Por qué los millonarios ven (literalmente) el mundo de forma distinta

O cómo la ciencia ha confirmado que a menor nómina, más empatía con los demás.

Por qué los millonarios ven (literalmente) el mundo de forma distinta

Un grupo de turistas de vacaciones en Brasil en 1983, retratados por Slim Aarons. Foto: Getty

Se dice que los jóvenes no ven el mundo igual que las personas mayores. Que obviamente Oriente y Occidente tienen diferentes puntos de vista, para las mismas cuestiones. Incluso que hay diferencias en la forma de entender ciertas situaciones desde el punto de vista de los hombres y de las mujeres. Pero en lo que no se había profundizado tanto es en la influencia del dinero en nuestro modo de ver la vida.

Hay quienes dirán que a más ceros más sonrisas, pero lo que no se habrán planteando es si influye en aspectos como la empatía. Según un estudio de la Universidad Estatal de Arizona, realizado por el neurocientífico Michael Varnum en 2015, las personas con mayor nivel socioeconómico son menos empáticas de lo que piensan. El ejercicio se basaba en mostrar rostros a un total de 58 participantes, con una distracción como excusa, para analizar si realmente eran capaces de percibir el dolor ajeno. El resultado fue que “las personas con mayor nivel socioeconómico han disminuido las respuestas neuronales al dolor de los demás”, lo que según los autores “sugiere que la empatía, al menos algunos componentes tempranos de ella, se reduce entre aquellos con un estatus más alto”.

Ser empático, ¿se nace o se hace?

Tal y como aclara la psicóloga Ana García, “la empatía es la capacidad de ponerse en la situación de otra persona y sentir, comprender y compartir el sufrimiento de esta, siendo una de las habilidades que componen la inteligencia emocional”, algo que de hecho ni si quiera todo el mundo comprende.

La cuestión es si es algo inherente a la persona o algo aprendido. La experta responde que “desde que nacemos, nuestro entorno, la escuela, pero sobre todo la familia, es la que nos marca y la que nos facilita herramientas, para desarrollar y potenciar habilidades emocionales como la empatía”.

Algo que enlaza con los estudios de Varnum, que en 2016 siguió indagando sobre la cuestión, para concluir que la explicación está en que las clases sociales más bajas tienen un sistema de neuronas espejo más sensible, de forma que parece que “nuestros sistemas cognitivos, el grado en que están en sintonía con otras personas en el medio ambiente, se ven afectados por nuestra propia clase social”.

Sobre esta idea, la psicóloga argumenta que “cuanto más estatus se tiene y mayor nivel social y cultural, las preocupaciones son diferentes, en la educación recibida en ocasiones no está reflejada la inteligencia emocional, ya que se dan otras herramientas para desarrollar y potenciar diferentes aspectos de nuestra personalidad”.

Sin embargo, matiza que “obviamente no se puede generalizar”, aunque en consulta, sobre todo en los casos de terapia de pareja, sí se observa que “cuanto mayor estrés se tiene en el trabajo, y mayor responsabilidad, se suele ser menos empático en general y con la pareja en particular. Las preocupaciones son mayores y son otras, por lo que la atención se suele enfocar a dichas responsabilidades”.

Diferencias en la atención social

Las diferencias en cuanto a cómo percibir el mundo no dependen solo de la empatía, sino también de la llamada “atención social”, que la socióloga Rosario Guillén resume en que “los ricos se concentran menos en los detalles y la gente más pobre, los percibe en mayor cantidad y de forma más rápida”.

Esta idea se basa en otro estudio liderado por la candidata doctoral de la Universidad de Nueva York, Pia Dietze, que midió la afinidad de los participantes con personas o cosas en tres experimentos diferentes.

En primer lugar propusieron probar a diferentes viandantes de Nueva York las Google Glass para observar en qué detalles se detenía su mirada y, sobre todo, cuánto tiempo dedicaban a mirar a cada persona. La segunda prueba se hizo con los propios estudiantes, para analizar cuánto tiempo se detenían en observar fotografías de diferentes ciudades. En la tercera, casi 400 participantes reclutados en línea tuvieron que determinar si los iconos que representaban a personas u objetos cambiaban en el transcurso de milisegundos. La conclusión final fue que la gente de clase trabajadora era más rápida en detectar cambios en las caras que la de clase media alta, porque ponían una mayor atención en los detalles.

La posible explicación desde el punto de vista de la sociología la aporta Rosario Guillén. “Cuando se pertenece a una clase social más baja, los recursos son menores, y por eso es más necesario encontrar redes de solidaridad en otras personas. Las necesidades son las mismas, pero como no se tiene dinero para pagarlo, se necesita ayuda externa. Alguien de clase más baja no necesita más comida que alguien de clase más alta, ambos necesitan comer y tanto el pobre como el rico saben que es una necesidad básica. Lo que ocurre es que probablemente ayude más el que ha conocido una vivencia parecida”.

Otra idea a tener en cuenta es que “si no tienes problemas económicos, mirarás menos los precios. Después de muchos viajes, solo los destinos más extraordinarios captarán tu atención. Y si no tienes intención de interactuar con la gente que te rodea, probablemente ignores su presencia. Existen muchos experimentos sociales sobre cómo somos capaces, por ejemplo, de ignorar a los mendigos. Y no están protagonizados precisamente por ricos”.

Habilidades mejorables

Obviamente, aunque se pueda hacer interpretaciones de los resultados de los estudios, estos también pueden ser cuestionados. Tal y como cita la socióloga, “sería importante conocer en qué escenario se realiza el experimento, si lo que les rodea es reconocible para una clase u otra, o si en la calle, la gente que caminaba, podía identificarse realmente con un determinado estatus. Se podría pensar que la consecuencia es que se perpetúa la pertenencia de clase, pero desconocemos qué pasaría en un contexto menos fugaz que un paseo por la calle”

Otra cuestión es que aunque se den por buenas las conclusiones, las habilidades también pueden entrenarse. A este respecto la psicóloga Ana García, recuerda que “la empatía y habilidad social se puede trabajar a cualquier edad, es cierto que si lo incluyen en nuestra educación desde pequeños, nos resultará más fácil potenciarla, pero se puede”.

Por ello, si independientemente de nuestra clase social, sentimos que nos falta empatía o que nos fijamos menos en los detalles, y eso afecta a nuestra inteligencia emocional y por ende, a nuestras relaciones sociales, hay cosas que pueden hacerse al respecto.

La psicóloga destaca que es tan sencillo como “aprender a fijarse, a reconocer las cualidades y los logros de los demás, y felicitarles por ello. Solo el hecho de dedicarle tiempo a una persona a descubrir sus cualidades, significa que te preocupas por ella”.

Otro punto muy importante para poder desarrollar la empatía, es la escucha activa, “esto significa no solo que estas escuchando de verdad, también hacerle sentir a la persona que habla, que le estás prestando atención, que te interesa y te preocupas por ella”. No solo eso, sino que para realmente ponerse en el lugar del otro, esa escucha activa debe estar, en lo posible, libre de prejuicios, ya que “si los hay, el efecto será el contrario”.

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