Si McQueen levantara la cabeza, ¿querría ser el Felipe Varela de Catalina Middleton?

La firma liderada por Sarah Burton se ha convertido en la favorita de la futura reina de Inglaterra en actos oficiales.

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Foto: Mario Testino

Ahora mismo hay dos McQueens. El hermosamente amenazante, de los abrigos de pelo humano, los zapatos anfibios y los vestidos rasgados con violencia. Y el que figura en actos oficiales con modelos de los que no se puede sacar ni una pega. Apropiados, elegantes, perfectamente confeccionados, pero que no logran acelerar el pulso.

La duquesa de Cambridge ha vuelto a elegir McQueen para una ocasión señalada. Fue en el bautizo de su hija Carlota, para el que se puso un vestido color crema de la firma británica. Rematado por un sombrero de Jane Taylor, la futura reina de Inglaterra empujó un carrito sonriendo hasta las puertas de la iglesia. Esta estampa inmortalizada por el fotógrafo Mario Testino, que ha sido descrita por el crítico de arte de The Guardian como “edulcorada y banal”, contrasta radicalmente con la exposición dedicada a McQueen en el museo Victoria and Albert de Londres. La muestra, a punto de clausurarse, se adentra en la genial y tortuosa mente del diseñador. Uno sale de allí empapado de las obsesiones del modisto, como recién ascendido del Hades. La retrospectiva se ha titulado Belleza Salvaje, y en cambio no hay nada de salvaje en la imagen pulcra y lista para estampar en souvenirs de porcelana que ahora ofrece Catalina de Cambridge. Son dos visiones totalmente opuestas que, sin embargo, conviven en el actual McQueen.

Desde su matrimonio con Guillermo, Kate Middleton ha adoptado McQueen como su firma de cabecera. Es su primera opción para hitos vitales como su boda o el bautizo del primogénito Jorge, y también para visitas de estado y ocasiones formales junto a la reina Isabel. Es comparativamente la marca que más presencia tiene en sus actos oficiales.
 

Kate Middleton Boda y bautizo

El día de su boda y el del bautizo del príncipe Jorge, vestida por McQueen.

Cordon Press

Esta relación de confianza empezó cuando se hizo público el compromiso de la pareja. En plenos preparativos, el palacio de Buckingham consultó a profesionales de la industria de la moda local, entre ellos a la directora de Vogue Alexandra Shulman, sobre quién debía diseñar el vestido de novia de Catalina. La periodista recomendó sin dudar a McQueen. La casa representaba a la perfección la alta moda británica, la unión de tradición, técnicas artesanas y lujo contemporáneo.

El único inconveniente es que en los talleres de la firma se vivían tiempos convulsos. Su fundador se había quitado la vida y su mano derecha, Sarah Burton, había tomado las riendas. Ella tuvo que lidiar con la insistencia de la prensa, acudir a las pruebas a escondidas y mantener el secreto hasta el día de la boda. No parecía el momento ideal para encargarse de un vestido para la historia, pero la discreta Burton lo hizo con aplomo. En una sola ocasión describió estos extraños meses en una entrevista para el New York Times, de la que se trasluce que ha entablado amistad con Catalina: “Siempre he valorado la privacidad y las relaciones con mis clientes son de naturaleza privada. Nunca me he dejado guiar por el miedo. Me encantó hacer ese vestido, me gustó mucho adaptar mis ideas a la persona y la ocasión y lo hicimos de corazón” confesó a Andrew O’Hagan. “Respeto la naturaleza íntima de este bonito proyecto y las amistades que se formaron durante el proceso. Vivimos en la era del chismorreo pero en McQueen siempre hemos tenido voluntad y las ideas muy claras. Hay personas en los medios de comunicación que quieren ver un motivo siniestro en la discreción, pero es lo más normal del mundo que una joven instintiva e inteligente quiera un bello vestido de boda –o cualquier tipo de vestido- . Me siento honrada de haber aceptado el reto y siempre lo estaré”
 

McQueen Kate Middleton

Kate Middleton luciendo los modelos que Sarah Burton. Nada que ver con el legado de ‘Savage Beauty’ que se puede ver en el Victoria & Albert.

Cordon Press

El McQueen de Burton tiene más luz y una mayor ligereza, tanto en el corte como en la actitud, pero en los modelos que hoy lleva Kate sobreviven distintivos del ADN de la casa. Se vislumbran las referencias eduardianas y victorianas, la base de sastrería y las siluetas estrictas, que en ella se suavizan.

Kate se ha posicionado como la musa del nuevo McQueen. Nada que nada que ver con las anteriores, las indómitas Isabella Blow o Daphne Guiness, que ejercieron de mecenas y referentes. La duda es qué hubiera pensado sobre esto el modisto, que según la leyenda (probablemente apócrifa) durante su paso por Savile Row bordó un insulto escondido en el forro de un traje destinado al príncipe de Gales.

Sea real o no la anécdota, este enfant terrible no se casaba con nadie, cortejaba la polémica en la pasarela y no tenía problemas en denegar prendas a las famosas o en ignorar a Madonna o Victoria Beckham. Pero también le interesaba –a su manera– lo regio, la ceremonia, lo histórico. En sus colecciones se pueden rastrear referencias a las cruzadas, a María la reina de los escoceses, los atuendos eclesiásticos o de emperadores asiáticos. La colección de 2008 La chica que vivía en un árbol cuenta la historia de una joven que se baja de un árbol para casarse con un príncipe. Las inspiraciones citadas son “El imperio británico, las reinas de Inglaterra y el duque de Wellington”.

¿Habría vestido el hijo de un taxista londinense a la futura reina de Inglaterra? Y si hubiera aceptado, ¿cómo lo hubiera hecho? Son preguntas de las que nunca tendremos las respuestas. Se quedarán en el aire, sobrevolando esta segunda vida de McQueen.

Daphne Guinnes McQueen

Isabella Blow y Daphne Guiness, dos de las musas de Alexander McQueen (y antítesis de Catalina)

Getty

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