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Por qué la moda rescató el arte clásico y lo convirtió en meme

Moda y música revitalizan el interés por los maestros del Renacimiento y Barroco.

Por qué la moda rescató el arte clásico y lo convirtió en meme

San Dionisio portando su cabeza (1430–1440), de Maestro de Fastolf; y modelo con réplica de su cabeza en el desfile o-i 2018-19 de Gucci. Foto: The J.Paul Getty Museum / Cordon Press / Imaxtree

Rodado en el Louvre (caldo de cultivo de polémica y memes), el videoclip del primer sencillo del álbum Everything is Love, de The Carters, Ape**t [con más de 90 millones de visualizaciones] confirma que los grandes maestros del arte clásico vuelven al número uno del top ten, tras años relegados a posiciones inferiores en favor de artistas modernos o contemporáneos. «Quizá algunos suponían que su obra estaba destinada a acumular polvo, convertida en estudio y territorio de académicos y coleccionistas multimillonarios», valora Chloe Stead, subdirectora del departamento de pintura clásica de Sotheby’s. Sin embargo, artistas como Beyoncé y Jay Z (que acaban de pasar por Barcelona con la gira On the Run II) y diseñadores como Alessandro Michele (al frente de Gucci) demuestran que su narrativa encaja perfectamente con el vocabulario estético de los nuevos tiempos.

Beyoncé y Jay Z en el vídeo ‘Apes**t’, de The Carters.

«El arte figurativo es más democrático que el abstracto ya que su lectura viene masticada», opina Ignasi Monreal, artífice de la campaña de publicidad que Gucci presentó en primavera. Su serie de ilustraciones digitales Fantasía utópica se inspira en obras como El matrimonio Arnolfini de Van Eyck, El jardín de las delicias de El Bosco u Ofelia de John Everett Millais. «El lenguaje visual establecido por los maestros clásicos es tan ubicuo que es asimilable de inmediato a gran escala. Vivimos bajo un bombardeo constante de imágenes, la armonía clásica se emplea como un filtro más que añade el valor romántico de algo hecho a mano, eleva las imágenes y las separa del resto. Además, es una forma de escapismo muy estética».

Stead recuerda que no debemos subestimar el deseo de aprender de las nuevas generaciones. «El universo de los grandes maestros ofrece la posibilidad de reflexionar sobre siglos de historia: política, moda, biografías extraordinarias, intercambio cultural, belleza, fealdad, honestidad, religión, romance, ornamentación… Son obras que narran historias, y las buenas historias nunca mueren». Para el diseñador belga Glenn Martens, director creativo de la firma de culto Y/Project desde 2013, el impacto de la estética del Renacimiento o del Barroco es directo; «el arte abstracto expresa a menudo otros conceptos distintos de la belleza». Él mismo ha utilizado en alguna ocasión la arquitectura gótica de su Brujas natal para presentar su sofisticada versión del street wear de lujo. Un escenario muy distinto de los almacenes desvencijados que promueven Lotta Volkova o Demna Gvasalia en Vetements.

Los Amantes (1928) de Magritte, y fotograma del vídeo ‘Mine’ (2013) de Beyoncé con Drake. Foto: Los amantes (1928), René Magritte, VEGAP, Madrid 2018, MoMA / Youtube

El influjo de las redes está detrás de este copy-paste, que yuxtapone arte y actualidad. Más allá de los mensajes ocultos (que apuntan a una teoría de conspiración Illuminati), el videoclip de The Carters contrapone La consagración de Napoleón o La Gioconda a temas de debate como el feminismo, la brutalidad policial o la discriminación racial. Para la periodista del The Independent Danielle Dash, «Apes***t es una invitación a la comunidad afroamericana a entrar en el Louvre». Mención especial a Retrato de una negra, alegato contra la esclavitud de Marie-Guillemine Benoist, una de las pocas mujeres cuya obra se exhibe en el centro.

Según la experiencia de Monreal, en la denominada era del selfie, «el arte clásico ha adquirido una perspectiva pop: los grandes maestros conviven en el ideario colectivo junto a marcas e iconos modernos». De Lady Gaga a Drake, pasando por Victoria Beckham (cuya colección privada incluye creaciones de Banksy, Damien Hirst, Julian Schnabel o Sam Taylor-Wood). Días antes de la subasta de pintura de maestros antiguos en la sala Sotheby’s de Londres (el pasado 4 de julio), la tienda de Beckham de Dover Street (en el barrio Mayfair) sirvió de galería para exponer retratos de Lucas Cranach el Viejo, Pedro Pablo Rubens o el Círculo de Leonardo da Vinci.

Victoria Beckham en su tienda con obras de la subasta Old Masters de Sotheby’s. Foto: Chris Floyd / Cortesía de Sotheby’s

Que obras excepcionales del Renacimiento, la Edad de Oro holandesa o el siglo XVIII británico compartan espacio con prendas y complementos de moda ha vuelto a desatar la polémica. Como sucedió en febrero, cuando la National Portrait Gallery cerró sus puertas para acoger el desfile de Erdem. No era la primera vez que una marca pedía permiso para entrar en un centro artístico. La lista de antecedentes es larga: del Palacio Pitti de Florencia (Gucci) a la Fundación Maeght (Louis Vuitton). Cierto que, en una industria que vira de rumbo en función de las tendencias, abandonar la pasarela en favor de un museo podría parecer un giro arbitrario y perecedero. No lo cree así Martens, que señala que arte y moda se retroalimentan desde siempre. Sin olvidar la cuestión monetaria, como señaló en una entrevista emitida en febrero por la cadena de la BBC Radio 4 Alexandra Shulman, directora de la edición inglesa de Vogue de 1992 a 2017: «Las instituciones públicas se están viendo afectadas por los recortes, y para gestionar un museo tan fantástico como la National Portrait Gallery es necesario recaudar fondos».

Modelo en el desfile de Mary Katrantzou. Foto: Imaxtree

Quizá el arte haya perdido (o no) su función original. De lo que no hay duda es que ha cambiado el modo en que el público interactúa con él. Basta con contar los selfies (y millones de likes) que atesora La Mona Lisa. Subir una foto a las redes es una de las herramientas más recurrentes para construir una reputación artística en tiempos de redes. «El videoclip de Beyoncé y Jay Z, rodado en el Louvre [el museo más visitado de 2017, con 8,1 millones de visitantes], ha abierto la puerta de esta institución a millones de personas. Ojalá sirva también para revitalizar el mercado», anhela Stead. En las subastas, todavía muchos prefieren pujar por artistas contemporáneos. Si moda y música consiguen que los jóvenes entren en masa al museo, otros no tan optimistas, como Martens, ya se dan por satisfechos.

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