¿Por qué los probadores nos hacen sentir miserables?

El paso por el cambiador de las tiendas puede convertirse en un suplicio. Varios expertos nos dan las claves para mejorar la experiencia.

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Foto: Everett

“No entiendo por qué ponen luz fluorescente en los probadores. ¿Por qué querría una mujer comprarse algo si parece que una lluvia de meteoritos se ha estrellado en sus muslos?” Es Meg Ryan quien con estas palabras maldice a estos claustróbicos habitáculos en la famosa tienda de lencería de la comedia The Women. Un pensamiento que, a juzgar por los foros y artículos que debaten el asunto haciendo una rápida búsqueda en Google, inquieta a cientos de mujeres más allá de los estereotipos cómicos hollywoodenses. Precisamente hace unas semanas, la periodista Dena Levitz escribía un ensayo en la web Racked desgranando en primera persona los pormenores de enfrentarse al temido espejo de las tiendas de ropa. Bajo el título Is There Any Way to Feel Good in a Fitting Room? (¿Hay alguna forma de sentirse bien en un probador?) la editora define a este lugar como “la habitación en la que mueren las ilusiones y se desvanece la esperanza de que ese short pueda hacer algo por tu culo o quede talla del vestido que te gusta”.

La luz, la temperatura, el aire viciado, los espejos potenciadores de defectos o la estrechez del espacio son algunos de los factores que la autora señala como principales culpables de que el probador sea una habitáculo miserable. “Faldas de tubo, blusas y vestidos de fiesta te deslumbran colgados en la percha y parecen súper elegantes en el maniquí. Pero una vez que cierras la cortina del vestidor es totalmente diferente […] Después de pelearme 10 minutos con unos pantalones negros que se suponía que eran de mi talla pero que en realidad me hacen parecer una salchicha, solo quería salir de la tienda y sentirme delgada de nuevo. Y no soy la única que he tenido una experiencia desagradable en un probador”, relata la periodista.

Quienes como ella han decidido compartir en la red por qué probarse ropa es el peor momento de una jornada de compras, coinciden al señalar los factores que estropean el momento:

1. Las tallas

“Armada hasta los dientes de valor y paciencia, me paseo entre los expositores de las tiendas. Después de un rato me doy cuenta de que las tallas debieron haberse ido de fiesta anoche y están de resaca. 44 que entran pero sientan fatal, 44 que no entran, 44 que te piden que ni siquiera te molestes en cogerlas. 44 que te piden un ibuprofeno. Y yo en el probador resoplando, sudando, despeinada, luchando para que algo que debería estar a la altura de mis caderas suba de la pantorrilla. Es mi talla y lo sé porque tengo otros pantalones del mismo modelo en otro color. ¿Entonces por qué cojones no abrochan?”. Con estas palabras la escritora y periodista española Elisabet Benavent (más conocida en la red por su alter ego Betacoqueta) relata bajo el título El probador, los vaqueros y otros demonios su particular suplicio en el probador.

Su hilarante y realista artículo pone de manifiesto el principal problema por el que entrar al cambiador levanta más de un dolor de cabeza: la necesidad de unificar las tallas de ropa. Marcos Álvarez, economista, consultor de tiendas y –como él mismo se define– 'tiendólogo' coincide en la importancia de acabar con la disparidad de tallajes. “El drama de la talla llega al probador pero no viene de ahí. He visto a chicas con una 36 que lo pasan realmente mal al tener que elegir una 38 en determinada marca. Habría que homogeneizar la forma de tallar de todas las marcas”, comenta a S Moda.

Probador

2. La luz

La iluminación es la principal culpable de potenciar e incluso exagerar esos defectos que no nos hace gracia, resaltar esa lluvia de meteoritos en forma de celulitis a la que hace referencia Meg Ryan e incluso provocar que no percibamos con claridad el color de las prendas. En este sentido, Álvarez apunta que lo más recomendable sería que la luz de los cambiadores fuese lo más natural posible. Pero la realidad es que va por modas. “Hubo una época en la que triunfaban los espacios blancos con luz difusa y después se pusieron de moda las tiendas oscuras con iluminación directa sobre las prendas. El problema es que la variación de luz entre tienda y probador hace que los colores se perciban de distinto modo. Si es necesario, el cliente debe solicitar salir a la calle para comprobar con luz natural el tono real de lo que está a punto de comprar”.

Los probadores inteligentes también prometen solucionar este problema en el futuro. En la edición de 2014 de la feria LightFair International de Las Vegas, el grupo estadounidense Osram se hacía con el Premio del Jurado gracias a un probador capaz de simular entornos reales y reproducir las condiciones de iluminación exactas de un día de playa, una oficina luminosa o un restaurante intimista y tenue. ¿Acabará este invento con esa luz demoniaca que permite hacer inventario exhaustivo de estrías, manchas y lunares?

3. Los espejos

En el lado opuesto, están los que afirman verse más guapos en el probador. Siempre ha circulado la leyenda de que las tiendas trucan los espejos para que sus clientes se vean más favorecidos y delgados que en los de casa. Álvarez lo desmiente: “En ninguna de las tiendas en las que he trabajado he visto que los espejos se utilicen de forma maquiavélica ni que se manipulen para que nos veamos flacos. No tendría sentido porque de los cientos de miles de personas que entran en una tienda al año no todas querrán verse más delgados”, explica. Sin embargo, su colocación sí puede distorsionar la imagen. La presión de los clavos que los mantienen fijos, el largo del propio espejo o su peso pueden hacer que se doble y el reflejo se modifique.

Raquel Linares, psicóloga clínica y directora de la Fundación ABB, especializada en tratamientos y prevención de trastornos alimentarios, explica a S Moda cómo los espejos y el estado de ánimo pueden influir en nuestro paso por el probador. “Creo que la experiencia de probarte ropa varía más en función del cómo estés anímicamente ese día que en relación al probador. Todos tenemos algún complejo pero hay momentos en los que sientes que todo te queda mejor que otros. Sin embargo, en personas que sufren trastornos de alimentación el espejo tiene más importancia de la que parece. De hecho, en la primera fase del tratamiento aconsejamos evitar los días de tiendas y especialmente el probador. En caso de tener que hacer alguna compra es mejor ir acompañado por alguien que pueda dar su opinión sin necesidad de que el paciente tenga que mirarse”, detalla.

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Meg Ryan maldiciendo a los probadores en ‘The Women’ junto a Annette Bening.

Cordon Press

4. El espacio

Aunque existen probadores en los que te gustaría quedarte a vivir –pocos y normalmente en tiendas en las que no puedes permitirte ni un llavero– muchas veces producen ganas irrefrenables de salir corriendo. Perchas acumuladas, ropa por todas partes y temperaturas demasiado bajas o tan altas que parece que entras en un horno son algunos de los motivos que los convierten en una pesadilla para muchas clientas. “A veces los probadores se dejan un poco de lado y se cuida más la tienda. Algunos son demasiado pequeños, no están tan limpios como debieran y la cortina no te deja ningún tipo de intimidad. Es importante trabajar para mejorarlos", reconoce Álvarez, experto en tiendas. “La atención del personal también es determinante. Deben estar ahí para asistir al cliente si necesita otra talla o simplemente para opinar acerca de cómo les sientan las prendas”, continúa.

Benavent, autora del artículo que mencionábamos al principio, lo tiene claro: "Siempre he pensado que son lugares hostiles. Ese cuartito pequeño, estrecho, que a veces no huele bien y que en ocasiones no tiene ni una mísera percha para colgar el bolso hace que te sientas mucho más vulnerable que en casa. En esas condiciones quitarte la ropa se convierte en una prueba de humor amarillo, no en una experiencia de cliente respetable", comenta a S Moda. "No debemos olvidar que la disposición de las tiendas potencia el consumo, no siempre la comodidad de la compradora. Por eso cada vez somos más las que preferimos probarnos la ropa en casa porque en la tienda es difícil estar lo suficientemente cómoda como para tomar una decisión acertada", termina.

A pesar de que es más fácil que nunca comprar en Internet y probar en la tranquilidad del hogar, aún quedan muchos románticos a los que les gusta ir de tiendas. Dar un paseo con las amigas, evadirse viendo escaparates después de un duro día de trabajo o tocar los tejidos en vivo y en directo aún son razones por las que merece la pena enfrentarse al probador. No en vano, una investigación publicada el año pasado por la agencia Allen & Gerritsen apuntaba que el 71% de los clientes son más propensos a comprar artículos después de probárselos. Como dice Levitz en su ensayo, “si el probador es un mal necesario, la única cosa sensata que podemos hacer es mejorar la experiencia”.

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