Moda y arte

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Extravagantes, vulgares o modestos: el hábito hace al artista y moldea la identidad de los genios

La ropa de Pablo Picasso, las gafas de Andy Warhol o el peinado de Yayoi Kusama. El libro Legendary Artists and the Clothes They Wore explora las relaciones entre moda y artistas.

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  • Foto: abrigo de Paul Poiret con estampado obra del artista Raoul Dufy (1911) y uno de los grabados del pintor. GETTY IMAGES / METROPOLITAN MUSEUM

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    Decía Pierre Bergé que “la moda no es un arte, pero la moda no podría sobrevivir sin el arte”. Los nudos e interacciones entre ambas disciplinas son ricos y fructíferos y es fácil encontrar ejemplos de relaciones muy satisfactorias desde que el mismo Charles Frederick Worth copiara los códigos de los autorretratos de pintores para su fotografía más famosa o Paul Poiret fichara a Raoul Dufy para diseñar estampados. Los resultados son heterogéneos: Yves Saint Laurent y su célebre reinterpretación de la obra de Mondrian, los productos de la Factory de Warhol convertidos en camisetas o Miuccia Prada, mecenas moderna a través de su fundación en Milán. Pero parece que la conversación suele girar en una misma dirección: la moda bebiendo del arte. Más allá de Mariano Fortuny, Sonia Delaunay o de las relaciones de diseñadoras como Coco Chanel o Elsa Schiaparelli con los mayores representantes de movimientos de vanguardia a principios del siglo XX, Yayoi Kusama fue una de las primeras artistas contemporáneas en romper con estereotipos y complejos: “Ya sea una escultura o una prenda de ropa, para mí es lo mismo. Es mi creación. No veo diferencia. Es parte de mi arte”, defendía la japonesa en una entrevista con WWD a mediados de los ochenta (mucho antes de reinterpretar bolsos para Louis Vuitton), con motivo del estreno de su línea de ropa en Bloomingdale’s.

  • Foto: El desfile de la colección primavera-verano 1988 de Yves Saint Laurent y el cuadro Lirios, de Van Gogh (1754), en el que se inspiró el modisto. GETTY IMAGES

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    Un diálogo que se enriquece cuando es bidireccional, porque la relación de simbiosis es evidente: “Nada es más importante en el arte que la identidad propia; y en ese sentido, examinar las elecciones de estilo de algunos de nuestros artistas favoritos nos desvela un estrato más de sus personalidades y temperamentos. La ropa que llevaron nos deja pistas de su estética, sus gustos o su forma de vida”, explica Terry Newman en Legendary Artists and the Clothes They Wore, un libro que se publicaba esta semana y que explora la relevancia de las decisiones estilísticas de los grandes genios del último siglo. Una visión que en muchos casos ha quedado relegada a mera anécdota. Quizá porque, como ya advertía Virginia Woolf hace casi un siglo en Una habitación propia (1929), "son los valores masculinos los que prevalecen. Hablando crudamente, el fútbol y el deporte son 'importantes'; la adoración de la moda, la compra de vestidos, 'triviales".

  • Foto: Retrato de Basquiat en 1983 en Suiza y colección otoño-invierno 2010 de Douglas Hannant. Getty Images

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    Jean-Michel Basquiat

    Cuando en 1987 Rei Kawakubo le pidió desfilar para su firma, Comme des Garçons, todo París se revolucionó. Pero la relación del estadounidense con el mundo de la moda no empezaba ni terminaba sobre aquella pasarela ni era unidireccional. Él mismo había iniciado su carrera en las calles de Nueva York, vendiendo camisetas pintadas.

    Al igual que su obra integraba códigos del uptown y del downtwon neoyorquinos (grafitis, poesía o celebrities), su vestuario mezclaba piezas de ambos mundos: su uniforme generalmente implicaba unos vaqueros rotos de Levi’s combinados con prendas de Yamamoto o Armani y zapatillas sucias. Mito o merchandising, su influencia personal o artística se sigue sintiendo hoy: hace cinco años Supreme produjo una sudadera con una de las imágenes del estadounidense y en 2017 Urban Decay lanzaba una cápsula de maquillaje inspirada en su obra, con Ruby Rose como modelo de campaña.

  • Foto: Frida en 1950. Getty Images

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    Frida Kahlo

    “Su obra fue una amalgama de folclore, semisurrealismo y autobiografía al igual que su armario, que era una fiesta”, expone Newman. La mexicana encontró un estilo que hacía juego con su personalidad: chales, faldas largas de satén, flores, profusión de anillos y joyas… Una declaración al mundo sobre su herencia e identidad que no se limitaba sin embargo a prendas populares de México sino que las mezclaba con piezas de Guatemala o China. Tenía sus manías: sus icónicas gafas de sol doradas de ojo de gato solo las combinaba con su blusa favorita, con bordados de dragones en oro.

    El Museo Frida Kahlo en México DF fue el primero en exponer su armario, que fue objeto de otra gran retrospectiva el año pasado en el Victoria & Albert de Londres. Había suficiente material: en los cajones y armarios de la Casa Azul conservó más de 300 de las piezas de ropa, accesorios y joyas que dieron forma a su imagen. Un estilo y una personalidad que han servido de fuente de inspiración a diseñadores tan heterogéneos como Christian Lacroix, Elsa Schiaparelli o Jean Paul Gaultier.

  • Foto: El inglés David Hockney retratado en 1971, 1987 y 2011. Getty images

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    David Hockney

    Maestro del color, sus prendas favoritas siguen la paleta de sus obras. Pantalones amarillos, chaquetas celestes, calcetines desparejados o pajaritas en tono cereza son algunas de las elecciones de un genio del norte de Inglaterra que gusta pintar las piscinas color zafiro de la soleada California. “Describir su estilo en una sola página le haría parecer un payaso”, añade Newman, “pero el verdadero atractivo del resultado final se basa en una actitud relajada muy difícil de imitar. Realza cualquier prenda con su actitud y su seguridad”. El ilustrador y fotógrafo Cecil Beaton recordaba en Vogue su primer encuentro: “Fue en Nueva York, en 1961, se acababa de teñir el pelo por primera vez y se trajo unas gafas tan grandes como las ruedas de una bicicleta”.

    Sus lazos con el mundo de la moda eran estrechos: fue el padrino de boda de los diseñadores Celia Birtwell y Ossie Clarke.

  • Foto: Era habitual que Gala y Dalí coordinaran sus vestuarios cuando querían acaparar atención. En la imagen, en 1936 a su llegada a Nueva York. Getty Images

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    Salvador Dalí

    El genio surrealista de Figueras probablemente sea el artista con más vínculos con el mundo de la moda. En 1953 publicó su primera ilustración en la revista americana Harper’s Bazaar, dando el pistoletazo de salida a una fructífera y longeva colaboración con los medios. En 1939 predecía para Vogue que “las joyas del futuro cobrarán vida, como exquisitos juguetes mecánicos”. Y en 1950 creaba a petición de Dior “un vestido para 2045”. Aunque la colaboración que más imágenes para la historia nos legó fue la que mantuvo en el tiempo con Elsa Schiaparelli.

    En su vida privada adoptó una vestimenta de dandi: americanas cruzadas, capas, medias de seda, bastón y, por supuesto, su legendario bigote que fue hasta protagonista de un libro del fotógrafo Philippe Halsman. Solía coordinar estilismos con su esposa Gala: cuando llegaron por primera vez a Nueva York desembarcaron enfundados en sendos abrigos de piel.

  • Foto: La japonesa Yayoi, fotografiada Kusama en su estudio en 2012.

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    Yayoi Kusama

    La artista conceptual ha hecho de su cabello seña de identidad: en los últimos años con pelucas de colores (rosa chicle, azul eléctrico o, más recientemente, rojas). Se hizo célebre en los años sesenta, cuando solía protagonizar performances cubiertas de lunares que acompañaba con una larga melena morena con flequillo. En 1967, en Woodstock, la activista contra la guerra de Vietnam apareció con un mono elástico y un caballo, ambos repletos también de su motivo predilecto. Sus pinitos en el mundo de la moda incluyen su línea de ropa para Bloomingdale’s o la popular colaboración que firmó en 2012 para Louis Vuitton.

  • Foto: Pablo Picasso en su villa ‘La Californie’ en Cannes en 1955.

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    Pablo Picasso

    La vestimenta del malagueño mutó con los años con la misma facilidad con la que la hizo su obra: de los jerséis remendados de sus primeros años en París, cuando se pagaba las cenas con bocetos, a las camisetas de rayas bretonas y alpargatas con las que se relajaba en su villa en Cannes, La Californie. En los años veinte, tras trabajar en Londres para los Ballets Russes, se aficionó a la inmaculada sastrería inglesa. En 1934 aparece por primera vez la boina en una de sus obras, un accesorio que se dejó ver con frecuencia sobre sus pinturas y sobre la cabeza del artista (gran amante de los sombreros y gorros). “Tradicionalmente la boina ha sido aliada de rebeldes, radicales y de la bohemia intelectual, categorías todas bajo las que se colocó Picasso a lo largo de su vida”

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