pintura en femenino artistas espanolas que rompen moldes

Foto: Germán Saiz

Pintura en femenino: artistas españolas que rompen moldes

De distintas generaciones, estilos e intereses, la historia de la pintura en nuestro país la siguen escribiendo, con su trabajo diario, grandes artistas como estas.

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    Felicidad Moreno. Considerada una artista de un único motivo, la espiral que conforma el universo, Moreno es también reconocida como una de las pintoras que ha traspasado lo icónico femenino y lo ha llevado a otra dimensión pictórica. «Admiro la creatividad desbordada de Galliano o Alaïa. Me fascina la alta costura y su falta de ataduras».

    Reside parte del año en Londres, donde tiene «un pequeño estudio que es más un laboratorio de ideas», pero su centro creativo está en Bórox, Toledo, en una vieja casona que comparte con su marido, el también pintor Jorge Galindo. Allí, en una vieja caballeriza, rodeada de antigüedades que ha ido adquiriendo en mercadillos, Felicidad encuentra espacio para trabajar esos enormes lienzos en los que desarrolla formas primarias que nos acercan a nuestros orígenes. «Al útero, a la unión con nuestra madre a través del cordón umbilical, que a su vez la vinculó a ella con otra madre, y así toda nuestra existencia», comenta la artista. Moreno es una pintora vocacional. Comenzó realizando paisajes interiores hasta que un cuadro de De Kooning le descubrió una forma de pintar donde poder comunicarse sin desnudar sus sentimientos. «Soy muy tímida y no me gusta mostrarlos abiertamente», afirma. Amigos comunes le han permitido compartir veladas en casa de diseñadores como Galliano o Alaïa, a quienes admira. Su armario es «muy práctico, siempre de negro o blanco». Y confiesa que no sabe andar con un zapato plano y que venera a Louboutin o Jimmy Choo. «Aunque termino comprando modelos más modestos, y mucho vintage. Si un zapato me gusta, me lo tengo que probar».

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    Emilia Azcárate. Venezolana, de padre español y madre mexicana, y afincada desde hace algo más de un lustro en Madrid, es la gran heredera de la tradición formalista latinoamericana. «Lo que rodea al mundo del arte es generalmente elegante, pero a los artistas nos gusta llevar la contraria. Podemos aparecer desaliñados aunque nos inviten a eventos o desfiles. Lo importante siempre es cómo se lleva algo, no la pieza en sí. No saber lucir una prenda resulta siempre peor que no ponérsela».

    Se educó en la escuela Saint Martins de Londres, en los años 80, rodeada de pintores, escultores y diseñadores de moda. «Una sufre transformaciones, evoluciona con la edad. De joven era muy punk. Detestaba los jeans y ahora no hay quien me los quite. A punto de cumplir los 50 años, me gusta la ropa de la gente joven. Quizá me interesa más la moda por la presencia de tantos diseñadores de corta edad en las firmas clásicas. Aunque mi favorito es Hussein Chalayan. Sus trajes se transforman mientras los llevas puestos». Tuvo su etapa visceral: pintaba con excrementos de animales, con su sangre o con leche materna durante su propio embarazo. Aún ahora sus experiencias vitales siguen filtrándose en su obra: una de sus series recientes, lienzos bícromos rasgados, surgieron de una ruptura sentimental. «Esa experiencia me había desgarrado y desgarró mi pintura». Años antes, en Trinidad, descubrió el budismo zen, que sigue practicando todos los días, e inició una de sus series más conocidas: una suerte de mandalas con chapas de refrescos de distintas ciudades del mundo. «La imperfección es fundamental: hay que aprender a vivir con las cualidades y los defectos».

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    Miren Doiz. Valor en alza del arte emergente en nuestro país, expande la pintura más allá del lienzo o incluso del propio pincel, y la vuelve efímera y temporal. «La moda está más presente en todos los aspectos de la vida. Gracias a una amiga que estudió en Londres he ido adquiriendo algunos conocimientos. Ella me descubrió a Martin Margiela». «No tengo miedo al espacio en blanco. Comienzo siempre de una forma muy caótica y luego voy aclarando mis ideas hasta dar con un resultado. Sin ningún reparo y sin preocuparme por si me equivoco: en verlo y corregirlo soy muy rápida».

    Miren Doiz (Pamplona, 1980) se ha hecho un nombre propio a través de la pintura expandida: aquella que se sale de los rigores normativos del lienzo. «Comencé primero a deconstruirlo, separando el bastidor de la tela. Luego utilicé los propios utensilios de la pintura, los tubos y botes, como soporte, algo con lo que he vuelto a experimentar ahora. Y me di cuenta de que lo que me gustaba era pintarlo todo: suelo, techo y paredes». Para la inauguración del nuevo espacio berlinés A Window in Berlín acaba de intervenir un contenedor industrial que rotará por la ciudad. Su última serie, No Painting, vuelve a quebrar los límites: collages con papel o telas que funcionan como pinturas sin terminar de serlo.

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    Soledad Sevilla. Premio Nacional de Artes Plásticas en 1993, es una de las grandes de la abstracción. Ha evolucionado desde el arte geométrico a una vía más sensorial ligada a espacios mentales. «Reconozco el valor de la moda como fórmula para presentarte y actuar en sociedad. Pero está creada por y para gente joven. Yo ya no lo soy, así que la veo con envidia».

    En los 70, Soledad Sevilla (Valencia, 1944) coincidió en el Centro de Cálculo de la Universidad Complutense con Sempere o Elena Asins. «Allí mi estilo derivó hacia un arte geométrico normativo». En los 80, sufrió otro cambio tras su paso por el MIT de Massachusetts, cuando comenzó a realizar instalaciones «que van un poco más por libre que mi trabajo pictórico, y partían de una necesidad de invadir el espacio con pintura». No le gusta distinguir entre artistas hombres y mujeres: «No creo que haya diferencia entre unos y otros. Pero al ver algunos de mis cuadros pienso: “Esto solo lo puede hacer una mujer”. Hay algo netamente femenino en mi obra». En moda, admira a Dries Van Noten: «Tengo alguna pieza, siempre comprada en rebajas».

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    Sandra Gamarra. Es la pintora de su generación más respetada de América Latina, por la profundidad de sus planteamientos conceptuales y su fiereza en defenderlos. Prolífica como pocas, su trabajo está presente en importantes museos como el MoMA de Nueva York o la Tate londinense. «Testino es un artista: no creo que la foto de moda pueda separarse de la fotografía que se expone en galerías, y además está moviendo la escena peruana local con su Asociación MATE [una sala de exposiciones en su hogar en Lima]». «Busco generar cierta incomodidad en el espectador. Aunque siempre me circunscribo a los elementos del arte, creo que mi pintura también habla del mundo. Tiene el potencial de exigir que te preguntes qué ocurriría si decidieras patear el tablero de la realidad», afirma.

    En España, la limeña Sandra Gamarra aprendió que no se concebía que un país no tuviera su museo. «Por eso creé el Limac (Museo de Arte Contemporáneo de Lima). En principio era solo una web que daba la apariencia de una institución real». Aunque delegó la dirección del Limac hace ya cinco años (ahora en manos de su pareja, el investigador y comisario Antoine Henry-Jonquères), Gamarra ya estaba concentrada en la pintura desde mucho antes. Se hizo apropiacionista: copiaba obras señaladas de los catálogos de grandes museos del mundo tal y como se representaban en sus páginas. Una denuncia del colonialismo cultural que la ha empujado hacia una posición de «total desconfianza ante las imágenes seleccionadas que terminan por conformar nuestra realidad».

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