¿Pagar por un guía turístico o visitar gratis con un greeter?

Nadie les impide contar anécdotas curiosas de diferentes rincones o plazas. Los greeters son esos lugareños voluntariosos que ejercen de cicerone en sus ciudades.

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Coexisten y no son incompatibles. Pero no se gustan. Mejor dicho, a muchos guías oficiales les incomodan los greeters, término anglosajón que deriva del verbo greet, que significa saludar. El greeter es un vecino amable de una ciudad que acoge al forastero y le acompaña como un amigo a recorrerla. Habla su idioma o el del turista. No puede explicar en museos pero nadie le impide contar anécdotas de tal plaza en plan informal o saberse los mejores bares de croquetas de su ciudad. No son guías pero lo parecen. Y la polémica está servida. ¿Qué prefiere usted, visitar una ciudad acompañado por un guía profesional que le lleva a los museos y monumentos imprescindibles de la ciudad aliñado con decenas de datos históricos, fechas y nombres de arquitectos, pintores y paisajistas, o hacerlo con un lugareño voluntarioso que, sencillamente, le muestra sus lugares favoritos de la ciudad? ¿Pagar por información sin duda interesante o pasear con un nuevo amigo, que lo hace totalmente de manera desinteresada pero que explica la ciudad a su manera y solo se detiene en las cosas que le gustan? ¿Tapear en un pequeño bar que solo conocen los locales o, en más ocasiones de las deseadas, acabar en un restaurante para guiris con la sospecha de que el guía se lleva una comisión? Para lo primero, contrate un guía profesional titulado. Para lo segundo, un greeter.

 

Como casi todas las ideas pintorescas el movimiento greeter nació en Nueva York en 1992. Y de la mano de una mujer, Lynn Brooks. A esta neoyorquina y enamorada de la ciudad de los rascacielos a finales de los 80 le repateaba que cada vez que decía “soy de Nueva York” la gente respondiera espantada “uy, allí atracan y matan a la gente en medio de la calle”. Ella conocía otro Nueva York, con tiendas agradables y restaurantes escondidos con trato familiar y estaba dispuesta a contárselo al mundo. Voluntariamente. La idea cundió y pronto se le unieron otros voluntarios de la Gran Manzana dando lugar al Big Apple Greeter. Veinte años después hay greeters por medio mundo, desde París a Berlín. En España llevan desde hace un año en Bilbao, donde lo mismo se van contigo de pintxos que te llevan con todo su entusiasmo athlético a la catedral de San Mamés.

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Los greeters aderezan sus visitas con anécdotas y curiosidades.

Hace dos años en una entrevista concedida al New York Post, Brooks explicaba que los greeters “no hacen tours. Son experiencias personales”. No cobran aunque aceptan donativos de corporaciones o propinas de los propios visitantes. Y cuentan con voluntarios capaces de hablar en casi todas las lenguas posibles.

 

Encontrar el greeter ideal para cada visitante es tan sencillo como buscar la pareja perfecta en el ciberespacio. Quienes recurren a los greeters tienen claro que están hartos de retahílas de informaciones históricas y que buscan otra manera de visitar una ciudad. El greeter es el amigo-guía perfecto a la carta. Para solicitar la compañía de un greeter solo hay que rellenar un formulario en Internet con las fechas de visita, horario preferido y gustos personales. Que puede ser desde buscar tiendas de diseñadores locales a recorrer la ciudad haciendo jogging. Todo es posible siempre que el grupo no supere los seis visitantes. Algo así como una cita a ciegas: se cierra lugar y hora y a descubrir la ciudad. Entre los greeters hay jubilados con ganas de seguir en activo, estudiantes con afán de practicar idiomas o enamorados de su ciudad con tiempo libre suficiente como para acompañar a los visitantes por las calles de su ciudad. Juegan la baza de la no profesionalidad como sinónimo de frescura y se apuntan el tanto de favorecer el turismo sostenible al salirse, por lo general, de las rutas habituales de los guías profesionales para visitar lugares recónditos, tiendas de diseñadores, panaderías artesanas, barrios… Nada académico y sí mucho de familiar, casi de colegueo. En pocas palabras, el amigo que todos querríamos tener en nuestra ciudad de destino.

 

Los guías profesionales miran de reojo, no sin recelo, a estos cicerones voluntariosos. No les pueden acusar de intrusismo propiamente dicho porque los greeters dejan claro en todo momento que no son guías ni acometen visitas turísticas en sentido estricto, negociado éste que es exclusivo de los guías profesionales titulados. Pero ahí están y lo hacen gratis, algo que tiempos de crisis suena a música celestial. Y con entusiasmo, una cualidad olvidada por algunos guías oficiales que llevan lustros repitiendo la misma cantinela con escaso afán, regalando a los turistas un panaché de fechas, arquitectos, reyes y guerras imposibles de recordar y recomendando tiendas de souvenirs y restaurantes de calidad cuestionable.

 

Luego está la delgada línea que separa al guía del greeter. Explicar la historia del Museo del Prado fuera del mismo, ¿es competencia exclusiva de un guía titulado o puede un madrileño de pro dar algunas pautas sin acabar en comisaría por intruso? Más aún, ¿se puede acusar de intruso a alguien que acompaña a un turista de manera voluntaria y sin cobrar nada a cambio?

 

Así las cosas en los dos últimos años en Internet hay una auténtica euforia con el movimiento greeter y son muchos los blogs donde se refieren a ellos directamente como “guías gratuitos”. Por eso los profesionales del gremio permanecen alerta, promueven reuniones con las autoridades responsables de turismo y piden a la policía local que vigile cualquier actividad que sea constitutiva de intrusismo.

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