¿Se convertirá en tendencia la fotografía #nophotoshop?

Cada vez son más los fotógrafos que rehusan del uso del conocido progama informático. La naturalidad toma el poder.

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Foto: Txema Rodriguez

Desde hace unos días circula por Twitter la etiqueta #nophotoshop. Podría pensarse que ha sido lanzada por algún fotógrafo de moda harto de adulterar sus fotos. Pero su impulsora es una famosa con una imagen pública tan artificial como las imágenes photoshoseadas en las que aparece: Kim Kandarshian.

La chica con las curvas más vertiginosas del momento utilizó hace poco su cuenta de Instagram –la más popular de esa red social– para mostrar cómo es su cuerpo sin retoques digitales. La foto estaba acompañada por las etiquetas #nofilter, #nophotoshop.

El retrato difundido entre los instagramers tiene interés porque es una imagen estudiada para parecer casual. Kardarshian usa una postura que estiliza su figura y se ha empleado un encuadre a contraluz para disimular imperfecciones. De hecho, la foto podría considerarse un ejemplo canónico de cómo se miente en fotografía sin ordenadores de por medio. Vamos, lo que era común hace unos 10 años.

En torno a 2002 las cámaras réflex digitales lograron captar imágenes reproducibles a toda página en las revistas de moda. Hasta ese momento los fotógrafos contaban para hacer su trabajo con el control del tiempo, la iluminación, el encuadre, elegir entre el color o el blanco y negro, la óptica, el maquillaje, la comunicación con el modelo y, sobre todo, la capacidad de sorpresa del público que veía su trabajo. En definitiva, la luz y la psicología han sido casi siempre lo único que hacia falta para embaucarnos.

El gran cambio que Photoshop ha supuesto para muchos es pensar que el píxel, y no la luz, es la materia prima de la fotografía. Pero para practicar el ilusionismo fotográfico no hace falta manipular un mosaico digital. Ya en la primera imagen fotográfica de la historia encontramos el engaño. Cuando observamos la luz que entraba por la ventana de la casa de campo de Joseph Nicéphore Niépce en 1826 pensamos que se trata de un instante fugaz, pero en verdad la imagen tardó ocho horas en formarse.

La fiebre por transformar en el ordenador una toma se explica porque es un procedimiento más barato que hacer una buena foto sin retoques. Si Richard Avedon necesitaba que el modelo y su equipo de ayudantes trabajaran durante horas para obtener un retrato, ahora se piensa que basta disparar unas cuantas ráfagas a Kim Kandarshian para luego enmendar el resultado en una pantalla. Así, el único que cobra por una larga jornada de trabajo es el retocador.

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Kim Kandarshian en la foto publicada en Instagram.

Kim Kandarshian

Los riesgos de ese método de trabajo, en los que no suele haber ninguna clase de planteamiento artístico, son que una adolescente lance una campaña en internet para que se dejen de publicar fotografías manipuladas o engordar aún más el negocio de los paparazzi. Pues la prensa rosa se ha hecho con el monopolio de contestar a la irreal idealización digital con la que se nos presenta a muchos ídolos.

¿Hay vida fuera de ese círculo vicioso? Quizá no tanta como sería deseable, pero desde luego más de la que cabe sospechar. He aquí tres trabajos fotográficos que son un buen ejemplo de cómo es posible captar la belleza de alguien sin usar conservantes digitales.

Las fotos de Peter Lindbergh sobre España en Vogue. El trabajo que el veterano Peter Lindbergh realizó en 2010 sobre España peca de mostrar algunos tópicos propios de un extranjero en un país que le apasiona. Pero en ese inmenso reportaje sobre todo se palpa oficio y a ratos bastante arte. Sobre todo en algunos de los retratos. Probablemente la afinidad de Lindbergh con algunos personajes que posaron para él tuvo mucho que ver en eso.

El mayor artificio que hay esas fotos es el inconfundible blanco y negro de grises profundos que emplea el autor. De hecho, el alemán es uno de los pocos fotógrafos de moda que se ha rebelado públicamente contra Photoshop y además ha sido escuchado. Suyas son las conocidas fotos sin manipular de Monica Bellucci , Sophie Marceau y Eva Herzigova para la portada de Elle.

Los retratos de Txema Rodríguez. El fotógrafo Txema Rodríguez no sólo no mueve ningún píxel en los rostros de los que retrata, además usa dos herramientas prohibidas en muchos platós fotográficos de moda: el teleobjetivo y el primerísimo plano. Con ellas realiza una introspección de los numerosos personajes que se plantan frente a su objetivo y se comunica con ellos.

No hablamos de la charla de rigor que suele entablarse con el retratado, sino de ese análisis instintivo que marca la frontera entre los fotógrafos que observan de los que sólo disparan. Usando ese método, en el que la técnica queda al servicio de la psicología, Rodríguez demuestra que la dignidad y las arrugas también son belleza. Recomendamos conocer además de sus fotos sus ideas sobre las imágenes de moda en el artículo "Cómo la fotografía ha arruinado la vida de millones de mujeres."

El libro Belleza de Barrio de Ricardo Cases. Tres de los libros de fotografía más interesantes de los últimos años son de Ricardo Cases: Belleza de Barrio, La caza del lobo congelado y Paloma al aire -este último considerado por el British Journal of Photography como el mejor libro de fotografía de 2011-. En Belleza de Barrio retrata a las mujeres que acuden a una escuela de peluquería en Aluche. Las protagonistas posan con la misma seriedad con la que lo hacen muchas famosas en una gran revista de moda, aunque ellas pueden presumir de que sus fotos son mucho mejores que bastantes de las que se ven en los kioscos.

Cases no emplea el bisturí digital, le basta su ya mítico flash, su tendencia compulsiva a hacer fotos sin parar y sobre todo una gran sensibilidad. Pues, aunque parezca mentira, no es fácil darse cuenta que la belleza está a la vuelta de la esquina.

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Retrato de Penélope Cruz que hizo Peter Lindbergh para Vogue

Vogue

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