Reparto estelar

Texturas iridiscentes, formas que se ciñen a la cintura y maquillaje exagerado, con mucho brillo.

Vestido lentejuelas

Foto: Juanma Moncloa

Ahora que se acercan fechas señaladas, los brillos vuelven a aparecer en los escaparates como por arte de magia. Desde luego, no es casualidad; y que se relacionen con la moda femenina tampoco. Será de manera inconsciente, pero a las mujeres todo lo que brilla nos ha atraído desde tiempos inmemoriales. De los diamantes a las lentejuelas, todo lo que reluce nos seduce a la hora de exhibirnos en el momento más festivo: la noche.

¿Cómo pasar desapercibida en la oscuridad llevando un espectacular vestido de tejido resplandeciente en un llamativo color? Y si encima nuestra melena recuerda a Jerry Hall en los años 80 –cuando desfilaba para Mugler– o a una femme fatal del Hollywood de los 40, entonces nuestra llegada es triunfal y el olvido, imposible.

Un creador que hizo de los brillos su negocio fue Roy Halston a finales de los 70. Gracias a la extravagante y efímera discoteca Studio 54 –de 1977 a 1979–, Halston consiguió crear un imaginario tan potente como el que habían ideado en los 30 los responsables del vestuario del star system de Hollywood. En las manos del maestro –rodeado de sus Halstonettes–, la moda disco y el look glitter se convirtieron en un clásico que todavía hoy perdura: texturas iridiscentes, formas que se ciñen a la silueta y maquillaje exagerado –con mucho, mucho gloss–. El obejtivo: mostrarse de manera exhibicionista a la entrada de los clubs, teatros nocturnos y fiestas de guardar, destinadas a convertir a sus clientas en estrellas por un día. El mejor tributo a los 15 minutos de gloria de los que hablaba Warhol.

Con ese lema, Halston vistió los cuerpos más famosos de la beatiful people: de Bianca Jagger a Elizabeth Taylor, pasando por Liza Minnelli o Anjelica Huston. Amigo y diseñador de celebridades, reordenó la caótica moda de los años 70
–donde el kitsch era rey– inspirándose en la época dorada del cine norteamericano. El resultado: un glamour minimalista, de una simplicidad impecable, que modernizaba la elegancia y dejaba cualquier rastro de exceso por el camino.

La magia del celuloide. Si Halston legó al mundo esa distinción brillante pero contenida, hay que ir a la fuente para entender por qué a las mujeres nos sigue fascinando iluminar las noches con nuestras vestimentas. La respuesta está en la relación entre nuestro imaginario colectivo y Hollywood, y el poder del séptimo arte para crear iconos atemporales. Aunque actualmente el cine parece haber sido relevado por la música, su influencia hasta los años 70 fue tal, que todo lo que sus actrices se ponían se convertía automáticamente en tendencia.

A partir de los 30, Hollywood fue una fábrica de sueños en todos los ámbitos, incluido el estilístico. Sus protagonistas actuaron en la alfombra roja como perfectas anfitrionas y dieron una excelente publicidad a la moda y la cosmética.
Si hubo un arquetipo triunfante ese fue, sin ninguna duda, el de la vampiresa. Un modelo aplaudido por las mujeres que, cansadas de jugar a ser garçonnes en una década más conservadora, tenían ganas de volver a recuperar una feminidad más tradicional, pero con un toque perturbador. Y es ahí cuando Veronica Lake hace su entrada triunfal en el mundo de la moda, con su rubia cascada platino peek-a-boo-bang tapándole un ojo (más tarde prohibido) y vestida de lamé, cual reencarnación de una diosa.

Desde entonces hasta hoy, las tendencias han recuperado una y otra vez esa actitud de «aquí estoy para lucirme». Y por eso regresan casi todos los años los brillos a casa por Navidad, y ofrecen una seducción nada subliminal. Esta temporada los reinterpretan desde Tom Ford hasta Diane von Furstenberg –que en los 70 fue rival del propio Halston–, pasando por Michael Kors, Elie Saab, Isaac Mizrahi o Peter Dundas para Pucci.

Tonalidades burdeos, pátinas metálicas envejecidas, pasteles luminosos… De todos, el color vencedor es el azul Klein más cegador, que se exhibe con escotes de vértigo y aberturas laterales, que muestran la pierna sin pudor y encuentran en los tacones su mejor pareja de baile.

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