Elsa Peretti

La diseñadora de joyas Elsa Peretti en un retrato de 1975. Foto: getty images

Nueve datos sorprendentes sobre Elsa Peretti: la joyera estrella de Tiffany & Co. que vivía en un pueblo de Girona

La italiana, diseñadora de joyas y uno de los nombres imprescindibles del Nueva York de los setenta, ha fallecido a los 80 años.

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    Elsa Peretti llegó a Nueva York a finales de los años sesenta del pasado siglo, con una mano delante y otra detrás, a probar suerte como modelo en la Gran Manzana. Como contó unos años después en The New York Times, era un frío día de febrero de 1968: "Llegué con un ojo morado, de mi amante, que no quería que me fuera". Pero lo que pocos sabían entonces en Manhattan era que la italiana pertenecía a una de las familias más importantes de Europa.

    Nació en Florencia, en 1940, la más joven de las hijas del magnate del petróleo Ferdinando Peretti. Su madre, Maria Luisa Pighini, era un personaje fundamental de la alta sociedad italiana de la época. "Mi madre se vestía entonces en los mejores modistos de Roma y a mí me hacía dos trajes al año. La recuerdo bebiendo té, rodeada de libros y de amigos con los que mantenía largas tertulias. Era una intelectual. Pintaba, escribía. Muy fumadora, como yo", recordaba la diseñadora en una entrevista en esta revista en 2012.

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    Estudió en Roma y Suiza, pero según crecía descubría que no encajaba en el ambiente opresivo de la burguesía romana de los años cincuenta. Con 21 años se escapó de casa. "No aguantaba a nadie. Me fui a Suiza donde ejercí como maestra de italiano, monitora de esquí y otras cosas divertidas". No volvió a hablar con sus padres durante años. Con su padre se reconcilió poco tiempo antes de la muerte de este.

    Se estrenó como modelo en Barcelona, aunque nunca le apasionó aquella profesión. "Entonces conocí a Dalí, nos hicimos amigos –me gustaría tenerlo ahora para poder conversar con él–. Era la niña mimada de Barcelona, aunque tuve un amor difícil con el escultor Xavier Corberó".

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    En Nueva York enseguida se convirtió en una de las imprescindibles en las fiestas interminables en Studio 54 y en mejor amiga de los diseñadores Sant’Angelo y Halston. Precisamente ellos fueron los primeros en confiar en sus joyas de siluetas orgánicas para acompañar sus creaciones sobre la pasarela.

    Halston fue el que la introdujo en Tiffany & Co., joyería emblemática para la que pronto empezó a diseñar, y el que la ayudó a negociar su primer contrato con la casa. Por el mismo la italiana conservó su nombre y el derecho sobre sus diseños. Su amigo sabía muy bien el peligro que suponía vender el nombre: él había cometido el error de deshacerse del suyo un año antes.

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    Cuando Halston preparaba su primera fragancia femenina, en 1975, le pidió a su amiga que se hiciera cargo del diseño del frasco. Ella propuso una botella de líneas curvas, inspirada en una lágrima. Los ejecutivos de Max Factor se llevaron las manos a la cabeza al ver la creación y defendieron una alternativa más rectangular. Ganó Peretti y ganó la compañía: aquel se convirtió en uno de los lanzamientos más exitosos de la historia de la perfumería y en un best seller durante años.

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    Donde Elsa Peretti alcanzó el estrellato fue en Tiffany & Co., como diseñadora para la joyería. Se estrenó también rompiendo con los estereotipos y proponiendo piezas en plata. Sobre su posible fichaje, escribían en 1974 The New York Times: "Es un gran paso para la modelo reconvertida en diseñadora y posiblemente uno de los más grandes para la tienda. La señorita Peretti trabaja fundamentalmente con plata y Tiffany no usa joyas de plata desde hace un cuarto de siglo".

    Su primera pieza para la enseña fue también la más famosa: el brazalete Bone que se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la joyería casi medio siglo después. "Lo hice con Abad, un platero con el que pasamos noches enteras trabajabando", recordaba en 2012. "Colaborar con artesanos es fascinante. Uno puede ser un artista, pero si la persona que ejecuta no tiene alma, no sale nada".

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    Según Vanity Fair los diseños de Peretti suponen anualmente un 10% de las ventas de la compañía. Un gigante que en 2018 tenía un valor global estimado de 20.000 millones de dólares según la consultora Bain & Co.

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    Pero antes de trasladarse a Nueva York, Elsa Peretti se hizo con algunas casas en ruinas en el municipio de Sant Martí Vell, en Girona, por unos 3.000 dólares de la época. Al pueblo regresó tras su paso huracanado por Manhattan y allí fallecía esta semana, a los 80 años. El rincón se lo descubrió la fotógrafa Colita: "En medio de la sofisticación neoyorquina esto era la aventura. No había luz ni agua corriente".

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    Nunca se casó, pero fue amante de varios hombres célebres. Con el fotógrafo Helmut Newton protagonizó una instantánea inolvidable de aquella época. Una en la que aparece vestida de conejita de Playboy en una azotea. La creativa recordaba así el momento en Vanity Fair: "Helmut y yo teníamos una aventura. Él era escorpio y hay algo entre los escorpio y los tauro. Una mañana me dijo: 'Quiero hacerte una foto'. No sabía qué ponerme. Fui a mi armario y salí con este disfraz que había usado en una fiesta con Halston. Helmut estaba atónito. Me llevó a la terraza y tomó la foto. Eran las 11 de la mañana".

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    Su legado va mucho más allá del diseño o la fotografía. Con la fortuna que heredó de su padre creó una fundación con su nombre, la Nando and Elsa Peretti Foundation, con la que se ha encargado de apoyar a causas de todo tipo en casi 70 países: conservación de la vida silvestre, defensa de los derechos humanos, la salud o la educación.

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