Michael Bloomberg, el alcalde que gobernaba desde los escaparates

A pocas semanas de que expire el mandato del regidor neoyorquino, repasamos su empeño por dignificar la moda y defender su industria.

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El 1 de enero de 2002 Michael Bloomberg asumió la responsabilidad de gestionar una ciudad traumatizada, inmersa en una crisis de identidad que parecía no tener arreglo. Cuatro meses después de los atentados de las Torres Gemelas, el nuevo alcalde recibía una herencia discutible en lo político y desigual en lo social. Su predecesor, el republicano Rudolph Giuliani, que el 11-S renació de sus cenizas gracias al papel cuasi heróico que desempeñó a los pies de los escombros, aupó a Bloomberg hasta la victoria y le dejó pendiente la ingrata tarea de redefinir el papel de Nueva York en el nuevo siglo. Once años después, y con una crisis financiera mediante, el legado del "mayor plutócrata en la capital de la plutocracia", como bien afirmó The New Yorker, ya se presta a todo tipo de análisis. ¿Su gran milagro? Apoyarse en la moda para reconducir la apatía.

No parecía sencillo revitalizar un cuerpo maltrecho cuando su aspecto era poco menos que cadavérico. Lo primero, esencial, un buen trabajo de chapa y pintura. En la última década Bloomberg ha recalificado casi la mitad de la ciudad, ha construido miles de edificios y ha ampliado sus zonas verdes atravesándolas con más de 700 kilómetros de carriles bici. Además, ha puesto en marcha una nueva línea de metro, ha arreglado la mayoría de las calles de la parte sur de Manhattan y ha renovado las líneas subterráneas de comunicación, conducciones de agua y vapor, electricidad y alcantarillado. Más allá de otros análisis políticos que aquí no corresponden, son muchos los que coinciden en que su mayor logro ha sido el de animar las avenidas sustentándose en los ingredientes que las llenan de luz y color: la moda y sus tiendas.

La ayuda constante a esos actores fundamentales nace del convencimiento de que el tejido empresarial y comercial en una ciudad con 52 millones de turistas al año resulta indispensable para la generación de nuevos puestos de trabajo y, sobre todo, para alcanzar la tan ansiada redefinición de Nueva York como nueva capital de la industria. Es probable que el hecho de que Bloomberg sea la séptima fortuna de los Estados Unidos haya sido determinante a la hora de ver la moda como un activo a desarrollar. Las cifras hablan solas. París, incontestable hub mundial de los trapos, va a la zaga con 400 casas adscritas a su chic nonchalant. En Nueva York hay 900. Un número redondo que en realidad no lo es, pues según las previsiones en 2014 habrá todavía más.

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Michael Bloomberg junto a Cathy Beaudoin, presidenta de Amazon Fashion.

Cordon Press

Mientras el apoyo a la moda de otros regidores se limita a vestir de madrugada un abrigo de piel y tacones para supervisar la recogida de basuras, Bloomberg no solo ha cedido espacios, dinero y facilidades a proyectos privados, sino que su oficina ha diseñado iniciativas propias que más tarde han sido abrazadas por los empresarios. Asesorado por sus secuaces Kate Levin y Daniel Doctoroff, concejal de cultura y jefe de gabinete respectivamente, acaba de presentar Culture Shed, un centro polivalente que a partir de 2017 albergará la semana de la moda de Nueva York (cuenta con una inversión pública de 50 millones de dólares).

Amigo personal de Anna Wintour, Oscar de la Renta y otros personajes decisivos, hay que remontarse al año 2009 para descubrir el alcance del compromiso del alcalde. Con la colaboración de Condé Nast y la cabezonería de la responsable de la edición estadounidense de Vogue, crearon la iniciativa global Vogue Fashion's Night Out (VFNO) para acercar las firmas de alta gama al gran público. Ese mismo año el Ayuntamiento lanzó el programa Fashion NYC 2020, una ensalada hiperfinanciada con diversos objetivos: abreviar la siempre ahuyentadora burocracia al abrir negocios (con un ventajoso acceso al crédito), potenciar nuevos talentos en asociación con Parsons, o apoyar a jóvenes profesionales que deseen emprender aventuras efímeras en forma de pop-ups.

Uno de los milagros más celebrados de Bloomberg es la perfecta sintonía que ha conseguido con el Council of Fashion Designers of America (CFDA), el lobby estadounidense más poderoso de la moda. Ambos han creado Fashion Manufacturing Initiative, un programa que busca modernizar la capacidad industrial de las empresas textiles con la ayuda de otras compañías que nada tienen que ver con ese campo. Se trata de un proyecto que va más allá del ámbito local y que cuenta con el sustento económico de Ralph Lauren, Rag & Bone y Rue La La.

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El alcalde de Nueva York y Diane von Fürstenberg en una gala benéfica para recaudar fondos en favor de las víctimas del huracán Sandy.

Cordon Press

Sin embargo, los detractores de Bloomberg consideran que este apoyo desmedido a algo que en realidad ni le va ni le viene encubre intenciones espurias, sobre todo por la mentalidad empresarial que caracteriza al alcalde. Hay quienes aseguran que lo único que pretende es hacer negocios y relacionarse con gente que le permita alimentar su ya exagerado patrimonio. Quién sabe. Lo que sí está claro es que se trata de un hombre con ideas claras. "La moda es un negocio de billones de dólares, genera muchos ingresos fiscales y crea empleo. Por no hablar de su contribución psicológica; ayuda a la gente y su impacto se percibe en las calles y la cultura", ha asegurado en declaraciones a WWD.

Lo cierto es que Nueva York, una ciudad de y para superhéroes, siempre se muestra agradecida con los alcaldes que la guían cuando vienen mal dadas. El celebérrimo Fiorello La Guardia durante la Gran Depresión, Rudolph Giulliani tras los atentados de septiembre de 2001, o Michael Bloomberg en la Gran Recesión constituyen un buen ejemplo de ello. Por el bien de todos, confiamos en que a Bill de Blasio, que asumirá la alcaldía el 1 de enero de 2014, los libros de historia le aguarden una simple mención.

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