La faja ataca de nuevo

Llegan las faldas lápiz, los vestidos de punto y las prendas ajustadas. Debajo se esconde el secreto mejor guardado de las últimas tendencias: las nuevas prendas moldeadoras.

Faja cover

En el principio fue un par de tijeras. Con ellas, hace más de una década, en 1998, Sara Blakely resolvió uno de los principales enigmas que ha traído de cabeza a mujeres de todo estado y condición del mundo occidental. ¿Cómo lograr llevar alguna prenda de ropa interior con un pantalón ajustado sin que se marque ni asome? La rubia estadounidense cortó la parte inferior de un par de medias de color carne, se puso unos vaqueros blancos apretados y se calzó un par de sandalias. Aquel corte marcó el inicio de su brillante carrera como empresaria. Blakely dijo adiós a su vida como vendedora telefónica de máquinas de fax y cómica ocasional. En octubre del año 2000, puso todo su empeño en una nueva marca de lencería moldeadora, que bautizó con el nombre de Spanx –un travieso juego de palabras con el término spank, que significa azote en inglés–, y triunfó. Hoy su firma cuenta con más de 200 productos y genera cerca de 400 millones de dólares de beneficios.

Los viejos corseteros hablan de Blakely como la estrella del rock del sector. Su sede está en Atlanta y, en sus oficinas, el 95% de la plantilla son mujeres. La rubia no solo ha conseguido llenar los vestidores de las estadounidenses de bragas faja –para alisar tripas y embutir caderas–, sino que paradójicamente ha logrado «sacar del armario» esta denostada prenda interior. Hoy esta pieza está en boca de todas, de Gwyneth Paltrow a Oprah Winfrey, pasando por Beyoncé, Jessica Alba o Katie Holmes. Todas hablan orgullosas de este diseño remodelador, que sujeta (y define) sus carnes sobre la alfombra roja. La marca registró otro singular hito hace dos años cuando una muchacha usó una prenda de Spanx para cubrir su rostro y atracar una hamburguesería. Confirmado: las fajas están en la calle.

Sandra Macaya se topó con los azotes de Blakely hace cuatro años, cuando buscaba un par de panties en unos grandes almacenes de Nueva York. No sabía lo que era una media compresora, así que no se percató del control extra hasta que se las puso. Y desde entonces no quiso usar otra cosa. Hoy incluso sus hijas –de apenas 20 años– son adictas a esta prenda. En mayo, Macaya trajo la marca a El Corte Inglés. Ahora, en las fiestas a las que acude, amigas y conocidas se empeñan en remangarse la falda o bajarse el pantalón para demostrar que ya forman parte del clan. «Todas quieren contarlo», explica divertida. Incluso ella, cuando pasea por el barrio de Salamanca de Madrid, tiene que controlar las ganas irrefrenables de repartir el producto entre las mujeres que llevan el clásico pantalón beis de pinzas. «¡Se puede estar mucho mejor!», exclama. ¿Significa esto que la faja por fin es sexy? «Bueno, yo no la llevaría puesta hasta el final, pero siempre puedes buscar una excusa y correr a quitártela».

Derribar el estigma que pesa sobre esta prenda es la hazaña que se han propuesto históricos del sector; y poco a poco lo están consiguiendo. El año pasado Triumph lanzó en España la línea Shape Sensation. «Son fajas que se ajustan a las tendencias y te remodelan aunque estés delgada. La idea es que puedas desnudarte sin que salgan corriendo», dice Carmen Alonso, representante de la firma. La modelo Alba Carrillo protagoniza la campaña de lanzamiento, enfundada en combinaciones que comprimen y sujetan. Otra top, Helena Christiansen, está detrás de la Luxury Collection, que pronto llegará a las tiendas. Este otoño las ventas se han disparado: en septiembre se elevaron un 30% respecto al año pasado. La crisis aprieta y las españolas entran en cintura… no solo metafóricamente. Delante del espejo se aprietan el cinturón (corsé mediante). Pero a diferencia de lo que ocurre con el largo de la falda, aún no existe ninguna teoría económica que relacione el auge de la faja con tiempos monetariamente revueltos. Lo que sí parece claro es que las prendas de ropa interior son resistentes a los vaivenes de la economía. Y ante un futuro incierto se impone la necesidad de control; aunque la acción quede restringida al propio cuerpo.

Los avances en tecnología textil han sido fundamentales en la historia de la corsetería. El auge de los sostenes se apoyó en las nuevas fibras, que empezaron a estar disponibles en la década de los 30 del siglo pasado. El descubrimiento de la Fibra K en 1959 –más conocida como Lycra– marcó un punto sin retorno para la lencería. Y si en la década de los años 20 las flapper lograron despojarse de la opresión íntima; en los 50, el New Look de Christian Dior volvió a popularizar las prendas compresoras. ¿Cinturas de avispa y faldas tubo hasta la pantorrilla? ¡No sin mi faja!

Una vez más, los tejidos elásticos de última generación –unidos a innovadoras costuras planas– se convierten en factores fundamentales para explicar el éxito de la corsetería en pleno siglo XXI. Maidenform –la marca fundada en 1922 que patentó el sujetador ajustable con cierres de correas a principios de los años 40– se apoyó también en estas innovaciones textiles para lanzar, en 1992, la línea de ropa interior compresora Flexees –20 de sus prendas ya están disponibles en España– e incluso Madonna ha lucido algunos de sus modelos. El tejido ultra elástico que Maidenform ha desarrollado con Lycra anuncia una nueva revolución: por fin se acabó el laberinto de las tallas. A partir de ahora solo habrá dos entre las que elegir.

El fenómeno «faja fashion» parece imparable y no solo se importa de Estados Unidos, sino que también se produce en este lado del Atlántico. En Italia, el Grupo Calzedonia ha sabido rentabilizar costuras invisibles y fibras modernas. Este otoño Calzedonia se concentra en productos tipo media control e Intimissimi, en combinaciones moldeadoras. En España, el Grupo Cortefiel se coloca con Woman’Secret –marca fundada en 1993– a la cabeza de esta tendencia. «Trabajamos para cubrir las necesidades de la mujer y en este caso hay una fuerte demanda de prendas moldeadoras para estilizar y realzar la figura, pero que a la vez han de ser más atractivas y más actuales», explica Anna Aubert, directora de marketing de la marca. En respuesta a esta demanda han lanzado W’Shape, una línea en la que emplean el tejido LYCRA beauty para adaptar, sujetar y definir los contornos mediante braga alta, braga a la cadera, pantalón body y sujetador push up. «La recepción ha superado las expectativas», señala Aubert. Varias de estas prendas, que han salido este otoño a la venta, ya se han agotado, por lo que se ha puesto en marcha un sistema de pedido por adelantado. Entre toda la variedad, la braga alta se sitúa como el producto estrella.

¿Cómo explicar esta tendencia? «Mujeres de todas las edades se preocupan cada vez más por su cuerpo y por mantener la figura. Además, sienten que tienen la libertad de comprar y ponerse un amplio abanico de estilos que cubran sus necesidades», explica desde Nueva York Colette L. Wong, experta en corsetería y profesora del Fashion Institute of Technology. «Por un lado, está la demanda de las consumidoras y, por otro, la habilidad de las firmas para fabricar prendas de corsetería sexies a precios razonables». A esta ecuación hay quien añade el granito de arena que aportan los diseñadores de moda femenina, cuyos vestidos de telas cada vez más finas y hechuras más y más ceñidas parecen dejar poco margen a la libertad de las carnes. «Ponerte un vestido apretado de punto sin ningún tipo de prenda moldeadora revela un cuerpo que no es deseable. La mayoría de las mujeres se siente más cómoda y segura si lleva debajo una prenda de sujeción. Puede que los diseñadores piensen que la oferta de estas prendas íntimas les permitirá vender un número mayor de sus diseños, pero dudo que lo tengan en cuenta a la hora de crear», dice Wong.

Temporada tras temporada se confirma el movimiento cíclico de la moda. Las tendencias parten siempre de la reinterpretación o revival de épocas pasadas. Y las prendas íntimas tampoco escapan a este fenómeno. Incluso diseñadoras de la gama más alta de lencería, como Chantal Thomass o Fifi Le Chachnil en París, apuestan por un look retro y aportan un aire más chic a la fiebre por la faja. «Los diseñadores a menudo se inspiran en ideas del pasado, pero ahora añaden la comodidad de los shapers, que son las prendas moldeadoras modernas», apunta Wong.

La escritora y periodista Susan Orlean anunciaba recientemente en The New Yorker su conversión a la faja, esa prenda que juró nunca ponerse ya en la más tierna infancia, cuando veía a su madre regresar de una noche de fiesta y correr escaleras arriba para zafarse de la rígida tortura compresora. «Yo me entrenaría para maratones y sudaría en el gimnasio y mantendría una silueta perfecta y rechazaría la tiranía de la faja por siempre jamás», escribe. El momento en que se replanteó esta promesa coincidió con el desembarco masivo de estas prendas, ahora modernizadas, en grandes almacenes. Orlean apunta a un sutil giro que ha obrado gran parte del milagro de la resurrección, algo que va más allá de los nuevos tejidos y las costuras planas que no quedan tatuadas en la piel: el nombre. Los nuevos diseños se llaman shapers. «Supongo que me mantengo fiel a mi promesa porque ninguna de las prendas que uso se llama faja», concluye.

Cierto: en 1969 el nombre seguía siendo el mismo. Por aquel entonces, las fajas no eran un lejano recuerdo que remitía a abuelas, sino el pan de cada día para miles de mujeres. Las mismas que poco a poco se iban sumando al movimiento de liberación femenina. De hecho, ese año, en el concurso de belleza Miss America que se celebró en Atlantic City, un grupo de mujeres arrojó a un cubo de basura rulos, tacones, fajas y sujetadores. Pensaron en quemarlo, pero al final decidieron no hacerlo. No tenían licencia para la fogata. Pero dio igual. Allí nació el mito de las feministas quema-sostenes. Esa prenda (que había liberado a sus abuelas del corsé y que había reinado como icono de la modernidad) era en 1969 denostada como símbolo del poder opresor. Y medio siglo después, ¿qué ha pasado? «Las mujeres quieren controlar su imagen (y su cuerpo) sin sentirse confinadas. En los años 60 la quema de sostenes fue una liberación. Hoy la liberación es decidir lo que quieren ponerse sin sentir la necesidad de atacar las tendencias que impone la sociedad. La corsetería sigue siendo popular… y por un buen motivo: porque consigue que las mujeres se sientan maravillosas y sexies», dice Wong. ¿Y los hombres? ¿Quedan ellos fuera del futuro comprimido? No, la rubia Blakely no se ha olvidado de ellos. A su suegro de más de 80 años lo tiene como conejillo de indias probando calzoncillos que sujetan como nunca hasta ahora. ¡Atentos!

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