Los nuevos Dandis, auténticos caballeros de manual

Más allá del traje, los dandis modernos, herederos de los originales que nacieron en el siglo XVIII, apelan a la finura en los movimientos, en el lenguaje y en el comportamiento.

Dandy Wellington

Foto: D.R.

Las normas de etiqueta se inventaron para que los zafios que deben arreglarse para ir a trabajar o a una ceremonia puedan asistir presentables», sentencia el conde Massimiliano Mocchia di Coggiola. Escribe a través de Facebook, pero el uso de Internet y el teléfono móvil no ha corrompido su espíritu dominado por la belle époque. Responde en un francés exquisito. No es necesario estar en su casa de París para darse cuenta de que se está hablando con un caballero a la vieja usanza. Y de su conversación emana la primera máxima: un dandi no es solo un hombre con un traje. «Es un artista de la elegancia, que hace de su personalidad el centro de su estética». Mocchia di Coggiola, conocido también por el sobrenombre de Andrea Sperelli, el joven dandi que nació de la pluma de D’Annunzio para protagonizar El placer, se autodefine como historiador de este estilo de vida. En sus estanterías guarda una treintena de ejemplares que tratan el tema, además de biografías de dandis históricos como Charles Baudelaire u Oscar Wilde y libros sobre moda masculina. En algunos –la mayoría de Ivano Comi– aparece su firma ya como ilustrador, ya como traductor, ya como colaborador o ya como prologuista.

El estilo de vida que practica nació entre el siglo XVIII y XIX en Inglaterra y las manners del buen caballero se extendieron rápidamente por toda Europa. Tres siglos después, los dandis sobreviven. Mocchia di Coggiola es la prueba. Pero hay más. La fotógrafa Rose Callahan lleva buscándolos y documentándolos desde 2008 en su serie The Dandy Portraits. Y ya ha conseguido una buena muestra que vive de forma exquisita (la serie se puede ver en el blog con el mismo nombre). Todos juntos parecen legión, pero el varón moderno, asegura Mocchia di Coggiola, ha descuidado su aspecto. «Se complace en creerse todavía un animal y finge que no le importa el armario: ¿eso debería atraer a las hembras?». Este gentilhomme clasifica a los hombres actuales en dos categorías: «Los que llevan el traje demasiado grande (por comodidad), y los que están a la moda y lo llevan demasiado pequeño. Por los primeros ya no se puede hacer nada, pero hay esperanza para los segundos».

De esa ilusión viven boutiques masculinas como Anglomanía, en Madrid. «Apostamos por la vuelta a la elegancia, en cierto modo abandonada en las últimas décadas, pero sin llegar a parecer muy anticuado», explica Martín Giménez, encargado de la tienda. «Con esta filosofía hemos conseguido atraer a un público más joven, que incluso puede combinar un traje con unas zapatillas para quitarle seriedad. Es un look que se ve mucho más en Londres, Nueva York o París». El dandismo vuelve a extenderse, o por lo menos despierta un interés renovado, como ocurre con el vintage en la moda femenina. «Pero los hombres que cultivan esta clase de distinción están por encima de modas y de normas estéticas», defiende Rose Callahan. Es más, «crean sus propias reglas y tienen la personalidad suficiente para ponerlas en práctica». Mocchia di Coggiola está de acuerdo: «Solo hay que hacerlo con finura y naturalidad».

¿Por dónde empezar? «Una buena manera es renunciar a los vaqueros», dice el conde. Otras claves para principiantes: no llevar más joyas que el reloj o el alfiler de corbata, a no ser que se posea un sello de familia; usar la americana blanca de dos botones de día y en vacaciones y llevar la cruzada de noche y cuando se requiere esmoquin; decorar el traje con un pañuelo, y, si se desea, tirantes y coronar el look con un sombrero. Lección avanzada: saber distinguir entre los estampados más comunes que luce un verdadero dandi: el ojo de perdiz, la espiga, el príncipe de Gales y la raya diplomática. Por último se puede asistir a las jornadas con confraternización que se celebran en Nueva York, como el Dandy Talk.

El sastre británico Steven Hitchcock tiene su propia definición del dandi: «Alguien que ama sus trajes, tiene el sentido estético para vestir con elegancia y mezcla diferentes prendas y texturas en un estilismo». Él no se considera un ejemplo. Su padre se dedicó durante 50 años a la profesión y él lleva 23 vistiendo a los hombres más distinguidos. Hacerse un traje en su taller cuesta casi 3.000 euros (2.350 libras más IVA). Pero el hábito, por muy hecho a medida que sea, no hace al dandi. Callahan lo ha podido comprobar. Inició su serie de fotografías el día que Lord Whimsy se cruzó en su camino. Cuando profundizó en el personaje, cliente habitual de la sastrería neoyorquina Lord Willy’s, Callahan comprendió que aquel señor había construido un mundo excéntrico y maravilloso en el ambiente rural de Nueva Jersey. Después de visitar más de una decena de casas, la fotógrafa ya sabe distinguir a uno auténtico más allá de la apariencia: «Tienen una obsesión por la elegancia. Cada uno de los que he fotografiado es único. El dandismo va más allá de otras clasificaciones subculturales, de etnia, edad, orientación sexual, geografía o clase social. Al dandi le encanta sorprender».

Sorprendente fue la aparición fuera de pista del ciclista británico Bradley Wiggins, ganador del oro en la prueba de contrarreloj en los Juegos Olímpicos de Londres y del último Tour de Francia. La edición británica de GQ le otorgó este año el premio a los logros de una vida y el corredor lo recogió con un traje gris cruzado con estampado príncipe de Gales y pañuelo y corbata rojos. Desde entonces, Wiggins es un imprescindible de las listas de los hombres mejor vestidos en Gran Bretaña, gracias a su estilo propio que amenaza con extenderse: el dandi mod.

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