Por qué importa el chiste de Arya de ‘Juego de Tronos’ sobre el violador de Stanford

La actriz Maisie Williams comparte una broma sobre Brock Turner, el probado agresor sexual que solo ha pasado tres meses en prisión.

La actriz Maisie Williams abre un nuevo capítulo en su labor activista en la red. A la derecha, Brock Turner. Foto: Getty

«He pasado más tiempo usando mi tubo de máscara de pestañas que Brock Turner en la cárcel». Maisie Williams, actriz nominada a un Emmy por su papel de Arya en ‘Juego de Tronos’, es una declarada activista (e ingeniosa) feminista. A sus 19 años, la hemos visto reescribir los titulares machistas de los tabloides, poner ‘peros‘ al discurso de Emma Watson o no temer a los trolls afirmando frases como «o eres una persona normal y feminista, o eres un sexista». La británica no se corta («por favor, no me llaméis más monada», dijo al Telegraph) y tampoco lo ha hecho en su cuenta de Instagram, donde hoy mismo ha subido el chiste con el que empezamos esta entrada, implicándose en el hartazgo social tras la liberación del violador de Stanford:

Para los que desconozcan la historia de Brock Turner o cómo su caso se ha tomado como el ejemplo definitivo sobre las injusticias derivadas de la cultura de la violación, un breve resumen. Turner, por entonces estudiante de Stanford, violó a una joven a la salida de una fiesta de una fraternidad el 18 de enero de 2015. Tal y como probaron varios testigos en el juicio, se aprovechó de que ésta había consumido alcohol y estaba inconsciente, para agredirla en plena calle, junto a unos contenedores. Dos estudiantes suecos que pasaban por allí lo vieron, le increparon su conducta –notaron que la chica claramente no sabía lo que estaba pasando– y Turner huyó. La policía lo arrestó tras la denuncia, Turner pagó una fianza de 150.000 dólares y se celebró un juicio en el que se le acusaba de cinco cargos. De poco sirvió que el vicepresidente de los EEUU clamase por una sentencia ejemplificadora. De poco sirvió que la víctima publicase una descorazonadora carta en la que lamentaba su lucha contra el sistema jurídico («él era culpable en el momento en el que me desperté […] Lo peor de todo es que él ahora sabe que no lo recuerdo y escribe su propio guión. Él puede decir lo que quiera y nadie puede oponerse a ello. Yo no tenía poder, no tenía ni voz, estaba indefensa. Mi pérdida de memoria se usará en mi contra) o donde expuso el grave problema sobre el consentimiento sexual con el que vivimos («De cara al futuro, si alguién está confundido sobre si una chica puede dar su consentimiento, fíjate si puede articular una frase entera. Ni siquiera pudo hacer eso. Sólo una secuencia coherente de palabras. ¿Dónde estaba la confusión? Hablamos del sentido común, de la decencia humana»).

Nada de eso ha servido porque Brock Turner salió de prisión a los tres meses de haber entrado. Más de 300.000 personas habían firmado un change.org pidiendo la recusación del magistrado (el juez Aaron Persky, que decretó una condena de seis meses) que volvió a pensar que socialmente pesó más esa concepción de que se arruinaba la vida de un hombre blanco de clase privilegiada, un campeón de natación y no la de una víctima a la que bajaron los pantalones aprovechando que estaba inconsciente junto a un contenedor en una calle.

Turner está en la calle desde el viernes pasado. El día 6 acudió al juzgado para ser registardo como 'sex offender' (delincuente sexual) y algunos medios han destacado cómo ha sido 'recibido' por sus vecinos. Su caso, para muchos, ejemplifica todo el camino que queda por enmendar en la cultura de la violación.

 

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