De izquierda a derecha, Rachel Zoe, Kristen Stewart, Zendaya, Tracee Ellis Ross, Ashley Park y Harry Styles. Foto: ILUSTRACIÓN DE ANA REGINA GARCÍA CON FOTOS DE AXELLE / BAUER-GRIFFIN / DANIELE VENTURELLI / JEFF KRAVITZ / JOHN SHEARER / KEVIN MAZUR / STEFANIE KEENAN / FILM MAGIC / WIREIMAGE / GETTY IMAGES.

Vísteme, que tengo evento: del traje mojado de Zendaya a la falda de Harry Styles, los estilistas se convierten en las nuevas estrellas

Las estilistas de actrices y ‘celebrities’ nacieron con la sombra de la sospecha encima: ahora pueden ser estrellas del tamaño de sus clientas.

Cuando estalló el #MeToo y Harvey Weinstein pasó de ser el hombre al que había que pedirle permiso para entrar en el Olimpo de Hollywood al monstruo acosador defenestrado por una investigación de The New York Times ganadora de un Pulitzer. Uno de los humos de pistola que se podían seguir para dar con las actrices que en algún momento de su carrera habían tenido relación con el universo del tirano era buscar quién se había puesto en alguna ocasión sobre la alfombra roja un vestido de Marchesa: la firma, fundada por la británica Georgina Chapman, por entonces aún esposa del todopoderoso productor, era una de las “sugerencias” que recibían las estilistas de las actrices que hubiesen participado en alguna de las películas de Miramax (o que quisieran hacerlo) cuando llegaban las fechas señaladas del calendario de premios.

Ocurrió en la primera década de los 2000, cuando los feroces intereses comerciales de las casas de costura (históricas o recién creadas) y las luchas por conseguir el favor de las actrices en los momentos estelares del calendario de premios se hicieron tan evidentes que empezaron a aparecer intermediarias profesionales. Estilistas que en situaciones muy excepcionales se hicieron tan famosas como las mujeres a las que vestían. Fue el caso de Rachel Zoe, célebre por haber cuidado el fondo de armario de Nicole Richie, Lindsay Lohan y Paris Hilton, cuya “osadía”, acreditar su trabajo, no estuvo bien vista en un tiempo en el que el nombre de las verdaderas artífices del “buen gusto” de las celebrities no debía trascender. Y, sin embargo, fue ella la que legitimó un oficio que a partir de 2010 empezó a tener su propio ranking de poderosos en el Hollywood Reporter. Los nombres que pueblan ese listado más de 10 años después son muy diferentes a los de los inicios. En 2014 los perfiles triunfadores eran, por ejemplo, el de Elizabeth Stewart, la mujer que solía vestir a Cate Blanchett, Sandra Bullock y Julia Roberts, o el de Leslie Fremar, asesora habitual de Charlize Theron, profesionales ambas con experiencia en el mundo editorial (entonces haber estado en plantilla de alguna de las grandes biblias de la moda parecía un requisito imprescindible para la respetabilidad) y cuyo objetivo era satisfacer por igual a sus clientas y a las marcas, incluso cuando eso podía suponer aburrir al público con una estandarización previsible: los cortes de sirena, las ensoñaciones de princesa (Marchesa es el ejemplo perfecto) y la solemnidad made-to-measure empezaron a apoderarse de un terreno que de los años ochenta hasta finales de los noventa había estado abonado a las mayores locuras: de los monos de Bob Mackie de Cher a aquel cisne que el macedonio Marjan Pejoski diseñó para la cantante islandesa Björk. Ambas, supuestamente, tomaban sus propias decisiones estilísticas.

También hay un antes y un después del #MeToo en lo que a estilistas se refiere: la explosión de la causa feminista coincide con la eclosión del Black Lives Matter y la gran contraofensiva antitrumpista de los intelectuales y actores progresistas. Después de aquellos Oscar post-Weinstein de 2018, en los que todas las mujeres decidieron vestir de negro para adherirse a la causa Time’s Up, nada fue lo mismo. La guerra cultural se había empezado a librar también en los roperos de las celebrities mejor pagadas del mundo y sus estilistas ya no se podían conformar con vestirlas: ahora tenían que dotarlas de mensaje en todas sus apariciones: de una premiere insignificante a una invitación a la alta costura. Consiguieron superar la prueba algunas de las grandes herederas de la era anterior, como Tara Swennen, aprendiz de Rachel Zoe y artífice del milagro de Kristen Stewart, o Erin Walsh, favorita de bellezas normativas como Anne Hathaway (su mejor clienta), pero también de mujeres menos convencionales como Beanie Feldstein (representante del nuevo cine independiente femenino). Sin embargo, perfiles como el de Law Roach —el extravagante gigante de rastas que ha convertido a Zendaya en la reina del riesgo chic y a Céline Dion en un absoluto icono, el de Karla Welch —que le ha regalado a Tracee Ellis Ross, la hija de la célebre Diana, una carrera en la moda— o el de Harry Lambert —el excéntrico británico que sacó a Harry Styles del sartorialismo y le dio su personalidad fluida— son los que copan los listados de influencia. Ellos son en sí mismos celebrities, con su propia estrategia de imagen, su propio asiento en los desfiles y en algunos casos, su propia marca. ¿Y por qué no?

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