Sol naciente en España

Los polos opuestos se atraen. Oriente seduce a Occidente. Nuestros creadores también han caído en las redes de la magia y cultura niponas. Y lo interpretan en sus obras.

Seijin no hi

Foto: Cesar Ordóñez

Roland Barthes en su libro El imperio de los signos (Ed. Seix Barral) afirmó: «Japón me pone en situación de escritura». Esta iluminada frase refleja la inspiración, influencia y admiración que ha despertado en creadores de todos los tiempos el país nipón. Según Menene Gras, directora de la Casa Asia en España, «esta fascinación comenzó con los japonismos del siglo XIX en Francia, Holanda y todos los países que estaban dentro de las rutas comerciales que llegaban de Extremo Oriente. En el arte contemporáneo la admiración ha sido mayor por las características tan singulares de la individualidad de la identidad, por la relación entre el arte y la naturaleza y entre el hombre y la naturaleza».

Con esta reflexión comulga el artista Manuel Valencia (Madrid, 1954). Se formó en los Países Bajos, pero desde que en los 90 visitó Japón, este país se convirtió en su lugar de inspiración. «Mi fascinación comenzó cuando un ceramista de Kioto me explicó que la grandeza de las olas, las hojas o las personas está en que todas son casi iguales pero diferentes. Que todo lo importante en la naturaleza es así: variantes infinitas pero nunca iguales. De la cultura japonesa admiro su belleza minimalista –tan contemporánea–, su arte tradicional, y que poesía, escritura y pintura se denominan con una misma palabra», comenta. También, grandes figuras del arte contemporáneo español han sucumbido a sus encantos. Miró y Tàpies han sido los más representativos.

El mismo Tàpies contó en el libro Valor del arte (Editorial Ciruela) que «los japoneses elevan la estética a todo un sistema de vida global y a una concepción integral del hombre y la naturaleza. Esto, más las prácticas que los Gutai potenciaron en los 50, recuperando la cultura tradicional, influyó a movimientos o tendencias que aparecen en los 60 como el body art, los happening y las performance». Las primeras películas experimentales del poeta y artista multidisciplinar Juan Bufill (Barcelona, 1955) de los 70, que se proyectaron en la Bienal de São Paulo en 1981 y en el Pompidou en 1982, ya estaban influidas por la estructura del haiku, en tres tiempos. «Ahora el haiku es un lugar común, pero en los años 70 los tenía que leer en traducciones al francés, porque en español no existían», comenta el artista.

Todos aquellos que se han sumergido en la cultura artística japonesa tienen algo en común, según Gras, «sienten una necesidad de empaparse hasta el fondo. El mejor ejemplo es el de Noni Lazaga, una artista española que ha convivido con los maestros papeleros japoneses de la ciudad de Minu hasta que ha aprendido a elaborar el papel, que después lleva a su terreno artístico. Noni, al comprobar que no había información en español, decidió relatar la experiencia en La caligrafía japonesa (Ed. Hiperion)».

Papel Japón

Manuel Valencia. Sin título, 2011. Forma parte de la serie que realizó sobre papel en Japón.

Manuel Valencia.

IMÁGENES CON IDENTIDAD. Otra de las disciplinas donde más se percibe la influencia de Japón entre los artistas españoles es la fotografía. César Ordóñez (Barcelona, 1964) ha expuesto en Rusia, México, Francia y España sus instantáneas sobre la privacidad, la soledad y el miedo (entre otras temáticas) tomadas en Japón. Pero es en Tokio donde tiene su sede principal de producción, «esta ciudad es lo que más ha influido en mi obra. Más allá de las multitudes se pueden disfrutar muchos momentos de intimidad. De ello hablo en mi trabajo». Sus recomendaciones para acercarse desde el exterior a esta cultura es «empezar con el cineasta japonés Hirokazu Kore-eda, un brillante director que explora temas como la memoria o la pérdida, con gran inteligencia y ternura», concluye. Otro equipo fotográfico que ha querido huir de los tópicos japoneses ha sido The Japan Photo Project, formado por Toru Morimoto (Akashi, 1972) y Tina Balagué (Barcelona, 1974). Para ir más allá de los estereotipos, los autores recorrieron 41.995 kilómetros por el país durante un año, y obtuvieron cerca de 60.000 imágenes. «Cuando descubrimos el Japón rural supimos que allí estaba la esencia que queríamos contar. En los rituales de los baños termales públicos reside toda su educación y manera de hacer», cuenta Tina.

Pero la disciplina artística que más seguidores tiene en España es el manga. «El salón del Manga, que se celebra en Barcelona durante tres días, cuenta con más de 65.000 visitantes», recalca Gras. El máximo representante de este arte en nuestro país es el dibujante Ken Niimura (Madrid, 1981) ganador del Primer Premio Internacional de Manga 2012 por su novela gráfica Soy una matagigantes (Norma Editorial). «El premio ha constatado que es posible crear obras que trasciendan las barreras culturales. Mi padre es japonés pero he crecido en España y por suerte, ahora que sé que soy el más español de los japoneses y el más japonés de los españoles, vivo en paz conmigo mismo». En la actualidad vive y trabaja en Tokio y «a día de hoy aún me parecen casi irreales los valores nipones de colaboración, generosidad y sentido de la responsabilidad que mostraron después del terremoto de Tohoku».

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