¿Por qué las vacaciones en Roma de Audrey Hepburn nos siguen fascinando?

La actriz y la Ciudad Eterna forman un icono que ya se ha convertido en lugar común. Un libro descubre cómo revivir la dolce vita de la actriz en la cuidad italiana.

Foto: Getty

Estuvo a punto de no ocurrir. El estudio quería a Elizabeth Taylor para Vacaciones en Roma (1953), una opción lógica si tenemos en cuenta que el papel masculino protagonista era de Gregory Peck. El público se moriría al ver esos dos grandes nombres juntos en un cartel, pero algo pasó cuando el director William Wyler estaba supervisando una audición rutinaria. Se trataba de una actriz británica casi desconocida, y lo que le hizo ganar el papel no fue su escena, sino lo que ocurrió después: la cámara siguió rodando y capturó a una Audrey Hepburn relajada, sonriente, carismática sin pretenderlo. Es decir, a la Audrey Hepburn que todos conocemos. Wyler decidió que eso era exactamente lo que necesitaba para la princesa Ann. El estudio no sólo borró a Elizabeth Taylor de la lista, sino que usó parte de esa audición en el trailer de la película. Y así fue como la actriz viajó a una ciudad con la que acabaría estableciendo un vínculo inmortal.

En Audrey in Rome, Luca Dotti (hijo de la actriz y su segundo marido, el psiquiatra Andrea Dotti) ha seleccionado unas 200 fotografías de los veinte años que pasó su madre en la capital italiana. Desde el rodaje de Vacaciones en Roma (1953), que supuso el inicio oficial del idilio entre ciudad y estrella, este elegante coffee table book ofrece un recorrido por la Roma de los años 50 y 60, esa suerte de paraíso perdido del glamour que Audrey ejemplificó como nadie. Su elegancia natural y su formación como bailarina hacían que siempre estuviese lista para los focos: la mayoría de las fotos de Audrey in Rome fueron robadas por los paparazzi en plena calle, pero ella logra que parezcan fruto de la más calculada de las sesiones.

Si usamos el libro de Dotti como guía alternativa por la Roma de la dolce vita, descubriremos una ciudad elegante, embriagadora y aún accesible para el turista. ¿Cuáles serían los lugares clave de la Roma de Audrey Hepburn? Aquí os proponemos unos cuantos.

Audrey y Gregory Peck, jugando a las cartas en un momento del rodaje.

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1) La Bocca della Veritá

De alguna manera, aquí empezó todo. Situada en el pórtico de la iglesia de Santa María in Cosmedin, cerca de la Isola Tiberina, esta escultura de piedra fue testigo de una de las secuencias clave de Vacaciones en Roma: el momento en que Gregory Peck finge haberse quedado sin mano después de exponerla a la Boca de la Verdad. Cuenta la leyenda que la reacción de pánico Audrey fue natural: el veterano actor decidió gastarle una broma a su joven e inexperta compañera de reparto.

En cualquier caso, se trata de un momento (y un papel) de los que forjan una estrella: su estilo, supervisado por la legendaria diseñadora de vestuario Edith Head, contribuyó de manera decisiva a establecer la idea de Hepburn como personificación de una ingenuidad y una pureza casi intangibles. En su autobiografía, Edith Head’s Hollywood, la diseñadora explica el proceso: “El vestuario fue muy importante en esta película: era lo que contaba la historia. Cuanto más sencillas fueran las prendas, mejor para Audrey. Llamé la atención sobre su cuello y la gente comenzó a compararla con un cisne. Puse énfasis en sus anchos hombros para dirigir los ojos de la audiencia hacia su cara, pero nadie dijo nunca que parecía un jugador de fútbol americano. Y, en lugar de potenciar sus caderas, le puse pantalón estrecho”.

Audrey, posando uno de los diseños de Givenchy en 1959

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2) Via Veneto

El centro neurálgico de la dolce vita, tal como la inmortalizó Federico Fellini en su clásico de 1960. Hepburn se solía dejar ver por allí al acabar las jornadas de rodaje de Guerra y paz (1956), normalmente acompañada de su entonces marido, Mel Ferrer. Su uniforme oficial para estas salidas nocturnas no podría responder más a la imagen mental que todos tenemos de ella: zapatos de René Mancini, abrigo largo de Balenciaga, vestido de Givenchy.

Este último diseñador formó una entente con Audrey que la acompañaría durante la mayor parte de sus años romanos. Ambos se conocieron en 1953, durante el rodaje de Sabrina, y no prácticamente no se separarían hasta el final de su carrera como actriz. Hubert de Givenchy creó el look de Holly Golightly para Desayuno con diamantes (1961), y ella le recompensó con uno de los mayores piropos que una estrella puede lanzar a su diseñador: “Sus trajes son los únicos en los que soy yo misma”. En el mítico Harry’s Bar siguen quedando testimonios del paso de este pedazo de la historia del cine por allí, así como en otros restaurantes de Via Veneto aún abiertos hoy.

En el plató de ‘Historia de una monja’, junto al director Fred Zinnemann (1959)

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3) Cinecittà

Los estudios de cine que hicieron posible la escena cultural conocida como “Hollywood en el Tíber”. Es decir, el trasvase de estrellas de la pantalla a la capital italiana durante buena parte de los años 50 y 60. Audrey los visitó en dos ocasiones: además de Guerra y paz, fueron testigo de su crecimiento como actriz en el papel que más cercano sintió nunca a su propia personalidad, el de Historia de una monja (1959). Su vocación para las causas humanitarias comenzó a fraguarse aquí.

Algunas de las fotos más características de “Hollywood en el Tíber” fueron tomadas en los jardines de Cinecittà y la tienen a ella como protagonista. El libro de Dotti recoge, por ejemplo, un momento en el que la actriz sueca Anita Ekberg (famosa por su baño en la Fontana de Trevi para La dolce vita) pasea a su perro junto al productor Lino de Laurentiis. Audrey pasa por allí y, con el guión de Guerra y paz en el regazo, se agacha para acariciar al caniche: las dos actrices ofrecen imágenes contrapuestas, pero complementarias, del fulgor que caracterizaba a las estrellas del periodo.

Comiendo un helado en la plaza de España. Una imagen icónica.

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4) E.U.R.

Este barrio residencial, construido por Mussolini a mayor gloria de la arquitectura racionalista, fue testigo de decenas de paseos de la actriz y Mel Ferrer, casi siempre en su Alfa Romeo rojo descapotable. Audrey solía ir acompañada de su sempiterna cesta de madera (que le daba ese estilo de chica corriente, pero sofisticada, que siempre buscó) y de su pequeño yorkie, Mr. Famous. Solía llevar vestidos de verano de Pierre Cardin y gafas de sol que le cubrían casi todo el rostro, pero aún así (o quizá por eso) seguía siendo inconfundible.

Luca Dotti habla en su libro de su relación, extrañamente cordial, con los paparazzi de la época. Su amistad con Pierluigi Praturlon, quizá el fotógrafo más emblemático de la Roma de finales de los 50, le garantizó un respeto casi reverencial por parte de la prensa. Ya fuera saliendo a pasear a Mr. Famous por Campo di Fiori o abandonando el Hotel Hassler (uno de sus preferidos), Audrey Hepburn siempre ofrecía la misma imagen de serenidad.

Preparando una secuencia para ‘Guerra y paz’, ensayando el baile de ‘La Gavotte’ (1955)

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5) Jardines de Villa Borghese

Ya en su última época en la ciudad, a finales de los años 60, a la actriz le gustaba pasar las tardes de domingo en este complejo de jardines y museos romano, organizados a la manera inglesa. Quizá le recordaran a su patria o, simplemente, quizá buscase un ambiente tranquilo para asistir a campeonatos de hípica, como el que aún hoy se celebra en la Piazza di Siena.

“Cada ciudad, en su género, es inolvidable”, confesaba la actriz en la gira promocional de Vacaciones en Roma. “Sin embargo, si me preguntan cuál es mi preferida, diré que es Roma”. Allí fue donde adquirió su look más característico (el peinado recogido, la ceja en forma de ala de gaviota), allí fue donde se retiró de la actuación y descubrió su manera de ser feliz: llevar a sus hijos al colegio, pasear a sus perros, salir a hacer la compra. Tantas décadas después, aún seguimos fascinados por la simbiosis entre ciudad y estrella. Aún volvemos a esos paseos en Vespa por los alrededores del Coliseo, intentando descubrir su misterio atemporal.

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