Mujeres con tablas: las más grandes del teatro español

Reunimos al elenco de intérpretes femeninas con el que todo director de teatro español soñaría. Son las más grandes de tres generaciones.

Mujeres con tablas

Foto: Gorka Postigo

Salón señorial de un palacete del Madrid de los Austrias. La luz entra con fuerza por los grandes balcones e ilumina las vetustas telas de las paredes. Aparece en escena una emocionada Concha Velasco envuelta en un abrigo. Se lleva la mano al pecho y exclama: «En esta casa vivía mi Pigmalión, Pinto Coelho. Aquí me presentó a Nureyev, a Margot Fonteyn, a Dalí… Y en este piano me pedía que les cantara cuplés a todos». Y comienza a entonar La niña bien para sorpresa del equipo. Una tras otra, las actrices que mejor pisan los escenarios de este país posan para S Moda. Reunirlas ha sido una odisea. Premios Nacionales, intérpretes reconocidas y grandes promesas se saludan con complicidad y mucho cariño. Todas, al unísono, protestan por el abandono institucional que vive el teatro y su 21% de IVA. Pero también coinciden al elogiar la buena salud de la que goza la creatividad de la escena española.

NATHALIE POZA
La chica de Animalario

Llega destrozada. La noche anterior ha representado la última función de su desgarradora actuación en Desde Berlín, la obra de Andrés Lima en la que interpreta a una prostituta. Cuando aparece Carmen Machi, su amiga, le grita: «¡Nos han teñido el pelo igual para hacer de putas!». Ríen. Poza estudió con Cristina Rota durante cuatro años y en la escuela coincidió con Alberto San Juan, Willy Toledo y Ernesto Alterio. «Fue un momento mágico, y ahí surgió la compañía Animalario». Sí, en ésta también había mujeres: ella. Corría 1997 y a partir de ahí no paró de trabajar. «Hubo algo especial en ese encuentro que nos hizo continuar en la profesión a todos. Fue hermoso por la manera de entender el teatro y la vida juntos». Pero el montaje que cambió su carrera fue A cielo abierto, junto a Josep Maria Pou. «Yo venía de hacer un curso de interpretación con Susan Watson, coach de Juliette Binoche y Nicole Kidman, y esta obra me hizo cuestionarme como mujer y como artista. Creo que vivimos en un mundo demasiado masculino. Los que toman las decisiones son hombres o mujeres con actitudes machistas. Incluso puede molestar el punto de vista que le das a un personaje si lo haces con apreciaciones excesivamente femeninas».

Empieza el rodaje de Carlos V y en septiembre volverá con Desde Berlín (focus.es).

Mujeres con tablas

Blanca Portillo y Vicky Peña.

Gorka Postigo

CONCHA VELASCO
Una vida dedicada a la actuación

«Yo quise ser actriz porque de niña me apasionaba Mari Carrillo. Y como cuando admiro a alguien siempre deseo trabajar con esa persona, para aprenderlo todo, fui a por ello hasta conseguirlo». Concha, que a base de ser una trabajadora incansable y cercana como pocas, se ha convertido casi en un miembro más de las familias españolas, no se imagina su existencia sin subir a un escenario. «El teatro lo ha sido todo en mi vida. Yo vivía en Marruecos con mi familia porque mi padre era militar. Y en el año 50 él pidió el traslado a Madrid para que me matriculara en el conservatorio de baile». A partir de ahí se convirtió en una estrella patria. Que tire la primera piedra quien no haya bailado alguna vez La chica yeyé.

A sus 75 años, tiene una función diaria de la obra Olivia y Eugenio, y el día que libra graba en RTVE Cine de Barrio. Nos cuenta que, con este texto, se está enfrentando al personaje más comprometido de su carrera: «No me gusta decirle al espectador que me cuesta mucho hacer lo que hago. Pero en este caso sí, porque salgo a escena con dos actores con síndrome de Down. Y una cosa que parecía gratificante en los ensayos, y que me dignificaba como actriz y persona, se ha convertido en una función teatral para un público que paga. No es algo experimental. Y para mí el teatro es sagrado. Con decir que nunca lo piso vestida de calle… El escenario es mi iglesia, mi dios. Y haya estado quien haya estado en el poder, siempre ha habido gente maravillosa creando en él».

Olivia y Eugenio, dirigida por José Carlos Plaza, estará hasta el día 25 en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Después continúa su gira por Las Palmas el 6 y el 7 de febrero.

CARMEN MACHI
La naturalidad del oficio

La actriz que abandonó en su momento álgido Aída, «la serie más transgresora de este país», explica que no estudió para interpretar. «Empecé en una compañía semiprofesional. Cuando llevaba años trabajando me presentaba a las pruebas de la escuela de arte dramático y no me cogían». Pero en 1993 hizo unas audiciones en el Teatro de La Abadía y la seleccionaron. «Entonces fui consciente de que existían las sastras, el maquinista, los maquilladores… Flipé y pensé: ¡Nunca más volveré a montar un decorado!», dice emulando a Escarlata O’Hara.

Ella comparte la buena situación actual de su profesión: «No sé si es por la suerte de la gente que me rodea o por los productos que hacemos, pero donde voy se llenan las salas. Y se están viendo textos arriesgados como Los Mácbez de Cavestany. Yo estoy constantemente emocionada».

Confiesa que muchos compañeros han sufrido sus ataques de risa en el escenario. «Me han dado mil. Soy terrorífica. Pero es que si te sales mínimamente del papel y te ves desde fuera te parece absurdo hacer teatro. Con esas pintas y esos pelos… [ríe]. He hecho funciones en las que han tenido que bajar el telón». Carmen se quita importancia constantemente pero, gracias a piezas como la Tortuga de Darwin o Juicio a una zorra, tiene en su haber los premios importantes de interpretación de este país. Respecto al género, reflexiona que le parece curioso que «antes, los hombres tuvieran que vestirse de mujeres para hacer personajes femeninos. Ahora nosotras hacemos de ellos para dar una mirada más larga y con más proyección».

El día 24 de enero estará con Los Mácbez en Granollers (losmacbez.es). Entre el 21 de abril y el 21 de junio actuará en Antígona, de Miguel del Arco, en el Teatro de la Abadía (teatrodelaciudad.es).

Mujeres con tablas

Ana Belén, de Boss Runway Edition, pendientes y brazalete de Isidoro Hernández.

Gorka Postigo

BLANCA PORTILLO
Certificado de garantía

En 2012 ganó el Premio Nacional en el apartado dedicado a esta profesión por «asumir nuevos retos escénicos y defender el teatro como compromiso de la sociedad». «Yo no lo hago para pasar el rato ni para hacer que la gente se olvide de sus problemas. Con una obra cambias mentalidades, reivindicas cosas. Por eso le ponen tantas trabas. Es más fácil tener una ciudadanía que piense menos».

Blanca reconoce que, como espectadora, va a menos funciones de las que le gustaría: «Somos muy endogámicos y estamos todo el día mirándonos los unos a los otros. A mí, lo que me conmueve es que haya gente que pague por ir a verme». Y tanto. Las entradas para su último monólogo, El testamento de María, se agotaron a los dos días de salir a la venta en Madrid. Luego está su trabajo como directora. «Trato de colocarme en distintos puntos de vista. También he hecho espacios escénicos y producción. No creo en los actores que van solo de intérpretes. Saber lo que significa todo lo que hay alrededor te da humildad y capacidad para ver la totalidad». Cuenta que le resulta más emocionante «que piensen que me lo curro mucho a que me llamen La Portillo, como si fuera una diva. Yo no cobro sueldos millonarios, ni tengo seis pisos, ni vivo en El Viso. Mi casa está en el Rastro y, como cualquiera que tiene una pyme, intento que mi oficina funcione y pago el sueldo a la gente». Y sueña en alto con tener una sala propia en Madrid. «Pero tampoco me importaría que estuviera a las afueras de la ciudad, como la de Peter Brook en París».

El testamento de María empieza su gira el día 31 en el teatro de Salt de Girona (cdn.mcu.es). Don Juan Tenorio estará hasta el 15 de febrero en el Pavón de Madrid. El resto de fechas, en donjuan2014.com.

VICKY PEÑA
La fiera discreta

Lleva desde niña vinculada a las tablas. «Mi madre era actriz, así que yo veía la función cada día. Aprendí como voyeur. Enseguida me di cuenta de que, aunque decían lo mismo, un día me emocionaban y otro no». Para ella «el teatro es la forma que tengo, como ciudadana, de plantearle algo a la sociedad. Es una actividad de riesgo, porque solo queda en la memoria y a unos les puede hacer reflexionar y a otros les puede parecer una banalidad». Se mantiene firme al expresar que las artes escénicas «en España están al borde del abismo, haciendo equilibrios. Y por parte de los políticos es para vomitar. Un horror el ministro de Cultura, otro el de Hacienda, y el 21% de IVA no es un impuesto, es una venganza». Pero lo que lleva peor son los móviles encendidos mientras actúa. «Mirar hacia las butacas y ver cinco caras azules es una falta de respeto hacia los que estamos intentando atraparles con una historia». Esta actriz galardonada con el Nacional de Teatro en 2009 (en 2014 recibió también el Premio Actúa) no tiembla a la hora de explicarse: «Tengo muchos momentos en los que estoy en paro. El año pasado tenía un bolo al mes, y con eso no vivo. Pero he tenido la fortuna de que las obras en las que he participado han obtenido mucha repercusión, y con descubrirle a una persona quién fue, por ejemplo, María Moliner con la pieza El Diccionario, doy por satisfecho el bolo de ese mes».

Largo viaje hacia la noche está el 16 y 17 en Las Palmas de Gran Canaria, el 25 en Málaga, del 29 al 1 de febrero en Sevilla, 20 y 21 en el Teatro Principal de Zaragoza.

ANA BELÉN
La elegancia en escena

Nunca ha bajado el ritmo. Sus descansos teatrales siempre han sido para grabar, llevar sus discos de gira o rodar una película. Ahora viaja por toda España con la obra de Vargas Llosa Kathie y el hipopótamo. «En esta profesión no te puedes tomar un año sabático». Cuando tenía 14, estaba en el Teatro Estudio Madrid y su maestro, Narros, le dio el mejor consejo de su vida: «Si quieres dedicarte a esto hay que estudiar, porque se aprende». Pasó el tiempo y en 1978 junto a él, William Layton y José Carlos Plaza, entre otros, montó «la compañía del Teatro Estable Castellano con una filosofía parecida a la del actual Teatro de la Ciudad», recuerda.

Ana Belén piensa que, «al contrario que en el cine, el teatro está lleno de personajes femeninos potentes y con entidad». Y echa en falta una tradición más cuidada de las artes escénicas en este país. «Desde el colegio, como en Inglaterra. Aquí llevan a los alumnos a ver una obra para que se desasnen. Y yo lo he sufrido cuando han venido sin haberles preparado contándoles lo que iban a ver. Es un problema de educación y de la necesidad que tenga un país de su cultura. Si aquí decidimos que no es necesaria, es que somos unos cafres».

El 16 estará en Valladolid. Después en Málaga, Coruña, Almería, etc. (maguimira.es).

Mujeres con tablas

Kiti Mánver y Aitana Sánchez-Gijón

Gorka Postigo

KITI MÁNVER
Eterna frescura

Acaba de comenzar su carrera como actor. «En Las heridas del viento interpreto a un hombre, y me ha dado muchas satisfacciones, como el Premio Ceres. Es una obra hecha desde las carencias económicas que estamos viviendo, que busca hacer teatro desde la esencia». Como decorado, solo hay dos sillas y cuatro pequeños focos. «En épocas difíciles, la imaginación y las ganas de seguir luchando abren la luz de la creatividad de la gente». Habla también del auge de aperturas de pequeñas salas de exhibición «en las que ni sus dueños pueden vivir de eso, aunque sirven como muestra de todo el talento que hay». Kiti admite que, desde que comenzó, tuvo cerca a grandes intérpretes de los que lo aprendió todo. También que sobre las tablas ha tenido más suerte que en la pantalla: «Los roscos buenos me los tomo en el teatro, donde he hecho protagonistas. En el cine he sido actriz de reparto. Y nunca he dicho que no a tres frases; se le puede sacar jugo a todo. La gente se sabe de memoria algunas de mis intervenciones en las películas de Almodóvar. Pero es que a mí me dan un personajillo y me lo tomo como si fuera lady Macbeth o la Celestina. Así es este oficio».

Hasta el 1 de febrero, Las heridas del viento está en el Teatro Lara de Madrid. Después recorrerá España, Londres y México (lasheridasdelviento.com).

AITANA SÁNCHEZ-GIJÓN
El compromiso de una profesión

Lleva desde los 16 años actuando. «Mi escuela ha sido el trabajo. Y Las criadas y La Chunga, las obras que más me han ayudado a crecer». Percibe que el proceso creativo actual es espléndido. «Pero estamos abandonados por las instituciones y esto complica que el entramado de esta profesión se desarrolle». Aun así, surgen proyectos interesantes como el Teatro de la Ciudad, en el que está involucrada. «Tres grandes directores del momento como Sanzol, Lima o Del Arco se han juntado para montar las tragedias griegas Edipo rey, Antígona y Medea. Y todas compartirán los mismos técnicos e incluso escenografía». Aparte, Aitana entra cada semana en miles de hogares con la serie Galerías Velvet. Pero le hace más ilusión que la reconozcan por una obra de teatro. «Aunque agradezco mucho que mi trabajo sea visto masivamente y guste; soy yo la que va a sus casas. Sin embargo, el espectador de teatro es selectivo y reconozco un esfuerzo y un acto heroico en salir de casa y pagar tu entrada». Ahora se encuentra finalizando los ensayos que la llevarán a compartir cartel, por cuarta vez, con el Nobel Mario Vargas Llosa. «En esta ocasión en Los cuentos de la peste, una versión libre del Decamerón escrita por Mario».

El 28 de enero estrena Los cuentos de la peste en el Teatro Español de Madrid y el 23 de abril Medea, de Andrés Lima, en el Teatro de la Abadía.

ESTEFANÍA DE LOS SANTOS
La musa de Messiez

Con siete plantas, una botella de ron y un monólogo suyo, se compone una de las pequeñas joyas de la escena actual. «La primera vez que representé Las plantas recibí los mejores aplausos de mi vida», dice. El gran público la descubrió en la cinta Grupo 7, con la que la nominaron a los Goya. Pero ella llevaba a sus espaldas giras de teatro como la de Urtain. Cuenta que prefiere las salas pequeñas. «Aunque me gustaría actuar en Mérida. Como espectadora me imaginaba saltando como los espontáneos del fútbol». También antepone las tablas al cine, «que es como un coitus interruptus». Ahora ensaya Terror y miserias, con Sanchís Sinisterra y parte del elenco de Marca España de Alberto San Juan. «Estrenaremos en febrero en la apertura de los antiguos cines Luchana de Madrid como salas de teatro».

Las plantas, el 13 de febrero, Teatro Central de Sevilla, y luego en el Lara (Madrid).

Mujeres con tablas

De izq. a dcha. Estefanía de los Santos, Irene Escolar y Bárbara Lennie.

Gorka Postigo

IRENE ESCOLAR
Pura genética

Àlex Rigola, el actual director de la Bienal de Teatro de Venecia, le dio su primera oportunidad a los 17, pero ella recita de carrerilla este mantra familiar: «No tomarse esta profesión como un juego, sino como un oficio. Entender que el éxito no está en la búsqueda del estrellato, sino en defender tu personaje cada día, sea el que sea. Y constantemente aprender para seguir arriesgando». Tiene 26 años y las cosas claras: «No puedo estar un año sin subirme a un escenario. En este oficio hay muchas posibilidades de que se te vaya la cabeza, porque vives algo que no es real y el teatro te da toda la realidad». Opina que no todo tiene que ser exitoso. «El teatro público es muy importante porque necesitamos espacios para investigar, crear y hacer espectáculos donde lo fundamental no sea que estén llenos todos los días, sino que podamos evolucionar como pensadores».

Del 6 al 24 de mayo estrena Cleopatra en el Teatre Lliure de Barcelona y este año llevará al cine Las ovejas no pierden el tren, Un otoño sin Berlín y Altamira.

BÁRBARA LENNIE
La búsqueda de la luz

Viene de estar dos semanas en el Lliure con Misántropo. «Estaba para el arrastre. Necesitas tener salud para hacer teatro. Hay que cuidarse». Ya han pasado cinco años desde que Miguel del Arco la llamara para entrar en La función por hacer. «En esta compañía me he formado. Lo que más me ha costado asumir es que todo no tiene por qué gustar. He sido muy neurótica no queriendo, por ejemplo, ir al bar después de la función para no enfrentarme a las miradas de los demás. Pero hay un punto en el que si uno está tranquilo, ¡listo! No puedes gustarle a todo el mundo». Bárbara va mucho al teatro, viaja a otras ciudades para ver obras y afirma que en las salas hay más mujeres que hombres. «Tienen de 40 a 60 y son mayoría en espacios comerciales y en los más pequeños. Y lo bueno es que cada vez existen más técnicas, regidoras, iluminadoras… Aunque los textos y la dirección siguen siendo masculinos. Tengo ganas de ponerme en manos de una mujer, porque hay una generación que despunta muy potente». El mejor consejo que le han dado hasta el momento: «Que buscara la luz. La belleza, la magia, el sonido. Es casi místico, pero estar en un escenario no es solo terrenal».

Los días 16 y 17 de enero estará con Misántropo en el Festival de Teatro de Málaga y, además, comienza el montaje de La clausura del amor, de Pascal Rambert, que se estrenará durante este año.

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