La paradoja hedónica de las vacaciones o por qué instalarse en el ‘siempre far niente’

Ahora que nos vemos obligados a disfrutar del verano de las pequeñas cosas, es oportuno replantearse cómo ralentizar nuestra vida, trabajo e impacto climático más allá del parón estival.

Ilustración de Carla Fuentes

«Este verano con poco lo tenemos todo», nos vocean desde el televisor en un anuncio de gazpacho. Antonio Banderas se pone sentimental cuando nos advierte, desde otro clip de Turismo de Andalucía, que nuestras vacaciones poscovid interruptus serán las de comprender que «estar vivos no es solo respirar, es volver a fabricar a emociones, a descubrir el regalo más grande que tiene la vida: las personas que amas, la buena gente, pasear, sentir el sol, el mar, tu tierra, su arte». Ikea nos saluda cosificada («Soy tu casa») y nos implora a expandir los sentidos sin concesiones en el hogar: «Siénteme, huéleme, disfrútame». De los héroes del #GraciasPorQuedarteEnCasa a los disfrutones sin opulencias en el verano de las pequeñas cosas. Así nos ve la publicidad en el que todo apunta a que, lógicamente, será el estío más frugal de nuestra existencia. El de 2020, el verano de la gran pandemia, es el de las vacaciones más baratas (los españoles pasarán de gastar los 1.241 euros de 2019 a 848 este año, según un estudio de Cetelem) y las más locales (6 de cada 10 confirman que se quedarán en casa, segundas residencias o casas de amigos).

Tras el trauma que supuso el confinamiento más severo, y a las puertas de un verano con limitaciones, toca enfrentarse a la paradoja hedonista, lo que la psicología etiqueta como «adaptación hedónica», o cómo un parón global impuesto por un virus nos hizo comprender que había un contrasentido en perseguir el placer a toda costa, porque esa no era siempre, ni será, la manera de obtenerlo. Por eso, los anuncios nos suplican «sentir el sol» y «tenerlo todo con poco». Nunca antes nos habíamos frenado en seco, obligados, para valorarlo. ¿Cómo vivíamos nuestras vacaciones hasta ahora?, ¿qué era lo que realmente buscábamos en esos días de libertad controlada y de válvula de escape al estrés? «El turismo nos saca momentáneamente de la rueda de producción, aunque sea para meternos hasta el fondo en la del consumo. Mientras llenamos hasta arriba el plato en el bufé no tenemos que acordarnos del jefe que no nos paga o del cliente que nos insultó a gritos», reflexionaba Layla Martínez en Nadie querrá viajar cuando todo sea un desierto, un ensayo sobre cómo habíamos convertido nuestros días libres en una «compensación a la explotación diaria, en un espejismo de un poder adquisitivo y una calidad de vida que en realidad no nos podemos permitir». El texto lo publicó en Contra el diluvio, el grupo de estudio contra el cambio climático que ha puesto en marcha las campañas #VeranoSinAviones y  #QuédateEnTierra y que, a propósito de la misma, desarrolló a finales de junio una encuesta en Twitter, en la que el 44% de los participantes afirmó estar pensándose no volver  a viajar en avión.

«Líbrate de esas cosas. Limita tus pérdidas. Si puedes vivir sin ellas, tanto mejor», escribe la catedrática de Filosofía Catherine Wilson en Cómo ser un epicúreo (Ariel, 2020) un reciente ensayo filosófico que encaja oportunamente con el boom por el hedonismo controlado en nuestra esfera vital. Seudoolvidada por competir con adeptos del platonismo, el estoicismo, el escepticismo y el aristotelismo, la escuela epicúrea, fundada tres siglos antes de Cristo en las afueras de Atenas, vive unos días de lógica revisión y enaltecimiento. Epicuro siempre defendió desde el oasis de su jardín escuela que la felicidad y el tiempo libre contemplativo eran los objetivos vitales a cumplir. También comprendía que existían supuestos placeres que nos conducen a un dolor mayor que el placer inicial, y que eran aquellos, precisamente, los que debíamos evitar: «Los estúpidos son aquellos que nunca se satisfacen con lo que poseen y solo lamentan lo que no pueden tener», escribió. Desde su escuela aislada de la ciudad, el epicureísmo articulaba su filosofía en lo relacional: la amistad por encima de la competitividad y el éxito personal. Sin ella no hay vida plena. Ateo y negacionista de la vida después de la muerte, tampoco hubiese sido fanático de los arcoíris y del ‘Todo irá bien’. Tal y como recuerda Jenny Odell en How to do nothing (Melville, 2019), la escuela epicúrea sirvió como modelo en los miles de experimentos comunales que se prodigaron entre los años sesenta y setenta en Estados Unidos, cuando «aquellos que buscaban una ruptura total con todo» vislumbraron proyectos (muchos fallidos) para una generación que reaccionó frente a un «país atrapado en su propio interés».

Medio siglo después, los analistas de consumo recuperan su filosofía y nos piden aprender a vivir mejor, pero con menos. El movimiento Degrowth (decrecimiento), el mismo que inició el antropólogo Serge Latouche en Francia a principios de los 2000, gana fuerza: ahí está el New Green Deal que defiende hasta la extenuación la congresista Alexandria Ocasio-Cortez para reducir las emisiones de carbono o la apuesta por trabajar menos (jornadas de cuatro días laborales) que sugiere la primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern para facilitar la conciliación de sus ciudadanos. Una vida más simple y más lenta, pero más plena. Una utopía no tan lejana que no solo debería simularse (y venderse) en nuestro estado mental vacacional.

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