Por qué los asesinos en masa siempre son hombres (y muchos comparten un rasgo común)

Según los datos registrados, el 98% de los autores de masacres en EEUU son del género masculino. De las 10 tragedias con mayor número de muertes, nueve de los asesinos tenían un pasado de violencia de género.

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Algunos autores de matanzas recientes: Robert Lewis Dear, Dylann Roof, Elliot Rodger y Stephen Paddock. Foto: Getty

No sólo estaba obsesionado con las armas y había tomado cursillos de entrenamiento militar, también pegaba a su exnovia. Nikolas Cruz, el exalumno de 19 años que ha asesinado a 17 personas y herido a otras 15 en un tiroteo en su antiguo instituto de Florida (EEUU) había sido expulsado del centro por pelearse con el actual novio de su expareja, joven a la que había maltratado en el pasado, según ha narrado una compañera del instituto al Boston Globe. Además, según ha confirmado el líder de La milicia nacionalista blanca –grupo de ultraderecha estadounidense– el autor de los disparos pertenece a la organización y había participado en alguno de sus actos en Tallahassee, la capital del estado.

Hombres y con un pasado cargado de odio y violencia hacia las mujeres. Este, a grandes rasgos, es el perfil de los autores de masacres en Estados Unidos. Los datos lo certifican: el 98% de los asesinatos en masa los cometen ellos. Desde 1982 a octubre de 2017, solo dos mujeres perpetraron dos tiroteos múltiples frente a los 92 llevados a cabo por hombres. Según un estudio de Everytown for Gun Safety, en las 10 masacres más mortíferas de EEUU, nueve de sus asesinos tenían un historial de amenazas, violencia o abusos sobre las mujeres. La misma investigación desprende que el 54% de los asesinos en masa entre 2009 y 2016 estaban fichados por denuncias de violencia doméstica. Hagamos un repaso de este rasgo común entre ellos:

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Entre 1982 y 2017, solo dos tiroteos estuvieron iniciados por mujeres. El tiroteo que implicó a un hombre y una mujer fue el de San Bernardino en diciembre de 2016. Foto: Statista.com

Stephen Paddock, el millonario de 64 años autor de la mayor masacre de EEUU (asesinó a 58 personas entre una multitud que disfrutaba de un concierto disparando ráfagas de balas desde la habitación de su hotel) fue después señalado por maltratatar a su novia en público.

Omar Mateen, que mató a 49 personas e hirió a 53 más en un tiroteo múltiple en una discoteca gay de Orlando, además de ser homófobo, tenía un historial de abusos hacia su ex mujer, a la que llegó a mantener como “rehén” durante los cuatro meses que duró su matrimonio (“me pegaba a menudo y no me dejaba hablar con mi familia”, explicó la afectada tras la masacre).

Robert Lewis Dear, que asesinó a tres personas –entre ellas un policía– e hirió a otras nueve más en una clínica de planificación familiar en Colorado Springs en 2015, había sido denunciado por violencia doméstica por dos de sus tres exmujeres y en 1992 fue arrestado por violación y violencia sexual.

James Hodgiskon, el hombre que disparó contra una veintena de congresistas conservadores que jugaban al béisbol a 20 minutos del Capitolio (hirió a cinco personas, entre ellas al líder de la bancada republicana en la Cámara de Representantes, Steve Scalise) también estaba registrado por violencia doméstica. En 2006 había sido arrestado por agresión y descarga de arma de fuego sobre su hija adoptiva en casa de un vecino –después perdería la custodia de la adolescente, de 19 años–.

Devin Patrick Kelley, el activista de extrema derecha que mató a 26 personas en una iglesia de Texas el pasado mes de noviembre, había sido expulsado de la fuerza aérea estadounidense en el pasado por mala conducta. Esa mala conducta incluía haber agredido a su mujer y a su hijo, así como haber enviado mensajes amenazantes a su suegra, que acudía a la iglesia donde perpetró los asesinatos.

Cedric Ford disparó a 17 personas en su trabajo de Kansas, matando a tres de sus compañeros, solo 90 minutos después de obtener una orden de alejamiento de su exnovia, que afirmaba haber sido maltratada.

Dylann Roof, el joven racista que mató a nueve afroamericanos en una iglesia de Charleston, perpetró una mascare “teñida de control patriarcal sobre las mujeres”, tal y como recordaría Rebecca Traister en su ensayo Lo que realmente tienen en común los asesinos en masa. Antes de asesinar a sus víctimas, Roof gritó “venís a violar a nuestras mujeres y a quitarnos nuestro país”. El joven había sido criado viendo cómo su padre abusaba físicamente y verbalmente de su madrastra durante 10 años.

“No sé por qué no os atraigo a vosotras, chicas, pero os voy a castigar por ello… Finalmente, veréis quién soy, de verdad, el ser superior, el auténtico macho alfa”, dijo Elliott Rodger en el video que precedió al tiroteo y apuñalamiento que perpetró, matando a siete personas –su suicidio incluido–, en su instituto en 2014. Tras la tragedia, Jeffrey Kluger se preguntaba en Time, “si dices que te ha sorprendido que su nombre fuese Elliott y no, pongamos, Ellen, o bien no has estado prestando atención o estás jugando a la corrección política. Pero el hecho es este: casi siempre son los chicos los que se vuelven malos. La pregunta es, ¿por qué?”

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Una mujer abraza a dos chicas en el puesto policial habilitado en el parking del instintuto Stoneman de Florida tras el tiroteo. Foto: Getty

“Obviamente, no todos los acusados de violencia doméstica se convierten en asesinos en masa”, explicaba Jane Mayer en The New Yorker. De ser así España, un país con un problema grave de violencia de género, viviría también este tipo de masacres y no es el caso. Pero es indiscutible que es un rasgo que más de la mitad de los autores de masacres en EEUU comparten. “Está claro que hay un alarmante número de ellos que han sido acusados de abusos en el hogar y amenazas de muerte, no solo hacia sus compañeros en la intimidad sino a la sociedad en general”, añadía.

En la misma línea de llamar la atención sobre este ámbito está Rebecca Traister, que apuesta por “examinar los patrones de violencia hacia las mujeres”. La ensayista Rebecca Solnit, que analiza este fenómeno en un su ensayo de 2013 La guerra más larga (traducido por Capitan Swing en Los hombres me explican cosas) hace hincapié en la falta de visibilidad y análisis de la (problemática) concepción de la masculinidad blanca en EEUU y su relación con los asesinatos en masa. “Alguien ha escrito una pieza sobre cómo los hombres blancos son los únicos que cometen masacres en los EEUU y los comentarios más hostiles eran por el factor de ser blanco. Es raro ver a alguien comentar este estudio científico, aunque sea de la forma más seca posible: “Ser hombre se ha identificado como un factor de riesgo de comportamiento criminal violento en diversos estudios, así como los es tener padres antisociales o pertenecer a una familia pobre”.

Para Solnit, el patrón de violencia masculina es “claro como la luz del día” y lamenta las etiquetas con las que se suelen asociar a estos crímenes. “Cuando los medios dicen pistolero solitario, todo el mundo habla de solitarios y de pistolas, pero nadie habla de hombres”. Preguntada hace unos meses sobre esta etiqueta de lobos aislados en esta revista, la escritora y activista reafirmó su voluntad de incidir en el género en este tipo de incidentes y así analizar qué tipo de masculinidad construimos para qué estos hombres decidan matar en masa. “Bien, si un nativo americano comete un crimen, hablamos de su categoría. Si una lesbiana comete un crimen, hablamos de su subcategoría. Por supuesto lo hacemos cuando los musulmanes cometen un crimen. Y todavía hay crímenes cometidos por el hombre blanco y no se habla de ese patrón. Nombrarlo es decir que esa violencia no es de “ellos”, sino “nuestra”, una violencia que no viene de fuera, sino de dentro y que no es que sea una amenaza a nuestra cultura, sino que es la cultura en sí misma. Por eso es tan importante decirlo, pero mucha gente no lo ve, otros se enfurecen por hablar de este marco y algunos son demasiados tímidos para hablar”, sentenció.

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