Nunca salió del anonimato y abandonó sin explicaciones: así forjó el diseñador Martin Margiela su leyenda

Se saltó todas las normas, y eso lo convirtió en un mito: diseñó lujo con prendas de segunda mano, quitó privilegios a la prensa y se ocultó durante 30 años. Diez años después de dejarlo todo, Margiela se justifica en un documental.

Las manos de Martin Margiela ajustan un vestido en el documental 'Margiela in his own words'

Un usuario anónimo ‘estrenó’ el pasado marzo el documental Margiela in his own words a través de PornHub. La cinta, prevista para ver la luz previo pago el 18 de abril, se retiró de la plataforma horas más tarde, pero la metáfora ya estaba hecha: Martin Margiela, el diseñador más esquivo del mundo, el gran mito de la moda reciente, hablaba por fin al mundo, 30 años después, a través de la gran web de cine para adultos. Si no fuera porque el creador belga lleva una década retirado, esta maniobra de marketing de guerrilla podría haber sido perfectamente orquestada por él.

La colección otoño / invierno 1995 hace las veces de cartel del documental ‘Margiela in his own words’.

Lo cierto es que, como tantas otras cosas en este relato, no está claro por qué el creador belga ha decidido por fin dar la cara (o, mejor dicho, las manos, porque sigue sin airear su rostro) y contar su propia historia durante una hora y media. Ni siquiera Reiner Holzemer, el director del documental, lo sabe. «En 2018 se estaba preparando una exposición sobre su trabajo en el museo Galliera de París. Su director por aquel entonces, Olivier Saillard, le pasó nuestro contacto. Contestó a la ocho meses. ‘Vale, podemos vernos’», explica. No le hizo preguntas, solo se limitó a dejarle hablar, con la esperanza de comprender así cómo se forjó una leyenda que aún hoy sigue fascinando a miles de personas en todo el mundo.

Salidas de su desfile primavera/verano 2010, el último de Martin Margiela al frente de su firma. Foto: Gettyimages

«Nunca me gustó la idea de exponerme. Quería que mi producto hablara por sí solo, sin intermediarios», explica el diseñador en la cinta. Un argumento quizá demasiado simplista, teniendo en cuenta que no siempre fue así. Si bien es cierto que Margiela tuvo problemas desde el inicio con las entrevistas y la exposición mediática, «al principio, solía recibir a la prensa para explicarle las colecciones. Aunque no haya entrevistas al uso, muchos periodistas lo conocen y han hablado con él personalmente en varias ocasiones», cuenta un exmiembro de su equipo. Uno de esos afortunados fue el joven Felipe Salgado, editor de moda por entonces (después, gerente del showroom barcelonés que aglutinó lo mejor del diseño de vanguardia durante los primeros años de este siglo). Él es el autor de uno de los pocos perfiles que existen sobre el creador belga comentados por él mismo. Lo publicó en 1990 en la revista Ajoblanco. El propio Martin realizó los collages que lo ilustran. «Yo no tengo la sensación de que tenga un estilo duro», explica allí. «Habiendo odiado los ochenta, siento la necesidad de romper algo. No hay evolución, sino una pequeña revolución». Fue precisamente esa ruptura con lo establecido la que le llevó a obtener un puñado de malas críticas, algunas motivadas por la incomprensión de su trabajo y otras, tal vez, por haberle quitado a la prensa de moda el lugar privilegiado del que gozaba (ya en su primer desfile de 1988 prescindió del tradicional sitting que establece jerarquías entre los invitados). «La ropa está muy bien cortada, pero parece una parodia de Comme des Garçons. No espero que un diseñador me dé lecciones de vida», escribía la reputada crítica Laurence Benaïm en Le Monde en 1989, tras aquella ya mítica colección presentada en un descampado de un apartado suburbio parisino. Esa práctica, la de transportar a los muy ilustres invitados muy lejos de su zona de confort, es hoy una de las especialidades marketinianas de uno de los más fieles discípulos de Margiela, Demna Gvasalia (Balenciaga), pero hace 30 años la industria se movía a través de ritos anquilosados. Y a Martin no le sentó muy bien que, mientras las ventas crecían y la clientela empezaba a convertirse en fanática, los medios no le acompañaran en su pequeña gran revolución. Fue entonces cuando el ‘yo’ dio paso al ‘nosotros’ y los escasos encuentros con prensa se convirtieron en entrevistas por fax escritas en plural mayestático. Fuera una estrategia de marketing, un enfado monumental, un ejercicio de pudor o muy probablemente una mezcla de las tres, el hecho es que de aquel gesto nació el mito. «Recuerdo que Annie (Leibovitz) dijo, ‘Martin, si estás aquí, esta es tu última oportunidad para salir en la foto’. No le sentó muy bien que nadie contestara», recuerda Stanislas Maryshev, quien fuera su jefe de ventas, a tenor de la instantánea que la fotógrafa publicó en la edición americana de Vanity Fair en 2001: en el patio de su nuevo estudio, todo su equipo, ataviado con sus batas blancas, posa al estilo de un equipo de fútbol. A la derecha, una silla vacía, la de Martin, y a su lado, una mujer rubia, Jenny Meirens, quien fuera la socia y mitad creativa de la marca, aunque el belga la mencione solo de pasada en el documental.

Imagen de ‘backstage’ de la colección primavera / verano 1995. Foto: Gettyimages

‘Lobby’ en la sombra

Un halo de introspección rodea a su figura. «Quizá soy alguien demasiado serio para este negocio», sostiene él mismo en el documental. Su entorno cercano, sin embargo, da a entender lo contrario. «Recuerdo especialmente cuando me filmaba con la cámara Super-8, en blanco y negro. Eso fue en los noventa, en París. Era muy emocionante usar aquella ropa fabulosa y caminar con él por el boulevard Saint Denis. ¡Y de vuelta en su estudio seguíamos y nos divertíamos mucho! Siempre me hacía reír. Juntos vivimos momentos libres y despreocupados», rememora su musa y amiga, la modelo Kristina de Coninck. Se conocieron en 1989, «a través del fotógrafo Ronald Stoops y la maquilladora Inge Grognard», o lo que es lo mismo, a través de dos de los miembros de la estrecha comunidad que rodeaba y rodea al modisto, casi todos miembros de la Royal Academy of Fine Arts de Amberes, la escuela que formó en una misma promoción a Walter van Beirendonck, Dries van Noten o Ann Demeulemeester, y en la que Margiela se licenció dos años antes. «Yo era asistente de Walter y era él quien me decía que Martin era genial y el que me llevaba a sus desfiles», recordaba Raf Simons en el cortometraje The artist is absent (2015). Ese colectivo de jóvenes creadores con ganas de cambiar el sistema fue parte del éxito de Margiela: Patrick Scallon, su audaz jefe de prensa, es ahora pareja y mano derecha de Dries. Nina Nitsche, su asistente durante 20 años, fue hasta hace bien poco directora de desfiles de Gvasalia (otro alumno aventajado de Amberes) y Lutz Huelle, diseñador de las prendas de punto, tiene hoy una firma homónima que bebe de lo aprendido en sus años con el creador. Todos lo conocen y muchos lo visitan a menudo, pero un tácito código de lealtad les impide desvelar su imagen, su paradero y su ocupación actual. Tampoco nadie dijo nada de su espantada tras el desfile de otoño de 2009. Había vendido la marca al grupo OTB, propiedad de Renzo Rosso, un par de años antes; como tantas otras veces, el gran grupo inversor se comía a la firma de autor. Solo Nitsche, su asistente, conocía sus planes. Se largó del backstage sin mirar atrás y el mundo se enteró semanas más tarde; nadie de su equipo se quejó. Cuando el pasado enero su mentor, Jean-Paul Gaultier, se despidió de las pasarelas, decenas de cronistas, del Dazed & Confused a Vogue, pasando por The New York Times, mencionaron que Martin estaba allí, despidiendo a su maestro en una de las primeras filas. Todos lo vieron, pero nadie quiso dar más datos. La prensa que lo despreciaba ahora lo ve como una figura de culto a la que admirar desde lejos.

Margiela diseñó las botas Tabi en 1988 para la colección de p-v 1989. Han pasado 30 años y siguen vendiéndose como el mayor icono de la firma. Foto: Gettyimages

Vestirse ‘a lo Margiela’

«Tenemos la mayoría de su archivo. En parte, decidimos hacer la exposición porque no parábamos de ver a gente vestida con reproducciones de cosas que él inventó», explica Alexandre Samson, comisario del Museo Galliera y encargado de la retrospectiva Margiela/Galliera 1989-2009, la primera en la que el diseñador participa activamente que, según cuenta Samson, dio pie al documental, «como una forma de explicar el proceso de creación de la muestra. Él no conserva casi nada, solo documentos, y la idea de que explicara su reencuentro con las prendas resultaba fascinante. Algunas las desechaba, otras las quería mostrar con una escenografía concreta de la que él mismo se encargó», añade. Se podría decir que Martin Margiela rompió con casi toda la moda anterior y sentó las bases de casi toda la actual: su obsesión por el producto le llevó a enmascarar a las modelos, a firmar con una etiqueta en blanco y a convertir el proceso de producción en un elemento de lujo. Su idea era hacer alta costura con prendas recicladas y presentar las colecciones con shows cercanos a la performance en los que las piezas eran elementos casi vivos.

Sin embargo, todo lo anterior importaría poco sin dos cuestiones que escaparon a su maniático control. Por un lado, la proeza de que, casi desde el principio, se hartara a vender todos aquellos trajes radicales a una clientela entregada sin necesitar el favor de los medios de comunicación: «Fueron momentos muy emocionantes. Se generó una corriente muy natural entre él, su compañera Jenny, el equipo comercial, las tiendas y los clientes. Era como si entre todos creáramos el producto final. Había muchas emociones no verbales», comenta Rosa Orrantia, una de las primeras compradoras que apostó por vender Margiela desde el principio en su tienda bilbaína, Persuade. («Cortamos la relación cuando la marca la compró una empresa de moda», añade). Por el otro, el milagro posterior de que, mucho después, la gente no solo siga llevando sus prendas, también copiando su estética. «Nos dimos cuenta de que más allá del producto había una forma de hacer las cosas, una actitud, que algunos visitantes a la exposición ya tomaban como normal, aunque la creara él», comenta Samson. «Hicimos un evento el pasado noviembre y muchas clientas nos cedieron ropa de sus inicios. Era increíble comprobar cómo las emociones del principio seguían ahí. Aunque no creo que Margiela cambiara la forma de entender la moda, sino que supo dirigirse a un público que entendía la moda como él», opina Rosa Orrantia.

Colección primavera / verano de 1993. Foto: Gettyimages

Hoy Maison Margiela sigue en manos de OTB y, he aquí las ironías del destino, tiene como director creativo al muy mediático John Galliano. Pero ¿por qué justo ahora Martin decide hablar y trabajar en su archivo? ¿Planea volver o solo reafirmarse? Quizá lo ha hecho para dar la réplica a otro documental, We Margiela (2018) , que no le dejaba en buen lugar, acusándole de haber ejercido un liderazgo abusivo sobre su equipo. O quizá porque, simplemente, ha decidido que el momento ha llegado (de hecho estaba involucrado en una exposición, ahora pospuesta, de sus bocetos en la Fundación Lafayette de París). Sea por los motivos que sea, nadie, por supuesto, ha querido o sabido responder a esta pregunta.

Etiquetas:
  • También en Instagram

    App S Moda
  • Este mes

    Nuevo número

    Revista S Moda
Cerrar

NEWSLETTER

Las mejores historias de actualidad, moda, belleza y feminismo en tu email cada semana.

Apúntate aquí
No me interesa