Cómo sobrevivir al trauma anual de comprar un biquini

El peregrinaje en busca del ítem del verano puede ser mucho menos estresante de lo que se cree. Solo hacen falta ciertos conocimientos anatómicos, desterrar algunas viejas reglas estilísticas y aderezarlo con grandes dosis de humor.

Una de las propuestas de la última colección de Lisa Marie Fernández. Foto: Cortesía de Lisa Marie Fernández

“No somos nadie, y menos en bañador”, solía decir mi padre. Por eso cada año, cuando llega el temido momento de hacerse con una prenda para ir a la playa, millones de mujeres en todo el mundo sufren lo que se denomina el swimsuit trauma. Una patología que genera ansiedad, estrés, baja autoestima, autocompasión y la deprimente sensación de que cualquier cosa que una haga por mejorar su físico o bajar de peso nunca será suficiente para satisfacer a esta exigente prenda, que parece inventada por el diablo.

Ni la desnudez ni la lencería son jueces tan severos como el traje de baño o el biquini. Y si no, vayan a una playa nudista a comprobarlo. Verán cuerpos de todas las formas y tamaños, mientras que en una playa de Benidorm el espectáculo puede ser dantesco. Tripas q–ue luchan por salir de un triquini, tiras que se incrustan en las caderas, pechos oprimidos por sujetadores que buscan su liberación y la costumbre patria de decantarse por el estampado y los colores alegres para el verano –al margen de la talla–, como confirma un estudio de Venca del pasado año, en el que el 41% de las españolas prefieren estos diseños. Los hombres también tienen lo suyo. El mayor problema para los que no se han matado en el gimnasio todo el año es decidir si la cintura del bañador se reubica encima o debajo de la barriga.

“Todo lo que odio en la vida está reencarnado en esta pieza de ropa”, decía un artículo de The New Yorker. Un trozo de tela nacido para recordarnos que la felicidad completa no existe. Verano, sol, vacaciones, viajes, una libido más en forma y el aterrizaje forzoso al mundo cruel en forma de probador con luz fluorescente y paredes forradas de espejos, donde comprobamos el misterioso comportamiento de la tela de licra, capaz de reducir y aplastar los pechos más turgentes pero inhábil para hacer lo mismo con la barriga. ¿No están las dos partes del cuerpo hechas del mismo material?

Cada vez que tengo que enfrentarme a la ingrata tarea de comprar un biquini, consciente de las consecuencias nefastas de esta inocente operación, elijo un día alegre y positivo, aunque no demasiado porque de lo contrario puedo acabar comprando algo de lo que luego me arrepiento. Procuro ir con algo de color –tras haber tomado el sol dos ó tres días–, por eso de que los tonos oscuros adelgazan; y siempre voy sola, para asegurarme de no dejar testigos o no sufrir los daños colaterales de una amiga excesivamente sincera. A veces, incluso, he utilizado las gafas de sol para neutralizar los nocivos efectos de las luces del probador. ¿Qué mente sádica diseña estos minúsculos habitáculos, especializados en agrandar las miserias y en reducir las posibilidades de venta?

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Biquini de neopreno de Now_Then. Foto: Cortesía de Now_Then.

Según Silvia Foz, asesora de imagen personal y corporativa, en Barcelona, “la prenda más complicada de comprar es, sin duda, el traje de baño o biquini por dos razones básicas. Primero, porque es la que deja a la persona más expuesta. Más incluso que la lencería, ya que ésta es para usar en privado pero el baño nos muestra a una multitud entera bajo el sol, por lo que resulta muy difícil disimular los defectos. El segundo problema es que la moda de baño es bastante limitada, sobre todo en España, y fluctúa entre las marcas low cost, con modelos de mala calidad y diseños que solo sientan bien a los cuerpos perfectos; y la de mayor calidad, que es cara. Mucha gente no quiere invertir tanto en una prenda que solo usará tres meses al año, o en las vacaciones. Por otro lado, a pesar de vivir en un país de sol y buen tiempo, no existe esa costumbre que hay en EEUU de celebrar las pool parties”. Llevar traje de baño en un entorno menos casual que la playa, se reduce aquí al exclusivo mundo de los yates.

Ni las peras ni las manzanas gastan en bañadores

La primera regla a observar en este peregrinaje en busca del ítem del verano, es muy simple: saber nuestros defectos y virtudes. Algo que, sin embargo, no es tan sencillo. Las revistas femeninas nos hemos acostumbrado a clasificar el amplio apartado de los cuerpos de mujeres en dos grupos: las manzanas y las peras, pero dudo mucho que estas frutas tengan la tediosa tarea de embutirse en un bañador o biquini cada verano. La realidad es que gran parte de la población va a las tiendas con ideas erróneas sobre su anatomía. Según Silvia Foz, “existe un elevado tanto por ciento de personas que desconocen sus cuerpos. La mayoría tienen complejos o están obsesionados con ciertas partes que, no siempre son las menos agraciadas. Esta falta de objetividad es la que hace que se cometan errores a la hora de elegir lo que mejor nos sienta. Un ejercicio que mando a mis clientas es que se miren al espejo de forma amigable, deteniéndose especialmente en las partes positivas. Se suele decir que hay que resaltar lo bueno y tapar los defectos, pero yo prefiero centrarme en lo primero y olvidarme de lo segundo, quitarle la importancia que tiene, minimizarlo”.

Adela & Viki es una marca española que confecciona moda de baño para “mujeres reales” de calidad, usando buenas licras y patrones corseteros, y surgió de la necesidad de sus creadoras al no encontrar trajes de baño en el mercado que cumplieran con sus expectativas. Adela reconoce que muchas de sus clientas desconocen sus potenciales. “Algunas priorizan sus gustos en vez de buscar algo que les vaya bien a su tipo de cuerpo. Nosotras vendemos online, algo que a priori parece muy arriesgado si se aplica al bañador, pero no tenemos casi devoluciones porque pedimos las medidas y asesoramos a las clientas. Nuestros trajes de baño están hechos para sentar bien y contienen un montón de trucos, forros, refuerzos, franjas laterales que estilizan y estructuras que elevan el pecho, por eso lo interesante es su interior no su exterior”.

La marca no confecciona biquinis pero cuenta con lo que llama topkini, un traje de baño que se convierte en dos piezas para poder tomar el sol y que es la estrella de la colección. Los modelos de Adela & Viki rondan entre los 135 y los 210 euros.

Reescribiendo las reglas

Las reglas sobre lo que sienta bien o no a cada tipo de cuerpo deberían ser actualizadas, porque la idea de tapar lo feo y mostrar lo bonito esta algo obsoleta. En un artículo de la revista Forbes titulado The best swimsuit advice you will ever receive (El mejor consejo sobre bañadores que jamás has recibido), Marysia Reeves, de la marca Marysia Swim, que destaca por su calidad y sofisticación, cree que “cubrir grandes zonas del cuerpo no siempre es favorecedor. A veces menos es más”; mientras Lisa María Fernández, que diseña bañadores con tela de neopreno -que moldea la figura–, afirma, “no creo en las reglas. Se trata más bien de lo cómoda que una se sienta con su cuerpo. La autoconfianza es la clave. La parte del mundo en la que uno viva juega también un papel importante. En Brasil cuanto más pequeños mejor, independientemente de la talla. Las americanas prefieren taparse más y a las francesas y europeas en general no les importa hacer topless”.

Muchas empiezan a cambiar ya las normas. ¿Y si en vez de tratar de adaptar nuestros cuerpos a los modelos de baño, no hacemos que éstos últimos se ajusten a nuestra anatomía? Fuensanta Vigueras, una psicóloga apasionada de la moda, se hizo esta misma pregunta y acabó confeccionando bañadores y biquinis a medida. Licras de gran calidad y patrones básicos (a partir de 260 euros). Fuensanta tampoco cree en el verbo tapar, “¿cómo tapas una barriga?”, ella apuesta más por desviar la vista a otro sitio y hace especial hincapié en la forma del escote para modelar el pecho. Biquinis y hasta trikinis, “¿por qué no?, solo deben evitarlos las que no tienen cintura”, forman parte de sus colecciones ideadas para sentar bien. Vigueras es toda una experta que también cose para mujeres que han pasado por una mastectomía o que tienen algún tipo de deformación derivada de una enfermedad.

La nueva generación de diseñadores de baño no solo tiene en cuenta a las mujeres reales, sino al medioambiente y la sostenibilidad. Es el caso de la española Now Then que, según Andrea Salinas, su directora creativa, “intentamos recuperar el saber hacer de España en prendas de baño, lencería, confección, diseño y patronaje. Nuestros talleres están en Cataluña y Levante –los pocos que quedan–. Trabajamos con tejidos ecológicos y reciclados –procedentes de redes de pesca y plásticos de los mares–, ya que la mayor parte de las licras que se usan para los bañadores dejan mucho que desear. El proceso del tinte puede incorporar tóxicos que, con el agua, se liberan más fácilmente”. El diseño, cuidado al máximo, tiene la delicadeza del utilizado en lencería. “Procuramos que las costuras estén escondidas y no se vean, que las gomas no aprieten para no dejar marcas y en lugar de forros usamos doble tejido, pero huimos del patronaje correctivo o de los push ups. Nuestra filosofía es más feminista y liberadora”, apunta Salinas. La marca vende solo online y sus precios oscilan entre los 89 y los 130 euros.

Un último consejo para enfrentarse al swimsuit trauma es recordar que lo barato sale caro y que 5 bañadores chinos equivalen a uno en condiciones, que mantenga a flote nuestra reputación. Si todo falla y no logramos tener las barrigas, ya no planas sino cóncavas, que demanda este año Instagram, siempre podemos abrazar otras tendencias como el fatkini (tener sobrepeso y posar en biquini) o, en el extremo opuesto, el burkini. Mucho menos siniestras que las últimas tendencias en bañadores populares, algunas de ellas tan surrealistas que han inspirado a dos madres blogueras, Kristin y Jen, a hacer este vídeo, subirlo a Facebook y hacerse virales en un abrir y cerrar de ojos.

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