¿Qué mensaje esconde la ropa del retrato de escritor?

Cinco autores nos revelan la historia detrás de las prendas que se escogen para inmortalizarse en la solapa de un libro. Porque el estilo también es una extensión de la firma.

Miqui Otero, Olivia Rueda y Llucia Ramis. Foto: Cortesía de los autores.

«El principal problema con las fotos de promoción de un escritor es que éste, el día de la foto en cuestión, quizás lleva semanas o meses con el pijama como principal (y única) pieza de etiqueta. Es decir, que pasa del tramo final de reescritura y corrección de la novela a la promoción, de no cambiarse ni para bajar a por tabaco a dar entrevistas, sin solución de continuidad. Esto provoca que muy a menudo se esmere demasiado, como la gente que se endominga en exceso para ir a misa o para una fiesta a la que no le suelen invitar«. Miqui Otero sabe lo que se dice. El periodista y codirector del festival Primera Persona –autor de Hilo Musical (Alpha Decay, 2010), La cápsula del tiempo (Blackie Books, 2012) y Rayos (Blackie Books, 2016)– ha pasado varias veces por la temida foto de promoción. Una instantátena que, en la mayoría de casos, quedará inmortilizada durante años en la solapa de un libro y con la que fantasearán los lectores a los que se pretende seducir; una responsabilidad que puede producir auténticos sudores fríos a sus protagonistas. En agosto del año pasado, el premio pulitzer Colston Whitehead lo confirmó al tuitear: «He visto a una chica leyendo mi libro y la iba a saludar, pero me he dado cuenta de que vestía la misma camisa que en mi foto de autor y no quería que pensara que sólo tengo esa camisa». La foto de promoción literaria no es ninunguna broma.

Como defiende la editora Terry Newman en Legendary Authors and the clothes they wore (Harper Collins), el estilo de los escritores, su ropa y cómo quieren ser recordados no es ninguna superficialidad. Es una extensión de su firma. La mítica bandana de David Foster Wallace y su aspecto de skater despreocupado –camisetas desgastadas, bermudas vaqueras y zapatillas deportivas– reflejaba exactamente lo que era: una estrella del rock en la literatura. El escritor suicida se rebeló contra el alud de tendencias de los 90 saliéndose por su particular y característica tangente. Su uniforme era su credencial de rebeldía contra la masa. Si Sylvia Plath se retrataba con cardigans de señora preppy y con vestidos de ama de casa, lo hacía porque utilizaba a su vestimenta como un caparazón de sentimientos. Su aparente normalidad ocultaba una tortuosa intimidad. Guiños de identidad como las eternas gafas redondas de Joyce Carol Oates, el estilo masculino de Donna Tart o los trajes de Gay Talese. Nada escapa al libre albedrío en la imagen del autor.

Nos hemos acercado a cinco escritores para preguntar, en este Día del Libro, cómo afrontan la foto de solapa con la que se exhiben ante sus lectores:

Oliva Rueda publica No sabes lo que me cuesta escribir esto (Blackie Books, 2018)

Su foto viene cargada connotaciones: su propia imagen es la portada de estas memorias en las que, con epílogo ilustrado de Miguel Gallardo, narra cómo su vida cambió después de una crisis epiléptica que derivó en un ictus. Rueda, casada y con dos hijos, había perdido el lenguaje. Ella, que era montadora de documentales, que se había dedicado a contar historias, tuvo que reeducarse a sí misma. «La foto me la hicieron en un viaje a Portugal, en 1993, tendría unos 22 años», cuenta. Es una de las pocas imágenes que no ha retratado su marido, fotógrafo profesional. En ella aparece con una cazadora vaquera «que paseé por casi toda Europa» en múltiples viajes de su juventud. «Esta foto, que en su día debía ser una foto más, en la que estás guapa y divertida, se convierte años después en la portada de un libro en el que explicas que te quedaste sin poder hablar. Y la misma foto se convierte en otra cosa, y si la miras no puedes evitar emocionarte», apunta. Una potente imagen como anticipo de un relato de superación no exento de dolor.

 

Miqui Otero, su última novela es Rayos (Blackie Books, 2016):

«Sí, existe esa conexión (obra y ropa) pero es a menudo involuntaria y casi siempre cronológica. Con la primera novela intentas demostrarle al mundo absolutamente todo lo que te gusta: qué canciones, qué pelis, qué bares, qué zapatos. Es lo que yo llamo novelas-carpeta, porque esos debuts en narrativa se parecen a veces, con su excedente delirante de referentes personales o pop, a las carpetas del insti donde pegas todo tipo de fotos de tus personajes y cosas favoritas para que todo el mundo las vea en el instituto.

A mí, supongo que porque sobre todo con Hilo musical, ya se me veían mimbres de obseso pop me citaron a mi primera foto de promoción, hace ocho años, con un dress code muy rígido: «Miqui, no te pases, trae solo algo negro. Una camiseta, por ejemplo». No creo que fuera para realzar mis rasgos helénicos o mi quijada de tiralíneas (todo esto es broma, por si un caso), sino porque quizás temían que apareciera disfrazado de mosquetero dieciochesco, de Lord Byron o de mod del 64.

Hice esa foto sencilla (con un polo negro Penguin, no me pude ahorrar la maldita indirecta literaria), pero luego hice unpar de sesiones con otros colegas fotógrafos donde di rienda suelta a mis filias . Esas fotos parecen un cruce entre el retrato de pintor de corte de monarca loco y el de uno de esos dementes del coleccionismo raro, de estos a los que les dedican documentales en Netflix o Canal Historia: jeans blancos, cajas de discos de grupos de chicas de los sesenta, colección de discos, polo de mercadillo comprado en Berlín (hasta, ojo, aparece un libro rojo de Mao: no sé qué pretendía). esa foto aún circula por ahí.

Eso es al principio, pero luego, como en las novelas, aprendes a ser más sutil en los modos de exponerte o explicarte. Y, además, y esto es cierto, te importa algo menos, del mismo modo que quizás estás algo menos inseguro con lo que escribes. Aun así en libros posteriores he elegido camisas con el cuello enorme, botines Chelsea, gabardinas de todo tipo. Pero en la última, en 2016, ya posé con un jersey normal y corriente (si es que un jersey amarillo canario puede ser normal y corriente; uno hace lo que puede).

Luego, tengo camisetas con las que escribo en casa. A veces creo que me dan ánimo o suerte. Pero eso es otra historia y, además, están tan trotadas que no querrías verlas».

Varias de las fotos promocionales de Miqui Otero. Foto: Cortesía del autor

Jessa Crispin publica El complot de las damas muertas (Alpha Decay)

«El colgante de plata que llevo, una cabeza con tres caras, es el collar que me pongo prácticamente cada día. Cuando tenía 27 años me fui a Irlanda por mi cuenta, casi una década después de no viajar en absoluto. Había estado saliendo con hombres durante esos diez años. Hombres que para nada querían viajar y que tampoco querían que yo lo hiciera sola, así que no había ido a ninguna parte. Con 27, de nuevo soltera y extremadamente inquieta, me tomé un par de whiskeys y reservé un viaje a Irlanda. Allí encontré una pequeña joyería con este singular collar. Me enamoré inmediatamente. Un año después de ponérmelo casi cada día, descubrí que esa cabeza es el equivalente galo del dios Mercurio, el dios de los escritores. No extraña, entonces, que sintiera que me perteneciera. Casi nunca me lo quito».

Jessa Crispin en su foto de autora. Foto: Cortesía de Alpha Decay

Llucia Ramis publica Las posesiones (Libros del Asteroide)

«Procuro que las fotos que vayan a servir para la solapa sean atemporales y neutras. No voy ni demasiado abrigada ni en tirantes, porque si alguien se acerca al libro en verano, por ejemplo, y me ve con un jersey de lana puesto, eso le va a llamar más la atención que el argumento. Además, puede que lo rechace porque inconscientemente le da calor.

En este caso llevo un blusón negro de manga larga, válido para casi cualquier época del año. Le pedí a Santi Cogolludo que me hiciera la foto porque tiene el don de retratarme más guapa de lo que soy. Según cómo está recortada, se ve un tirante de la camiseta que llevo debajo (el cuello del blusón es muy abierto, y se desliza por los hombros). Me da un poco de rabia, porque parece que sea del sujetador, pero no.
De todos modos, nunca me he precupado mucho por la ropa, y no sé casi nada de moda. Mis amigos me llaman «la reina del mainstream» porque siempre voy en tejanos, camiseta o camisa, que compro en las tiendas que hay por Gràcia, donde vivo. Entro un momento si estoy de paso y tengo tiempo, me pruebo algo, y si me gusta, adelante. Falda en verano, y algún vestido de COS en invierno. Odio ir de compras y cuando sea rica tendré un personal shopper«.

Retrato de la escritora Llucia Ramis, la edición en catalán de ‘Las Posesiones’ fue premio Anagrama de novela en catalán. Foto: Santi Cogolludo

Luz Gabás, su última novela es Como Fuego en el Hielo (Planeta)

«Normalmente visto de manera cómoda y con pocos complementos. Creo que es importante ofrecer una imagen natural y real, que no engañe; por eso, para las fotografías, intento elegir atuendos que combinan sobriedad, sencillez y un punto de elegancia a mi manera. Trato de ser yo misma pero un poquito más arreglada que en la vida diaria, en la que el elemento básico es el pantalón tejano y botas o botines, planas o con tacón. En general, tuneo el concepto tejano con americanas o chaquetas de punto según la ocasión. No suelo llevar vestidos, ni a diario ni en los actos; tampoco en los eventos formales, para los que prefiero un esmoquin. Para las fotos promocionales de cada novela elijo unos pendientes nuevos que luego me acompañan en la gira de promoción, a modo de amuleto».

Luz Gabás, la escritora que escribe superventas aislada en el valle de Benasque escuchando heavy metal y alimentando a sus gallinas, en una imagen promocional. Foto: Ablel Cunillera

 

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