían ido al frente. Las Land Girls, como se las conocía, llevaban camisa blanca, jersey de lana verde, bombachos de pana beige hasta la rodilla y calcetines largos con botas. Ese fue uno de los conductos por los que el tejido que hasta ahora habían llevado los hombres se introdujo también en el armario femenino.

A partir de los años cincuenta del siglo pasado es cuando la pana sella su alianza por un lado con la contracultura y por otro con la estética universitaria, con la idea del profesor que viste de manera discreta y poco a la moda y no necesita llevar traje puesto que pertenece a un nicho social que puede permitirse permanecer ajeno a los códigos que aun regían en la distinción de trabajos “de cuello blanco” (intelectuales) y “de cuello azul” (manuales). Los beatniks adoptaron la pana en su uniforme. Un artículo de 1959 de la revista canadiense MacLean’s describía así a la nueva tribu que, según la pieza, se congregaba en los cafés de San Francisco, Nueva Orleans y Denver: “Para las chicas, medias negras oscuras y jerséis negros de cuello alto. Pare ellos, pantalones de pana, sudaderas y sandalias”. Un look, por otra parte, perfectamente 2022.

La influencer Mary Leest con traje de pana en la pasada semana de la moda de París. Foto: Getty

El pico del traje de pana, y de la americana de pana a solas, preferiblemente en colores cognac o tabaco, se alcanza en los años setenta, que es también cuando deja su huella en el cine. Se puede considerar que la década mágica de la pana se abre con Benjamin Braddock, el personaje de Dustin Hoffman en El graduado (1969). La americana es integral a su personaje, tanto como el abrigo de leopardo al de Ann Bancroft en la misma película, y está un poco fuera de lugar. El resto de personajes llevan ropas a la vez más lujosas y ligeras, más californianas, pero Benjamin parece arrastrar sus hábitos de la Ivy League y de la Costa Este con él y no puede desprenderse de su chaqueta. Nueve años más tarde, y tras haber pasado por los hombros de Robert Redford, que no podía ponerse otra cosa para desmadejar el Watergate (los periodistas, como los catedráticos, también estaban exentos de traje de franela y podían permitirse la pana), cierra la década Donald Sutherland, que hace de profesor pedante que no puede parar de citar a Milton en la comedia gamberra Desmadre a la americana (1978). Como para subrayar el detalle, no solo lleva americana, también un chaleco debajo de pana color topo. El estilo ya se había hecho parodia.

En España también se llegaría a usar la chaqueta de pana como atajo humorístico, sobre todo en la década de los ochenta y los noventa, cuando, como se dijo hasta la saciedad, los progres, los jóvenes ilustrados antifranquistas, cambiaron la americana modesta de trabajador por el traje de mandatario y, en algunos casos, especulador. El humorista gráfico J.L.Martín concentró y se rió de las contradicciones de esa generación a través de su personaje de Quico, el Progre, que nació en unas tiras cómicas en El Periódico de Catalunya en 1978 y después se independizó en forma de álbumes (con títulos como Ya estás un poco carroza, Quico o Te estás quedando calvo, Quico). Más tarde, el actor Ferran Rañé interpretaría a este publicista con remordimientos de izquierdas en una serie para TV3. Y en los créditos aparecía como Martín lo había dibujado en sus inicios: con chaqueta de pana con coderas en la juventud y camisas de moderno olímpico después.

La americana del personaje no era sino una metonimia de la americana de pana con coderas más famosa de la historia reciente del país, es decir, la de Felipe González. La llevó asiduamente cuando estaba en la clandestinidad y se llamaba Isidoro y se la volvió a poner, con jersey de pico y corbata (y sin coderas) el día que acudió a votar “sí” en el referéndum de la OTAN. Durante años, los columnistas le acusaron de desempolvarla sólo para los mítines, cuando necesitaba reconectar con la base que cimentó la victoria socialista en el 82.

Felipe González en 1979 con chaqueta de pana. Foto: Getty

Este tipo de americanas tuvieron un retorno, que aún colea, en torno a 2017 y 2018, cuando la fiebre setentera devolvió las solapas anchas y el tejido de Manchester a las tiendas de moda rápida. Este otoño invierno tiene más presencia ahí la otra pana, la de leñador, en cazadoras con borrego en el cuello y sobrecamisas de lana gruesa. Quien adquiera ahora una de calidad media descubrirá dentro de diez o veinte años que sigue intacta o con la pátina justa, lista para el siguiente revival.

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