La disparatada lección de estilo del diario ‘The New York Times’

Así han calificado las redes sociales y algunos medios de comunicación la noticia que la semana pasada anunciaba la vuelta del monóculo como "nuevo accesorio de moda".

monocle

"Absurda", "desconectada de la realidad" e "incoherente". Con estas perlas calificaban algunos usuarios de Twitter la información que firmaba el periodista Allen Salkin el pasado 6 de marzo en el diario The New York Times. Según las fuentes que maneja el reportero, el monóculo resucita del catálogo de accesorios proscritos y vuelve a la calle gracias a la intercesión de los inconformistas que pasean por "los cafés de Berlín y los restaurantes de Manhattan". La reacción en las redes sociales no se ha hecho esperar, y a lo largo del fin de semana la pieza se ha convertido en objeto de burlas por parte de medios como GQ, Esquire, New York Magazine o The Washington Post. La revista digital Slate se aventuraba incluso a citar cuáles serían las próximas claves de estilo que pontificará la cabecera estadounidense: las gorgueras, las máscaras venecianas o las túnicas helénicas.

Según se desprende del controvertido texto que ha publicado el diario neoyorquino, las razones que aduce el periodista para defender la repentina vigencia del accesorio van desde supuestos avistamientos de hipsters con monóculos en barrios cool hasta el testimonio de un usuario contemporáneo llamado José Vega, cuya autoridad se fundamenta en ser ciudadano de Miami y aspirante a rapero. Las críticas por la vaga solidez de la argumentación arreciaron desde el momento en que la pieza fue publicada, aunque cualquiera que transite por estos lares y se zambulla en plataformas donde prescriban tendencias sabrá que con menos se han dado por válidas ciertas modas. Salkin menciona también la anecdótica apuesta de la prestigiosa firma Warby Parker por el monóculo y las crecientes ventas en tiendas online como The Monocle Shop y Nearsights.

Desde las arengas dadaístas de Tristan Tzara y Raoul Hausmann, hasta hoy nadie había armado tanto escándalo pertrechado con el complemento de marras. El origen del monóculo se remonta al siglo XVIII, cuando el optometrista austriaco J.F. Voigtlander empezó a crearlos en cadena. Las crónicas de la época certifican el uso del adminículo entre los hombres de las clases determinantes (tanto Napoleón Bonaparte como George Washington emplearon una variante llamada binocles-ciseaux), pero fueron los dandis dieciochescos quienes lo pusieron en el candelero. Pese a los avances ópticos en el periodo decimonónico, muchos siguieron utilizándolo en los albores del siglo XX. Y lo cierto es que hasta la observación de la semana pasada, apenas recordábamos algo de su existencia.

En los últimos días, esta supuesta nueva moda se ha convertido en la cause célèbre de los medios anglosajones. Quienes no admiten mácula en la raza hipster han aprovechado la ocasión para arremeter contra el sanctasanctórum del periodismo. New York Magazine destacaba el carácter antológico de la noticia y la comparaba con otros patinazos del NYT, como cuando anunciaron el auge de las ensaladas troceadas o advirtieron la obsesión de los adolescentes por abrazarse. La edición estadounidense de GQ pulsaba la opinión de sus lectores con la siguiente provocación: "Quienes viváis en los bastiones alternativos de Echo Park o Portland (y rezáis para no caer en un charco que fastidie vuestros jeans selvage de 900 dólares), habréis sido testigos de la popularidad que han adquirido los monóculos. ¿O quizás no?".

En la misma línea, la revista Esquire enmendaba la plana al autor del polémico texto. "Seguro que no necesitáis que os digamos que no hay necesidad de comprar esta cosa", aconsejaban. Mark Berman, del diario The Washington Post, empleaba un tono muy sarcástico para destacar que "en un futuro lejano las próximas generaciones recurrirán a esta noticia para conocer cómo se vivía en pleno siglo XXI, la época del gran revival del monóculo". Otras críticas, algo más vehementes, evidencian sin duda las ganas de algunos por desacreditar el prestigio del diario aunque sea a costa de una metedura de pata en una pieza menor. A tenor de lo que se ha publicado, parece que involuntariamente The New York Times ha hecho suyo aquel grito de guerra de Rimbaud que animaba a escandalizar a la burguesía (en este caso la intocable casta hipster). Épater la bourgeoisie!

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