Mujeres en la sombra que hicieron historia

No pasaron por el altar, vivían en la sombra, en la inmoralidad y desprotegidas por la ley, pero las amantes cambiaron, en muchos casos, el rumbo de la historia

María Félix

Coco Chanel, o Cocotte («mujer ligera»), se deshizo de todo corsé. Sus trajes, libres de ataduras, representaban el modo de vida que eligió llevar. Gracias al playboy Étienne Balsan abrió su tienda de sombreros en el Boulevard de Malesherbes. Pero fue un hombre de la alta sociedad inglesa, Arthur Boy Capel, quien la ayudó a catapultarse como la gran dama de la moda. Capel fue su gran amor y amante hasta que falleció en un accidente de tráfico. Tras él pasaron por las delicadas sábanas de Chanel desde Igor Stravinsky y el duque Dimitri de Rusia hasta el duque de Westminster, a quien rechazó como marido: «Duquesas de Westminster ha habido muchas, Chanel solo hay una».

Coco era libre por vocación. Su dependencia de los hombres era económica (sobre todo en sus comienzos) pero no emocional. Mujeres como ella son las responsables de que la palabra amante evoque una misteriosa figura envuelta en volutas de humo. Un objeto de deseo inmoral, sí, pero coqueto (del francés coq, «gallo», y por qué no cocotte, también «gallina»), cuyo reino es el tocador. Amantes, bellas damas estiradas en su chaise longue, con una copa de champán entre los dedos y una caja de chocolates en el regazo. Pero esto no fue una realidad más que para un puñado de féminas excepcionales en la historia. Hoy, la libertad sexual y la autonomía económica han aportado a estas mujeres armas de las que antes carecían. «Es más común que se enamoren fatalmente de sus compañeros de cama», reconoce Elizabeth Abbott, autora de Amantes: las otras que hicieron historia.

Todas han sido siempre objeto de cuidados regalos, un importante activo para el sector del lujo. Un estudio del portal de citas The Ashley Madison Agency revela que, en Navidad, los hombres se gastan cerca de 74 euros de media en los regalos a sus esposas y 154 en sus amantes. También el contenido del paquete es mucho más excitante para las segundas –que reciben joyería, lencería y bonos para un spa– que para las primeras (perfume, productos del baño y tarjetas regalo). La bisabuela de Abbott, señora de su casa, madre abnegada y otra serie de atributos de la rectitud moral y social, vivió esta circunstancia en sus propias carnes. Pero había llegado a un acuerdo con su marido. «Por cada diamante que regalaba a su última querida, debía comprarle uno a ella. De este modo, la bisabuela Minnie se hizo con una nutrida colección de anillos, pendientes, broches y gemas sin cortar, que pudo dejar en herencia a sus descendientes».

Los diamantes, tan asociados al amor, ya sea matrimonial o pasional, no siempre han sido los mejores amigos de las mujeres. Hasta el siglo XV, fueron una señal de poder reservada a los hombres. Hasta que Agnès Sorel, concubina de Carlos VII de Francia y primera amante reconocida en una corte real en Europa, apareció en público con un diamante pulido. No solo fue icono de moda, también se erigió en una de las mujeres más influyentes de la época, incluso en cuestiones de política. Aceptada como maîtresse en titre (amante oficial), Sorel dio cuatro hijos al monarca (todos reconocidos), lo cual no impidió que la reina María de Anjou se convirtiera en íntima y leal amiga suya. Pero el pueblo no fue tan benevolente. Se decía que Carlos VII desviaba dinero del erario público para regalar joyas, tapices y mansiones a su amada, mientras sus súbditos no cubrían sus necesidades más primarias. Nada nuevo bajo el sol.

Sorel gozó de un trato inédito en un Occidente cuyas leyes siempre han regulado en contra de las amantes. Solo las gonsai en Japón disfrutaron hasta 1883 de una protección legal similar al de las esposas. Pero donde existe el matrimonio existe el concubinato. «Cuando un hombre se casa con su querida, se crea automáticamente una vacante laboral», decía Jimmy Goldsmith. El multimillonario británico murió rodeado de su mujer, sus exesposas y sus barraganas.

Las otras han vivido alejadas de la legalidad, la moralidad y la visibilidad. Algunas por necesidad, otras por opción vital. Muchas de estas últimas se enfrentaron a los estigmas de la sociedad de su época e incluso marcaron historia. La primera que pasó a los libros, en este caso la Biblia, fue Agar, la concubina de Abraham, presentada a su marido por Sara, quien no podía tener hijos. En la Grecia clásica, Aspasia, de quien decían que era una hetaira –cortesana de la época–, satisfizo los deseos del general Pericles; pero fue también una destacada maestra de retórica, a cuyas tertulias asistían Sócrates, Platón, Aristófanes y Jenofonte, entre otros. Como ella, otra intelectual, Emilie Le Tonnelier, marquesa de Châtelet, pasaría a la historia por su romance –fue amante de Voltaire–, más que por su propia obra. Pero Emilie, matemática y física, tradujo y comentó el Principia Mathematica de Isaac Newton.

También las hubo guerreras. La Malinche marcó el curso de los acontecimientos en Las Indias. Indígena mesoamericana, se convirtió en la amante, intérprete y confidente de Hernán Cortés y llegó a participar en las expediciones de la conquista de México y de control en centroamérica. En 1523, La Malinche tuvo un hijo del conquistador español, Martín. Siglos después, en el mismo continente, Celia Sánchez (1920-1980) susurró al oído de Fidel Castro durante la revolución. El papel de la querida nunca confirmada fue crucial en la vida del dictador: fue su asistente y su oportuna retaguardia en más de una batalla rebelde. Menos glamurosas ambas que sus homólogas cortesanas europeas y amantes de maharajás, que han dejado para la posteridad preciadas colecciones de joyas, palacios y telas.

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