Pierre Cardin predijo cómo nos vestiríamos en un futuro repleto de amenazas

Antes de hacer negocio con las licencias y convertirse en el tercer hombre más rico de Francia, el modisto fue pionero en diseñar un mundo que hoy, desgraciadamente, nos resulta bastante verosímil.

Tres diseños que realizó Pierre Cardin entre 1967 y 1975 Foto: Gettyimages

«Me gusta la ropa que no existe, imaginar el mañana». Lo que no sabía Pierre Cardin era que su ropa futurista, inspirada en la carrera espacial que marcó los años de la Guerra Fría, iba a volver a la actualidad más de medio siglo después. Cómo iba a saberlo; él, que diseñaba desde el ‘optimismo’ abrigos de tejido técnico y pantallas protectoras, pensando en un futuro de conquista espacial que él disfrazaba de utopía.

Protegido de Christian Dior y rechazado por su admirado Balenciaga, Cardin fundó su propia marca en 1950. Pocos años después, tomó una decisión revolucionaria: asociarse a los almacenes Printemps para hacer ropa ‘democrática’, producida de forma mecánica. Así nació el prêt à porter y así, también, el diseñador propició su despido de la Chambre Syndicale de la Couture et de la Mode, el organismo gubernamental que regulaba y regula la moda de autor en Francia. Fue así como, entre los años ’60 y los ’70, ya libre de ataduras y directrices, comenzó a crear con la moda su propia visión del futuro: para Cardin, el siglo XXI se atrevería con patrones tan geométricos que el cuerpo que los portaba era lo de menos, se enfundaría en tejidos técnicos (él mismo patentó su propia materia prima, Cardine, que protegía del calor, se adaptaba al cuerpo y era tan moldeable para la época que aceptaba acabados en tres dimensiones), se teñiría de colores planos y se acercaría al unisex. Pero, sobre todo, se adornaría con cascos, pantallas, pasamontañas o gafas de espejo, una parafernalia que serviría de protección frente a otros mundos posibles, propiciados por la carrera espacial y la amenaza nuclear que se cernía sobre aquellos años de Guerra Fría.

De todos los cambios en la industria que predijo Pierre Cardin este era, de lejos, el menos plausible. Él vaticinó la llegada del prêt-à-porter, fue el gurú estético junto a Mary Quant y André Courrèges del swinging London y del movimiento mod, fue pionero en integrar la moda en el diseño o la arquitectura y se adelantó al sistema de licencias con su nombre que muchos copiaron después (de hecho, sigue explotándolo, a sabiendas de que hace tiempo que perdió su aura, pero sin sentirse culpable por ello). Lo que no era tan probable es que ese futuro que él imaginó, esas pantallas protectoras, hoy volvieran a estar de actualidad, aunque por motivos muy distintos.

«Es el miembro de una escuela marciana: sus modelos van equipadas para cualquier actividad de ciencia ficción. Sus cabezas están protegidas con cascos de plástico, llevan máscaras de bombero y aras culinarias. Sus siluetas remiten a las peras, los torpedos o los misiles, pero con estructuras ligeras. Son la guardia espacial del futuro», escribía Cecil beaton en 1967 a propótico de Cosmocorps, una de las colecciones más célebres de Cardin. El modisto estaba tan obsesionado con la llegada del hombre a la Luna que terminó por diseñar trajes para la NASA, pero quizá, si su obra caló en su momento, no fue solo como fruto de la euforia, sino de un miedo latente que se ocultaba tras esos colores brillantes y esas poses despreocupadas.

«Tuve mucha suerte, diseñé en la posguerra, en un mundo que estaba por rehacer», comentó en una ocasión. Un mundo que vivía en constante amenaza y que, por eso, entre otros motivos, trasladó invenciones militares al diseño de la vida cotidiana. En 2008, una exposición el museo Victoria and Albert, Cold War Modern, puso de manifiesto que aquella estética, que moldeó todo el diseño, en sentido amplio, no solo estaba motivada por un nuevo futuro, también por un incierto presente. El miedo, como ocurre ahora, tuvo  que ver, y mucho, en la cultura visual.

En aquella exposición había, por ejemplo, una reproducción del famoso debate entre Nixon y Kushchev que tuvo lugar en 1959 en una casa prefabricada. En este ‘debate de la cocina’, como pasó a la posteridad, Nixon tenía la intención de demostrar a los americanos que las cosas prefabricadas eran un futuro que todos podían costearse. Un futuro equipado con alta tecnología doméstica. La casa como escenario y como punto de partida para construir un estilo de vida. «La guerra fría estableció un nuevo campo de talla: el hogar», escribía la comisaria, Jane Pavitt, en el catálogo que acompañaba a la exposición. ¿Les suena?

La idea subyacente estaba cargada de optimismo. En todas partes podían leerse eslóganes relacionados con una vida mejor, con la tranquilidad que aporta lo simple y lo funcional, con la felicidad que sobreviene a lo tecnológico…pero la traslación de aquel ideario se materializaba en casas ultraseguras e hiperequipadas para no tener que abandonarlas y en una moda que echaba mano de las técnicas militares para hablar entre líneas de protección ante la amenaza externa. Hasta Cardin creó su propio hogar, hoy carne de Instagram, en el Sur de Francia: el Bubble Palace, una especie de palacete construido a base de burbujas anexas que tiene, por lo que sea, cierto aire a un bunker de lujo.

Hoy, que las preocupaciones son otras pero el grado de incertidumbre es parecida, el futuro que imaginó Cardin vuelve a actualizarse, si bien, esta vez, sin ápice de optimismo. “Soy optimista. Las crisis son cíclicas, y se saldrá de esta como de las otras. Son momentos para la reflexión”, contaba Cardin a El País en 2008, en plena debacle económica. Sin embargo, otro de los contemporáneos de Cardin, el americano Rudy Genreich, vaticinaba a finales de los sesenta que «llegará un momento en que la moda no existirá, porque dejará de ser importante». No sabemos si está o no en lo cierto, pero resulta curioso comprobar cómo las profecías del presente apuntan a lo mismo: desde el minimalismo unisex y monocromo de la película ‘Her’ a 2049, una colección que lanzó el pasado enero Virgil Abloh en Louis Vuitton a base de uniformes técnicos más enfocados a la supervivencia que al adorno. Quién sabe.

 

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