10 lecciones vitales de Bill Cunningham, el fotógrafo más querido de la moda

Candidez, humildad y profesionalidad intachable. El cronista visual de una era deja un vacío irrepetible en la fotografía de moda.

Bill Cunningham, en una imagen promocional de su documental. Foto: Bill Cunningham New York

Apenas dura unos 30 segundos. Es una secuencia fugaz, pero describe a la perfección qué representaba Bill Cunningham en el mundo de la moda. El octogenario fotógrafo aguarda pacientemente en primera línea de la cola de prensa para acceder a uno de los desfiles de la Semana de la Moda de París. Viste su poncho de plástico arreglado con cinta adhesiva para los días de lluvia. Lleva su acreditación del New York Times en la mano. No se impone. No habla. Simplemente espera. La joven que lleva la lista de acceso atiende a fotógrafos que lo rodean y lo ignora sin apenas mirarlo hasta que aparece alguien de la organización, lo toma del brazo con un respeto ceremonial, lo invita a entrar y espeta a la inexperta guardiana: “Este es el hombre más imporante en la Tierra”. La secuencia forma parte del imperdible documental Bill Cunnigham New York (2010), el intimista retrato que Richard Press hizo del fotógrafo de estilo y moda del New York Times. Un perfil en el que su candidez, humildad y profesionalidad impresiona y deja un poso hasta en el más escéptico con las frivolidades del gremio. El rotativo en el que trabajó las últimas cuatro décadas en la sección de estilo dio ayer la noticia. El cronista visual definitivo de la ciudad fallecía a sus 87 años tras sufrir recientemente un derrame cerebral.

Cunningham no era ni un paparazzi ni un fotógrafo de estilo al uso. Tampoco era un simple retratista de street style. Él ha sido el antropólogo visual de la moda del último medio siglo. El hombre que provenía de una “familia católica y trabajadora” se pasaba el día a lomos de su bicicleta por las calle de la ciudad, bajándose para retratar todo aquello que le impresionaba. Labor que combinaba con cubrir los eventos sociales de las altas esferas de la ciudad. La calle y el lujo. Si existe un ojo democrático que ha sabido captar la efervescencia de la moda de una ciudad ha sido él, que enseñó al mundo cuando se puso de moda enseñar el calzoncillo por encima del pantalón de las bandas juveniles, la cadena colgando entre bolsillos de los skaters, las riñoneras o la invasión de los bolsos Birkin entre las ricachonas. “Él ve cosas de las que ni yo ni mi equipo de Vogue nos damos cuenta”, decía de él Anna Wintour: “si Bill fotografía una tendencia, sabes que en seis meses estará de moda en todo el mundo”. No se avanzaba a las modas por qué las masas le obedeciesen con fe ciega, si Cunningham sabía leerlas era porque captaba el latir de las calles y de las altas esferas a base de patearse sin descanso los dos mundos. Lo mismo fotografiaba a mujeres de Harlem que a aristocrátas con casa en los Hamptons.

Su devoción por la riqueza visual de la moda contrastaba con su vida personal. Vivió como un asceta en su diminuto estudio sin baño pero repleto de archivadores con sus fotografías (dormía en un colchón sobre un tablón de madera cuyas patas eran más cajas repletas de negativos) en el mítico Carnegie Hall, hasta que lo echaron. Cuando se mudó, pidió que le retirasen la cocina para tener más espacio para sus archivadores (“en mi vida he comido en casa y tampoco lo voy a hacer ahora”, la comida no lo preocupaba, se alimentaba a base de bocatas a tres dólares). Un hombre que comenzó diseñando sombreros (llegó a tener como clientas a Marilyn Monroe o Joan Crawford), pasó por las páginas del Women’s Wear Daily pero tendría que acabar retratando el latir de la moda después de que David Montgomery le regalase un Olympus de cuadro medio a mediados de los 50. Lo hizo en el Times y lo hizo (sin cobrar) en Details, la revista que sirvió de trampolín para los talentos emergentes y donde se pasaba trabajando las madrugadas insomne hasta que fue adquirida por Condé Nast. Vivía por su profesión y el gremio se lo reconocía. He aquí las 10 lecciones que nos deja, además, la sonrisa más sincera de la moda:

No mires las revistas, deja que la calle te hable.

“El mejor desfile de moda es la calle. La calle me habla. Yo no decido nada y para que eso pase tienes que estar ahí. A mí no me dicen que se van a llevar las faldas por la rodilla. Lo veo. Aquí no hay atajos. Tienes que quedarte en la calle y que la calle misma te lo diga”. Para Cunningham, las inclemencias climatológicas eran su mejor filón para fotografiar a esos “neoyorkinos excéntricos y derrochadores” sin que se enterasen. “La lluvia y la nieve serán tus mejores aliados, cuando llueve la escena es diferente, no se preocupan, no piensan en posar para ti”. Sus páginas con los ciudadanos ataviados con mil y un apaños para sobrevivir a las tormentas de nieve son una auténtica maravilla.

Hay muy poca gente diferente, búscala.

“Hay personas que podrán tener buen gusto, pero no tendrán la audacia para ser creativos”, cuenta Cunningham en el documental. “Es muy difícil encontrar a alguien que no se vea erradicado de esos 10 millones de personas que parecen exactamente iguales”. Quizá por eso Cunnigham mostraba como nadie a Iris Apfel (cada vez que la veía decía, “oh, estoy tan contento que hayas venido, aquí todo el mundo es tan aburrido”) o Anna Piagi, auténticas raras avis de la moda.

Sé independiente. Tu libertad es lo más caro

“Si no coges el dinero, no pueden decirte qué hacer. Es la clave de todo. No toques el dinero, es lo peor que puedes hacer”. La profesionalidad de Cunningham es intachable. Trabajó gratis en Details para poder tener libertad creativa total (llegó a romper religiosamente los cheques que cada mes le llegaban). Cuando Jonathan Newhouse se hizo con la publicación para Condé Nast, lo llamaba cada mes para recordarle que su cheque estaba ahí. “Ellos no son mis dueños, el dinero es lo más barato, la libertad es lo más caro”, decía al respecto. Tampoco comía o bebía una gota de alcohol en los pomposos eventos a los que acudía a trabajar, pese a la insistencia de los organizadores. “Cuando estuve en el Women’s Wear Daily vi que todo eran comidas y regalos, decidí que no lo haría cuando me comprometí con el Times. Ni siquiera tomaría un vaso de agua. Se trata de mantener la distancia de lo que haces para ser más objetivo”.

Todo puede estar de moda

Cuando Bill Cunningham abandonó el Women’s Wear Daily lo hizo porque la revista aprovechó unas fotos que había hecho de unas mujeres que se habían puesto prendas vistas en la pasarela para mofarse de su estilo. Una especie de In & Out que dejó devastado al fotógrafo. Tal era su respeto por las personas a las que fotografiaba que decidió dejar la revista. “Él pensó que nunca se recuperaría de un golpe así”, cuenta Kim Hastreiter, editora de Paper Magazine, en el documental. Sólo hay que echar un vistazo a cómo él describe a sus desconocidos retratados para el New York Times para entender el amor que desprendía por sus sujetos, su personalidad y su forma de vestir.

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Sé rebelde. Lucha contra el establishment

Bill podría haberse dedicado a retratar a todas esas jóvenes rubias, perfectas y WASP en su página de celebridades. Pero no lo hizo. Él sentía devoción por las lecciones de estilo de las seniors y de las desconocidas que llamaban la atención. Adoraba por igual a lady Astor que al movimiento queer de la ciudad. Los fotografiaba con el mismo cariño. Kenny Kenny, una leyenda de la noche neoyorkina con un estilo a medio camino entre el transformismo y lo drag, recuerda cómo Cunningham rompió moldes al incluirlo en el Times. “Era 1986 y me vino a decir, ‘estoy muy decepcionado, el Times dice que no puedes salir porque llevas un vestido, pero voy a seguir intentándolo’. Era todo un rebelde”.

Interésate por la ropa. No por la gente que la lleva.

“No me interesan las famosas con sus vestidos regalados por las marcas”. Si alguien puede pasar de Catherine Deneuve entre una nube de flashes era él. “Hoy no tenía nada que fotografiar de ella”, decía con su cálida sonrisa. Cunnigham no veía la televisión, no iba al cine y no sabía nada del universo rosa. “Nunca sería un paparazzi, no podría atormentar a la gente así. A mí me interesa la ropa, no la gente”. Harold Koda, el prestigioso comisario del Metropolitan, lo aclara en el documental. “Él no es un paparazzi. Bill encapsula la vida de Nueva York”.

Si has copiado, te lo mostraré con elegancia

Cunningham era una auténtica biblioteca andante de la moda. Recordaba todas las colecciones que había visto y sabía sacar los colores a los diseñadores si atisbaba un indicio de copia en sus diseños. Lo hizo en 1989, cuando comparó dos fotografías de un diseño de Isaac Mizrahi con un vestido calcado a otro de Geoffrey Beene de 1976. Hecho que consternó a sendos diseñadores, pero él era un purista que lo ha visto todo y su deber era informar de ello.

Para tener estilo no hay que gastarse dinero

Cámara colgada y sempiterna chaqueta azul con bolsillos. Así recordará todo el mundo a Cunningham. La lleva desde siempre, desde que la comprase por 20 dólares en el Bazar Hotel de Vile de París. Es la chaqueta de los barrenderos de la capital francesa, pero Cunningham consideró que era muy práctica para su trabajo porque tenía multitud de bolsillos para guardar sus carretes. “Las chaquetas se rompen y se arruinan. Me gustan las cosas simples y con los pies en la tierra. Soy toda una contradicción, porque luego me encantan todas esas señoras con los vestidos de ensueño”.

No puedes informar si no lo has visto todo.

Pese a sus problemas cardíacos y sus 87 años de edad, Cunningham pasaba sus mañanas en bici parando a fotografiar a los ciudadanos anónimos, las noches en los eventos de la alta sociedad y acudía religiosamente a las semanas de la moda más importantes. Su favorita era la de París, donde en 2008 le condecoraron con la orden de las Artes y las Letras. “París es como venir al colegio a aprender la lección, aquí educo mi mirada”. Él no se colocaba al frente de los desfiles como el resto de fotógrafos. Su sitio estaba entre las editoras en primera fila. Subía y bajaba su cámara en función de si le emocionaba o no lo que veía. “Yo no quiero una fotografía plana donde no se aprecie la belleza de la ropa”.

“El que busca la belleza, la encuentra”

En un momento del documental preguntan a Bill Cunnigham si ha vivido alguna relación romántica. ¿Quieres saber si soy gay?”, responde él educadamente. El fotógrafo no lo confirma, aunque atribuye a una familia alérgica a hablar de los sentimientos (y contraria a que trabajase en el mundo de la moda por ser “poco masculino”) el no poder verbalizar sus sentimientos. No obstante, eso no impidió que él los destacase cuando los viese en el resto de seres humanos e incluyese instantáneas del movimiento gay durante toda su carrera (incluso cuando la palabra gay estaba vetada en prensa).

Definitivamente sabía lo que era el amor. Una de las anécdotas más entrañables del fotógrafo es cuando en 1995 regaló una tarjeta de San Valentín a uno de los redactores del New York Times (también se las regalaba a todas las mujeres de la sección de Estilo). “¿Puedo preguntrarle algo, joven”, dijo a Dan Shaw, que por aquel entonces trabajaba en la sección de estilo. “Ese compañero brasileño, ¿es tu amigo especial?”, le dijo. “Se refería a si erea mi novio, Carlos Emilio, un fotógrafo con el que Bill me había visto en las fiestas. Le dije que sí. ‘Eso es lo que pensaba’, dijo Bill mientras abría la mochila cruzada que siempre llevaba y me dio un sobre con un logo del New York Times. Ahí encontré la tarjeta de San Valentin más extraordinaria. Era un corazón rojo de unos 20 centímetros con un tapete y dos corazones que llevaban insertados dos fotos en blanco y negro de Carlo y yo. Me quedé asombrado por este gesto tan sincero”. Tal y como decía el fotógrafo más querido de la mundo del moda, al que tristemente decimos adiós, “el que busca la belleza, la encuentra”. Nuestro vacío es saber que nadie la encuentra como él.

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