Kenzo: «Lamento haber vendido mi marca. Fue un largo luto que ahora llevo mejor»

Kenzo Takada ha encontrado la libertad. El modisto hace memoria y nos abre en exclusiva las puertas de su apartamento parisino.

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Kenzo Takada en la azotea de su apartamento, en la rive gauche de París, con los Inválidos al fondo. Foto: Marion Berrin

Figura emblemática de la transformación de la moda durante la segunda mitad del siglo pasado, pionero del prêt-à-porter y de esa dimensión lifestyle a la que hoy aspiran casi todas las marcas, Kenzo Takada cumplirá 80 años en cuestión de meses. Aunque nada en su aspecto físico parezca indicarlo: al igual que sus diseños, el modisto japonés no ha envejecido.

Asentado en París desde mediados de los sesenta, nos abrió las puertas de su apartamento en la rive gauche, situado junto al mítico Hotel Lutetia, repleto de obras de arte y decoración escogida durante sus numerosos viajes por el planeta. Takada publicó hace unos meses su autobiografía en japonés y, en noviembre, editará un nuevo volumen en inglés y francés, que recoge material inédito y más de 300 dibujos, extraídos de su colección privada. Además, esta semana ha recibido el premio de honor del Madrid Fashion Film Festival.

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El vestíbulo de su apartamento, un dúplex al que se suma un segundo espacio de trabajo en otra planta del mismo edificio. Foto: Marion Berrin

¿Cómo reacciona ante este premio?

Me hace muy feliz, es un gran honor. Además, me encanta España. De camino al viaje que me llevó a instalarme en París, en 1964, ya hice una primera escala en Barcelona. Después he vuelto muchas veces. Por ejemplo, he visitado Coria del Río (Sevilla), donde viven unos 400 descendientes de japoneses. En 1614, ese pueblo acogió a una expedición nipona que surcó el Guadalquivir por razones comerciales. Les gustó tanto que se terminaron asentando allí.

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Las flores frescas que predominan en todo su apartamento. Foto: Marion Berrin

¿Cómo fue su infancia en el Japón de la posguerra?

Nací en Himeji, que fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. El castillo que preside la ciudad, uno de los más bellos del país, es de color blanco, pero parecía gris. Crecí en la clásica casa japonesa, con un pequeño jardín y una madre que siempre vestía con quimono. Mis padres regentaban un local nocturno, el Naniwaro, en un barrio lleno de restaurantes y de geishas…

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Objetos decorativos recopilados durante sus viajes en un interior de fuertes reminiscencias japonesas. Foto: Marion Berrin

Suena divertido…

No se crea. Después de la guerra, no había casi nada que hacer. No teníamos televisión, solo una radio y algunas revistas para chicas que leía con mis hermanas. Pero la moda nunca contó para nosotros, porque no teníamos recursos. A partir de los 10 años, empecé a ver películas en el cine del barrio. Me marcó mucho Mujercitas, la versión protagonizada por Katharine Hepburn. Me hizo descubrir lo que era la vida en Estados Unidos. Frente a nuestro aburrido día a día, fue algo que me hizo soñar.

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¿Cómo logró estudiar moda en una época en que los hombres lo tenían prohibido en Japón?

Me gustaba dibujar. Quería estudiar Bellas Artes, pero las únicas escuelas estaban en Tokio o en Kioto y mis padres no tenían dinero para mandarme allí. Me puse a estudiar Filología Inglesa, pero no me hacía feliz. Un día vi en el periódico que una escuela de Tokio pensaba admitir a hombres en sus clases. Mis padres no lo aceptaron, pero trabajé durante meses como pintor de muebles para pagármelo. No les pedí un céntimo durante un año, así que lo terminaron encajando.

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Su dormitorio, presidido por una biblioteca llena de catálogos de arte. Foto: Marion Berrin

¿Qué le impulsó a marcharse a París?

Soñaba con ello desde que descubrí que Yves Saint Laurent, con quien uno de mis profesores había estudiado en el sindicato de costura de París, había sido nombrado director artístico de Dior con solo 21 años. Cuando llegué a la gare de Lyon, tras meses de travesía, descubrí una ciudad sucia y oscura. Fue de camino a mi hotel, cuando caminaba por delante de Notre Dame con su iluminación nocturna, cuando me enamoré de la ciudad. Aunque viví épocas duras y sin dinero…

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La chaise longue LC4 de Le Corbusier, modelo en piel de vaca. Foto: Marion Berrin

Su éxito fue fulgurante. Cinco años después, triunfaba en la moda parisina…

No tenía medios para dedicarme a la alta costura. Lo entendí al ver los desfiles de los grandes, como Dior, Chanel o Balmain. Era magnífico, pero no era para mí. Tenía la intención de volver a Japón al cabo de unos meses, pero me dije que antes de hacerlo tenía que crear algo en París. De ahí nació la marca Jungle Jap [que en 1980 pasó a llamarse Kenzo]. Por aquel entonces, a la ciudad le faltaba color y estampados. No era como el Londres de los hippies y las minifaldas de Mary Quant. Solo se llevaban las camisas Cacharel… Yo cogí las telas de quimono que me había traído de Japón y con eso creé una primera colección. Si tuvo repercusión, fue por ser inesperada y libre. Abrí mi primera tienda en abril de 1970 y un mes más tarde ya ocupaba la portada de Elle.

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Imagen histórica del diseñador en el desfile de su colección prêt-à-porter 1982. Foto: Getty Images

¿Fueron los setenta su mejor época?

Por lo menos, es el periodo del que tengo mejor recuerdo. Los ochenta fueron más complicados, porque había aparecido más competencia: Montana, Castelbajac, Mugler, Gaultier, Issey [Miyake], Yohji [Yamamoto], Comme des Garçons… La moda se volvió negocio y se perdió parte de la diversión y del misterio. En 1970 no gané casi nada con mi ropa, pero hice lo que me dio la gana.

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Su comedor, mezcla de elementos occidentales y orientales, con estatuillas tradicionales y un biombo pintado con motivos florales. Foto: Marion Berrin

En 1993 vendió su marca al grupo LVMH. ¿Lo terminó lamentando?

Sí. Vendí mi empresa porque el contexto era difícil: uno de mis tres socios murió, el otro tuvo un problema de salud, llegó la crisis económica… Pero entonces no pensé que quedaría desposeído de mi nombre para siempre. Veía escaparates donde ponía ‘Kenzo’, pero no era yo. Fue un largo luto, pero ahora lo llevo bien. Desde 2011 hay dos diseñadores [Carol Lim y Humberto Leon] que están haciendo un buen trabajo. A veces, incluso me veo reconocido en lo que hacen. Gracias a ellos, sigue existiendo el nombre de Kenzo.

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Uno de los dibujos de Kenzo para sus diseños históricos de los setenta, recogidos en un nuevo volumen que se edita en noviembre. Foto: Marion Berrin

¿Qué le parece el éxito del sportswear en la moda actual? En esta entrevista, tanto usted como yo calzamos deportivas. Hace unos años, habría sido imposible…

Es cierto, pero a mí me parece bien. Es tan cómodo… Lo que me gusta menos es la uniformidad de la moda. Hoy, vayas donde vayas, te encuentras el mismo escaparate con el mismo vestido. La moda se ha vuelto uniforme. Y la comunicación sigue un ritmo trepidante. Hace tres días abrí mi cuenta en Instagram, aunque no sé muy bien cómo funciona.

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El año pasado publicó su autobiografía en japonés. ¿Qué ha querido contar en ella?

Llegó un momento en que me apeteció relatar toda mi vida, incluyendo cosas muy privadas de las que no me había atrevido a hablar nunca. Por ejemplo, mi homosexualidad. Mi familia lo sabía, pero yo nunca se lo había dicho. En Japón, creo que se acogió bien la noticia. O, por lo menos, no excesivamente mal. La verdad es que me alegro de haberlo hecho. Ahora me siento libre .

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